Capitulo 112

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Saori no dijo "me voy". Una mañana, después del parto, habló en voz baja con Miho en la cocina de la posada. Miho dejó un papel doblado sobre la mesa —la dirección de Marin— y Saori lo guardó entre sus cosas, junto a una muda del bebé. Cuando Seiya preguntó a dónde iba, ella contestó con una verdad a medias:

—Necesito aire. Volveré pronto.

Él asintió, con el cansancio todavía pegado a los ojos. No insistió. Hilda seguía en recuperación —las sesiones, los dolores, los días buenos y los malos— y en la casa improvisada que habían armado entre todos hacía falta gente con las manos libres. Seiya se quedó atrás con *Shun, June y Eris*. Sin decirlo en voz alta, se repartieron turnos y terminaron siendo "niñeros" a tiempo completo: biberones, siestas, pañales, almohadones alrededor del corralito para que el bebé no se golpeara.


—Dos horas tú, dos horas yo —propuso Shun, que tenía una paciencia rara para los llantos.


—Yo cocino —dijo June—. Y si hace falta, canto. Mal, pero canto.


Eris, más callada, se ocupaba de ordenar y de que la casa no pareciera un campo de batalla. Seiya, por su parte, aprendió a medir el agua del biberón sin quemarse y a doblar mantitas con una prolijidad que no se conocía.


Esa tarde el bebé estaba especialmente inquieto. Gateaba con esa determinación feroz de los que no miden el peligro y se reía cuando lograba cruzar la frontera de almohadones que le habían puesto. Seiya lo vigilaba mientras revisaba, sin pensar demasiado, una bolsa con cosas de Saori: un cargador, una libreta, un saquito, el papel doblado que había visto en la cocina.


Lo abrió sin intención de curiosear, más por inercia que por otra cosa. Era la dirección de Marin. Debajo, una frase subrayada —"No esperes amabilidad"— y, al margen, la letra de Miho: "Cuando estés lista". Se quedó mirando el papel más tiempo del necesario. Pensó en Saori, en el "necesito aire", en que no le había contado a dónde iba. Sintió una mezcla de preocupación y fastidio, y en ese segundo, el bebé encontró un hueco entre los almohadones.


June estaba en la cocina; Shun había salido a buscar agua; Eris doblaba ropa en la otra habitación. El bebé gateó rápido, demasiado rápido, y llegó a la escalera. Seiya levantó la vista tarde. El corazón le dio un vuelco.


— ¡No! —alcanzó a decir.


El bebé rodó dos escalones y cayó al descanso con un golpe seco. El llanto explotó de inmediato, agudo, desesperado. Seiya bajó de tres en tres, lo tomó en brazos, le revisó la cabeza con manos temblorosas.


— ¡Está bien, está bien! —dijo, más para convencerse que para convencer.June llegó corriendo; Shun apareció con la jarra a medio llenar; Eris se arrodilló a su lado. El bebé lloraba, tenía un chichón y un raspón en la frente. No había sangre, pero el susto les había dejado a todos la respiración en la garganta.


Saori volvió al anochecer, con el bebé dormido contra su pecho y el cansancio marcado en la cara. Vio el chichón, vio la expresión de Seiya y entendió todo de golpe.


— ¿Qué pasó? —preguntó, y la voz le salió más dura de lo que quería.


—Se cayó —dijo Seiya—. Fue un segundo.


— ¿Un segundo? —repitió Saori—. ¿Dónde estabas?


—Aquí —contestó él—. Estaba... estaba mirando tus cosas. Encontré una dirección.


Saori apretó los labios. La palabra "Marin" no se dijo, pero estuvo ahí, entre los dos, como una piedra.


—¿Revisaste mis cosas? —preguntó, bajito.


—No —se defendió Seiya—. No es eso. La vi, nada más. No sabía que te ibas a... —se interrumpió.


—A verla —completó Saori—. No, no lo sabías. Porque no te lo dije.

El bebé se removió y volvió a llorar. June intentó tomarlo; Saori negó con la cabeza.


—Estaba gateando —dijo Seiya—. Yo... me distraje.


—Te distraes —soltó Saori, y el dolor le afiló la voz—. Y yo tengo que confiar en que no pase esto.


—Fue un accidente —intervino Shun, en tono bajo.


—Ya sé que fue un accidente —replicó Saori, sin mirar a nadie—. Pero no puedo.


La discusión creció y se achicó en oleadas, como si ninguno de los dos supiera cómo sostenerla sin romper algo. Se dijeron cosas que no se habían dicho antes y otras que no deberían haberse dicho nunca. Hilda, desde la puerta de su habitación, los escuchó en silencio; Eris se llevó a June a la cocina para darles espacio.


Cuando el bebé por fin se calmó, el silencio que quedó fue peor que los gritos. Saori se puso de pie con el niño en brazos.


—Me voy a quedar en la habitación de arriba —dijo—. Necesito dormir.Seiya asintió, pálido. No la siguió.


Pasaron los días y la grieta no se cerró. Se hablaban lo justo, solo para lo imprescindible. La casa funcionó por inercia: turnos, biberones, almohadones. El "nosotros" se volvió un "vos y yo" dicho con cuidado. Y una tarde, sin una escena grande, simplemente *dejaron de hablarse*.


HASTA PRONTO. 

Juliee...

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