Saori no le contó a nadie. Ni a Miho, ni a Eris, ni a Hilda. Empezó a prepararla como se aprenden las cosas importantes en esa casa: de a ratos, entre tareas, sin anunciarlo.
Guardó la caja del anillo en el fondo del cajón donde tenía las libretas, envuelta en un pañuelo. No era un anillo nuevo —no hacía falta—: era una alianza sencilla, de plata, que había aparecido entre las cosas de Belefronte. La había limpiado con un paño hasta que el metal dejó de verse opaco. Cuando la tuvo lista, la volvió a envolver y la dejó donde solo ella sabía.
A la mañana, la rutina siguió igual. El "clac-clac" de la silla de Hilda marcó el inicio del día; Seiya volvió de la panadería con la bolsa tibia y dejó el bollo de Hilda en su plato antes que el suyo. El niño entró corriendo y frenó dos pasos antes de la silla, por costumbre. Hilda giró con un movimiento corto de muñeca y le pasó el bollo.
—Para el capitán —dijo.
—Gracias —contestó él, con la boca llena.
Saori sirvió el café y, mientras lo hacía, repasó mentalmente la lista que había anotado en una hoja suelta: "lugar", "momento", "palabras", "plan B si el niño se despierta". Tachó "lugar" y escribió "galería". Tachó "momento" y puso "después de la cena, cuando el niño se duerma". En "palabras" no escribió nada; todavía no las tenía.
Después del desayuno, Hilda pidió que le ajustaran el freno derecho.
—Hace un ruidito —dijo.
Seiya se arrodilló con la llave inglesa; Saori se sentó del otro lado para alcanzar las cosas. Mientras él apretaba el tornillo, ella observó sus manos —las mismas que acomodaba el cuello de su camisa sin pensar— y sintió que el pecho se le apretaba un poco. No de miedo; de algo parecido a la impaciencia.
— ¿Quedó? —preguntó Hilda.
—Quedó —dijo Seiya.
Hilda probó en el pasillo. El "clac" estaba limpio.
—Ahora sí —dijo—. Puedo perseguir a June sin hacer ruido.
—Eso sí que da miedo —se rió June, y levantó las manos.
A la tarde, Saori acompañó a Hilda a la galería. La rampa ya no hacía el saltito del final; Seiya la había lijado el fin de semana. Hilda se acomodó la manta finita sobre las piernas.
—Hoy estoy cansada —dijo—. Me quedo acá.
—Te traigo agua —contestó Saori.
En la cocina, mientras llenaba el vaso, sacó la hoja y agregó: "que Hilda esté cerca, pero no encima". Lo escribió y lo tachó; no quería coreografías, quería que pasara. Guardó la hoja en el bolsillo del delantal y volvió a la galería.
El niño jugaba a que una caja era un barco. Cuando la caja se venció, miró a Saori y dijo:
—Hacemos otra.
—Hacemos otra —repitió ella, y le acomodó el pelo.
A la noche, después de la cena, Shun leyó un cuento y el niño se durmió con la cabeza apoyada en la rodilla de Hilda. Hilda le acarició el pelo con movimientos cortos, medidos, y cuando Saori fue a levantarlo, Hilda negó con la cabeza.
—Dejalo —susurró—. Pesa, pero me gusta.
Saori asintió y se quedó a su lado, con la hoja en el bolsillo y el pañuelo con la alianza en el cajón. Seiya, desde la puerta, los miró y no dijo nada; solo se acercó y, sin pensarlo, le acomodó el cuello de la camisa. Ella le sostuvo la mano un instante y se la soltó con cuidado.
Más tarde, cuando la casa quedó en silencio, Saori volvió a la cocina, sacó la alianza, la miró bajo la luz amarilla y la volvió a envolver. No tenía las palabras todavía, pero tenía la dirección: la galería, después de la cena, con Hilda cerca —porque su "clac-clac" era parte de la casa— y con el niño dormido, para que el "sí" no fuera una escena sino una continuación de lo que ya eran.
Antes de guardarla otra vez, la apoyó un segundo sobre la mesa, al lado de la taza de Hilda, como para probar cómo se veía. Se vio bien.
HASTA PRONTO.
Juliee...
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Mío
RomanceSeiya se encuentra comprometido. Sin embargo, tendrá que elegir entre su futura esposa celosa o su mejor amiga algo malvada. *Portada hecha por: @-minyeol
