Capitulo 120

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La mañana empezó como todas: el "clac-clac" de la silla de Hilda en el pasillo, el olor a pan que traía Seiya, la taza de Saori esperándolo en la mesa. El niño entró corriendo y frenó dos pasos antes de la silla, por costumbre; Hilda giró con un movimiento corto de muñeca y le dio el bollo de siempre.


—Para el capitán —dijo.
—Gracias —contestó él, con la boca llena.
Saori lo miró y, sin darse cuenta, contó: un bollo, dos, tres. Contó los días también, no en números, sino en gestos: Seiya alcanzando el café, acomodándose el cuello de la camisa, esperando a que ella terminara de secar un plato para pasarle el siguiente. Gestos chicos, constantes, que no pedían perdón a cada rato pero tampoco lo olvidaban.
Después del desayuno, Hilda pidió que le alcanzaran la manta finita.
—Hoy me duele la espalda —dijo, sin dramatizar—. Me quedo en la galería.
Seiya acomodó la rampa con la mano —ya no hacía ese saltito al final— y Saori la acompañó hasta el sillón de mimbre. Hilda se acomodó la manta sobre las piernas y entornó los ojos al sol.
—No me mires así —dijo, cuando notó que Saori la observaba—. Estoy bien.
—Ya sé —contestó Saori—. Solo te miro.
El niño jugaba a que una caja era un barco. La caja se venció y él, en vez de llorar, la miró y dijo:
—Hacemos otra.
Saori sintió algo caliente en el pecho. No era euforia; era certeza. Se quedó un rato en la galería, con la mano en el apoyabrazos de la silla de Hilda, viendo cómo Seiya le enseñaba al niño a doblar el cartón sin que se partiera.
— ¿Te ayudo? —preguntó Seiya, cuando el borde se resistió.
—Sí —dijo el niño.
Saori se rió bajito. Pensó en la casa: la mesa corrida para que la silla de Hilda pasará sin pedir permiso, la rampa, la taza que Eris dejaba siempre al borde, los turnos de dos horas que ya no eran turnos sino costumbre. Pensó en Marin, en las visitas silenciosas a Miho, en la frase "No esperes amabilidad" que había dejado de ser una advertencia para volverse un límite sano. Pensó en el "sí" de la cocina, en cómo no había arreglado nada de golpe pero sí había ordenado el aire.
A la tarde, mientras Shun leía un cuento y el niño se quedaba dormido con la cabeza apoyada en la rodilla de Hilda, Saori se sentó en el escalón de la galería y dejó que las ideas se acomodan solas. No quería promesas grandes; quería una vida. Una vida con Seiya: con los amaneceres en la panadería, con los platos sacados de a dos, con las discusiones que ya no se comían todo, con los dedos que se rozaban y se sostenían un segundo más de lo necesario. Una vida donde Hilda pudiera perseguir a June por el pasillo con la silla —cuando tuviera un día bueno— y donde, los días malos, pudieran cerrar la puerta sin culpa.
Seiya salió con dos vasos de agua y le alcanzó uno.
— ¿En qué pensás? —preguntó.
Saori tomó un sorbo y miró el patio, la silla de Hilda, el niño dormido, la caja-barco a medio armar.
—En qué quiero esto —dijo—. No "un rato". Esto.
— ¿Esto qué? —preguntó él, sin burla, solo para escucharla.
—Una vida —contestó Saori—. Con vos. Con ellos. Con la casa como está: torcida y nuestra.
Seiya asintió. No dijo "para siempre" ni "te prometo". Dijo:
—Yo también.
La silla de Hilda hizo "clac" al moverse apenas; Hilda no abrió los ojos, pero sonrió con la comisura.
—Ya era hora —murmuró.
Saori y Seiya se miraron y se rieron bajito, para no despertar al niño. No era un plan; era una dirección. Y por primera vez en mucho tiempo, Saori sintió que pensar en el futuro no dolía.


HASTA PRONTO. 

Juliee...

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