El tiempo había pasado sin que nadie lo midiera en voz alta. El bebé de la caída era ahora un niño flaco de rodillas raspadas que entraba corriendo a la cocina y frenaba dos pasos antes de la silla de Hilda, porque había aprendido a calcular la distancia. Hilda seguía en silla de ruedas: los días buenos la manejaba con un movimiento corto de muñeca y hasta perseguía a June por el pasillo para asustarla; los días malos pedía que le dejaran la taza al borde de la mesa y cerraba la puerta con cuidado. La casa había aprendido a moverse con ella —la mesa un poco corrida, la rampa en la entrada, el "clac-clac" de las ruedas como parte del ruido familiar.
Seiya y Saori habían aprendido a vivir con la grieta. No se gritaban, no se evitaban: se repartían la vida en frases cortas —"hay pan", "ya comió", "faltan cuadernos", "hay reunión en la escuela"— y criaban. *Shun, June y Eris* seguían siendo el engranaje: Shun tenía la paciencia para los cordones y los cuentos; June cocinaba y desafinaba a propósito hasta que alguien se reía sin querer; Eris ordenaba, doblaba ropa y dejaba la taza de té donde Hilda podía alcanzarla sin pedir ayuda.
Esa tarde el niño jugaba a que una caja era un barco. La caja se venció y cayó de costado; se raspó el codo y lloró con ese escándalo que tienen los chicos cuando el susto es más grande que el dolor. Seiya llegó primero, lo levantó, le revisó el codo.
—Está bien —dijo—. ¿Ves? Solo un raspón.
Saori se arrodilló al lado y le limpió la tierra de la cara con el borde de la manga. El niño hipaba y, cuando pudo hablar, señaló la caja rota:
—Se rompió.
—Se arregla —dijo Seiya.
—O se hace otra —dijo Saori.
Se miraron. No fue un acuerdo, fue un recuerdo. Hilda, desde la galería, giró la silla y se acercó con ese "clac-clac" que ya era parte de la casa.
—Esa no aguantaba ni media tormenta —dijo, y le pasó al niño una caja más firme que tenía guardada bajo la mesa—. Probá con esta.
El niño la abrazó como si fuera un tesoro y salió corriendo, frenando justo antes de la silla. La cena fue ruidosa: June cantó, Hilda se burló, Shun repartió agua, Eris ordenó los platos. Cuando terminaron, el niño pidió "cuento" y se llevó a Shun de la mano; Hilda se quedó en la galería con June; Eris lavó. Seiya y Saori terminaron solos en la cocina, con la pila de platos todavía por secar.
Saori respiró hondo, como quien se tira a una pileta fría.
—Te tengo que pedir perdón —dijo, sin mirar la taza que tenía delante—. Por irme sin decirte a dónde. Por no contarte que iba a ver a Marin. Por volver y hablarte como si el chichón de nuestro hijo fuera solo culpa tuya. No fue solo tuyo. Fue mío también.
Seiya apretó el repasador entre las manos. Tardó un segundo más de lo normal.
—Yo me distraje —dijo—. Encontré la dirección entre tus cosas y me quedé mirando un papel en vez de mirar a nuestro hijo. Eso no se cambia con explicaciones. Lo siento.
El reloj de la pared marcó un minuto entero.
—Tardé años en decirlo —siguió Saori, más bajo—. No porque no lo supiera, sino porque no sabía cómo volver. Pero ya no quiero vivir así, con todo a medias.
Dejó la taza, se secó las manos y lo miró de frente.
— ¿Aceptarías ser mío? —preguntó—. No te pido que borremos nada. Te pido que seas mío y yo tuya, con lo que somos ahora.
Seiya la miró como si la viera por primera vez y, a la vez, como si la hubiera visto siempre.
—Sí —dijo—. Quiero ser tuyo.
No hubo música ni discurso. Saori se rió, bajito, con los ojos húmedos, y Seiya le acomodó un mechón detrás de la oreja con esa torpeza que era solo suya. En ese momento, la silla de Hilda apareció en el marco de la puerta; había vuelto a buscar su taza y se quedó un segundo mirándolos.
— ¿Ya era hora? —preguntó, con media sonrisa.
—Ya era hora —contestó Saori.
Hilda asintió, giró la silla y se fue hacia la galería, dejándolos solos con el ruido de las ruedas alejándose por el pasillo.
HASTA PRONTO.
Juliee...
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Mío
RomanceSeiya se encuentra comprometido. Sin embargo, tendrá que elegir entre su futura esposa celosa o su mejor amiga algo malvada. *Portada hecha por: @-minyeol
