Capitulo 108

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El camino se había hecho largo y polvoriento. La tarde caía en franjas naranjas sobre la carretera secundaria, y cada tanto el viento levantaba una nube de tierra que obligaba a entornar los ojos. Belefronte caminaba con las manos en los bolsillos, como si así pudiera esconder el peso de lo que llevaba adentro. Seiya, dos pasos adelante, tenso, apuraba la marcha sin decir palabra.

—Seika te extraña —soltó Belefronte, sin mirarlo.

Seiya fingió no escuchar. Se ajustó la correa del morral al hombro, carraspeó y respondió con otra pregunta, como si cambiar de tema pudiera borrar lo que acababa de oír:

— ¿Y por qué vine yo a recogerlo? Debería estar con mi esposa. El embarazo está muy avanzado.

Belefronte sonrió apenas, sin alegría.

—Porque si mandaban a otro, todos habrían hecho demasiadas preguntas. Tú eras la coartada perfecta y, a la vez, la única persona que no iba a dejarme tirado.

El silencio que siguió fue incómodo y sincero. Los dos sabían que había verdades que dolían más cuando se decían en voz baja. Seiya respiró hondo, clavó la vista en el horizonte y, sin poder creer lo que estaba por pronunciar, lo dijo:

—Es la primera vez que estoy de acuerdo contigo.

Belefronte alzó las cejas, sorprendido, y luego asintió con una gravedad que no le era habitual.

—Entonces aprovechemos el milagro —contestó—. No se repite dos veces.

Siguieron andando. El sol bajaba rápido y el aire empezó a oler a tierra mojada. A lo lejos, entre unos árboles ralos, apareció el cartel descolorido de una posada de paso. La pintura estaba descascarada y una de las letras colgaba torcida, pero la luz amarilla del porche prometía una cama y algo caliente.

—Nos quedamos aquí —dijo Belefronte.

—Sí —aceptó Seiya—. Mañana seguimos.

En el mostrador, el dueño, un hombre de manos grandes y pocas palabras, les entregó una llave oxidada y les indicó la habitación del fondo. Mientras subían la escalera de madera, Belefronte se detuvo en el descanso y miró a Seiya con una mezcla de cansancio y alivio.

—Esta noche salgo un rato —avisó—. Necesito despejarme. Tú descansa.

Seiya dudó. Quiso decirle que no, que no era momento, que Saori lo esperaba y que no estaba para sustos. Pero también entendió que había cosas que Belefronte necesitaba hacer a su manera.

—Con cuidado —dijo al fin—. Vuelves temprano.

Belefronte asintió y se guardó la llave en el bolsillo. Antes de separarse en el pasillo, añadió, casi como si hablara para sí:

—Hay cosas que uno siente antes de que pasen, ¿sabes? Como si el cuerpo avisara.

Seiya no contestó. Cerró la puerta de la habitación, dejó el morral en el suelo y se sentó en el borde de la cama. El techo tenía manchas de humedad que formaban mapas imposibles. Pensó en Saori, en el embarazo, en la discusión que habían dejado a medias; pensó en Hilda, en Seika, en todas las cuentas pendientes que se acumulaban como facturas bajo la puerta. Afuera, los grillos empezaron su concierto. La noche se instaló, espesa y tibia.

Ninguno de los dos sabía que esa sería la última conversación tranquila que tendrían.

HASTA PRONTO.

Juliee...

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