Capitulo 114

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La puerta de chapa gris terminó de abrirse con un chirrido corto. Del otro lado apareció *Marin*: alta, hombros rectos, pelo oscuro recogido sin cuidado y ojeras que no pedían disculpas. Miró a Miho, luego a Saori, y detuvo la vista medio segundo en el portabebés vacío que Saori llevaba cruzado al pecho.


—No me gustan las visitas —dijo, sin inflexión.


—Lo sé —contestó Miho, con la voz más baja que de costumbre—. Por eso trajimos silencio.
Marin soltó una risa seca, sin humor, y abrió apenas más la puerta.


—Pasen. No esperen té.


El interior olía a encierro y a libros viejos. Había cajas apiladas contra la pared, una mesa con tazas sin lavar y una ventana que dejaba entrar una luz cansada. Marin les señaló dos sillas y se quedó de pie, cruzada de brazos, marcando la distancia.


— ¿Qué quieren? —preguntó.


—Nada —dijo Saori—. Solo... saber si existes. Belefronte dejó cartas. Una tenía tu nombre.
Marin apretó la mandíbula. Algo se movió detrás de sus ojos y volvió a endurecerse.


—Belefronte creía que la gente podía arreglarse —dijo—. Yo no. La vida no se arregla, se soporta. A veces ni eso.


Saori no discutió. Se acomodó el abrigo y dejó que el silencio hiciera su trabajo. Miho, que antes habría llenado el aire con palabras, se quedó quieta, las manos alrededor del termo. En esa quietud, Marin bajó un poco la guardia y se sentó en el borde de la mesa.


—No soy buena con nadie —dijo, más bajo—. No sé qué esperas de mí.


—No espero nada —contestó Saori—. Solo quería verte. Saber que estás.


Marin la observó como si la midiera. Después se levantó, abrió una alacena y sacó dos tazas limpias. Sirvió agua caliente en silencio y las dejó sobre la mesa. No era amabilidad; era una tregua.


—Si van a volver —dijo—, no traigan ruido. Y no me pidan que sonría.


—No —aseguró Saori.


Se quedaron un rato más, sin forzar conversación. Cuando el termo se enfrió, Saori se puso de pie. Marin las acompañó hasta la puerta. En el umbral, su cara se suavizó apenas en los bordes.


—Si necesitan un lugar sin preguntas —dijo—, ya saben dónde queda.


Miho asintió. Saori le sostuvo la mirada y contestó:
—Gracias.


—No me lo agradezcas —replicó Marín, y cerró sin brusquedad.


En el coche, de vuelta, Miho mantuvo la radio baja. Saori apoyó la cabeza en el vidrio y dejó que la calle pasará en franjas de luz.


— ¿Estás bien? —preguntó Miho.


—Distinto —dijo Saori—. No mejor. No peor. Distinto.


Mientras tanto, en la posada. Seiya, Shun, June y Eris habían armado la rutina de "niñeros" sin decirlo en voz alta: turnos de dos horas, almohadones alrededor del corralito, biberones medidos con la muñeca. El bebé estaba inquieto esa tarde; gateaba con esa determinación feroz de los que no miden el peligro y se reía cada vez que lograba cruzar la frontera de almohadones.


—Dos horas tú, dos horas yo —recordó Shun, paciente.


—Yo cocino —dijo June—. Y si hace falta, canto. Mal, pero canto.


Eris doblaba ropa en la otra habitación; el agua del biberón ya estaba tibia. Seiya vigilaba al bebé mientras, sin pensar demasiado, revisaba una bolsa con cosas de Saori: un cargador, una libreta, un saquito y un papel doblado que había visto la noche anterior sobre la mesa.


Lo abrió por inercia. Era la dirección de Marin. Debajo, una frase subrayada —"No esperes amabilidad"— y, al margen, la letra de Miho: "Cuando estés lista". Se quedó mirando el papel más tiempo del necesario. Pensó en el "necesito aire" de Saori, en que no le había dicho a dónde iba, y sintió una mezcla de preocupación y fastidio. En ese segundo, el bebé encontró un hueco entre los almohadones.


June estaba en la cocina; Shun había salido a buscar agua; Eris seguía en la otra habitación. El bebé gateó rápido, demasiado rápido, y llegó a la escalera. Seiya levantó la vista tarde. El corazón le dio un vuelco.


— ¡No! —alcanzó a decir.


El bebé rodó dos escalones y cayó al descanso con un golpe seco. El llanto explotó, agudo, desesperado. Seiya bajó de tres en tres, lo tomó en brazos y le revisó la cabeza con manos temblorosas.


— ¡Está bien, está bien! —dijo, más para convencerse.


June llegó corriendo; Shun apareció con la jarra a medio llenar; Eris se arrodilló a su lado. No había sangre, pero el chichón en la frente y el raspón les dejaron la respiración en la garganta.
Saori volvió al anochecer, con el cansancio marcado en la cara y el portabebés vacío cruzado al pecho. Vio el chichón, vio la expresión de Seiya y entendió todo de golpe.


— ¿Qué pasó? —preguntó, y la voz le salió más dura de lo que quería.


—Se cayó —dijo Seiya—. Fue un segundo.


— ¿Un segundo? —repitió Saori—. ¿Dónde estabas?


—Aquí —contestó él—. Estaba... estaba mirando tus cosas. Encontré una dirección.
Saori apretó los labios. La palabra "Marin" no se dijo, pero estuvo ahí, entre los dos, como una piedra.


— ¿Revisaste mis cosas? —preguntó, bajito.


—No —se defendió Seiya—. No es eso. La vi, nada más. No sabía que te ibas a... —se interrumpió.


—A verla —completó Saori—. No, no lo sabías. Porque no te lo dije.


El bebé se removió y volvió a llorar. June intentó tomarlo; Saori negó con la cabeza.


—Estaba gateando —dijo Seiya—. Yo... me distraje.


—Te distraes —soltó Saori, y el dolor le afiló la voz—. Y yo tengo que confiar en que no pase esto.


—Fue un accidente —intervino Shun, en tono bajo.


—Ya sé que fue un accidente —replicó Saori, sin mirar a nadie—. Pero no puedo.


La discusión creció y se achicó en oleadas; se dijeron cosas que no se habían dicho antes y otras que no deberían haberse dicho nunca. Hilda, desde la puerta de su habitación, los escuchó en silencio; Eris se llevó a June a la cocina para darles espacio. Cuando el bebé por fin se calmó, el silencio que quedó fue peor que los gritos.


—Me voy a quedar en la habitación de arriba —dijo Saori, con el niño en brazos—. Necesito dormir.


Seiya asintió, pálido. No la siguió.


HASTA PRONTO.

Juliee...

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