Capitulo 119

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El "sí" de la cocina no arregló nada de golpe, pero ordenó el aire. A la mañana siguiente, Seiya volvió de la panadería con la bolsa tibia y, en vez de dejar el pan en la mesa y salir al patio, lo puso al lado de la taza de Saori y dijo:
— ¿Te alcanzó el café?
Saori levantó la vista, sorprendida por la frase completa.
—Sí —contestó—. Gracias.
No fue una escena grande; fue un cambio de ritmo. El niño entró corriendo y frenó dos pasos antes de la silla de Hilda, como había aprendido a hacer. Hilda giró la silla con un movimiento corto de muñeca —el "clac-clac" ya era parte del ruido de la casa— y le dio un bollo antes que a nadie.
—Para el capitán —dijo.
—Gracias —dijo el niño, con la boca llena.
La mesa estaba un poco corrida para que la silla de Hilda pasara sin pedir permiso, la rampa de la entrada tenía la madera lijada en el borde, y Eris había dejado la taza de Hilda justo donde ella podía alcanzarla. Shun repartió agua, June cantó bajito, mal y con ganas, y Seiya, sin pensarlo, le acomodó a Saori el cuello de la camisa. Ella le sostuvo la mano un segundo y se la soltó con cuidado, porque el niño miraba y porque todavía estaban aprendiendo a tocar de nuevo.
Después del desayuno, Hilda pidió la caja de herramientas.
—Los frenos hacen un ruidito —explicó.
Seiya se arrodilló a su lado con la llave inglesa; Saori se sentó del otro lado con el niño, que quería ayudar y solo lograba perder los tornillos.
—Si seguís así, vas a armar una nave —dijo Hilda, seria.
—Quiero —contestó el niño.
Cuando terminaron, Hilda probó los frenos en el pasillo. El "clac" fue limpio.
—Ahora sí —dijo—. Puedo perseguir a June sin hacer ruido.
—Eso sí que da miedo —se rió June, y levantó las manos.
A la tarde, Saori acompañó a Hilda a la galería. La rampa tenía todavía ese saltito al final; Hilda lo salvó con un giro corto y quedó mirando el patio.
—Te veo distinta —dijo Hilda, sin rodeos.
—No distinta —contestó Saori—. Más ordenada por dentro.
Hilda asintió. No preguntó más. El niño apareció con una caja nueva —"para hacer otro barco"— y se la mostró a Hilda como si fuera un tesoro. Ella pasó los dedos por el cartón y dijo:
—Esta aguanta.
—Si se rompe, hacemos otra —dijo Seiya, que venía con un vaso de agua.
Saori lo miró y, sin pensarlo, le acomodó el cuello de la camisa otra vez. Él le sostuvo la mano un instante y se la soltó con cuidado. No era pudor; era cuidado.
A la noche, después de la cena, el niño pidió un cuento y se llevó a Shun de la mano. Hilda se quedó en la galería con June; Eris lavó. Seiya y Saori terminaron solos en la cocina, con la pila de platos todavía por secar.
—¿Te acordás de la primera vez que vinimos acá? —preguntó Seiya, mientras secaba un plato.
—Me acuerdo de que no sabíamos dónde poner la mesa —dijo Saori, y se rió bajito—. Y de que movimos todo tres veces para que Hilda pasara.
—Y quedó torcida igual —dijo él.
—Quedó nuestra —contestó ella.
Se quedaron un rato en silencio, pasando platos, sin apuro. Cuando terminaron, Saori apoyó la espalda contra la mesada y lo miró.
—No quiero que volvamos a lo de antes —dijo—. Quiero que sea distinto.
— ¿Distinto cómo? —preguntó Seiya.
—Distinto de verdad —dijo Saori—. Con palabras. Con tiempo. Conmigo y con vos.
Seiya asintió. No prometió nada grande; solo dijo:
—Quiero.
La silla de Hilda apareció en el marco de la puerta; había ido a buscar su taza y se quedó un segundo mirándolos.
— ¿Todo bien? —preguntó.
—Todo bien —contestó Saori.
Hilda giró la silla y se fue hacia la galería, con el "clac-clac" alejándose por el pasillo. Seiya y Saori se quedaron en la cocina, con la luz amarilla y los platos ya guardados, aprendiendo a estar cerca sin romper nada.


HASTA PRONTO. 

Juliee...

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