Capitulo 122

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Seiya no era tonto. Notó las cosas antes de ponerles nombre: la alianza envuelta en un pañuelo que Saori guardó demasiado rápido en el cajón cuando él entró a la cocina; la hoja doblada que asomó del bolsillo del delantal y que ella empujó hacia adentro con el pulgar; la forma en que Eris dejó la taza de Hilda justo al borde de la mesa —como siempre— pero esta vez con una servilleta de más, prolijamente doblada; la risa contenida de June cuando Saori dijo "después de la cena hablamos" y no aclaró de qué.


No preguntó. Se quedó mirando cómo la casa se acomodaba sola.
A la mañana, el "clac-clac" de la silla de Hilda marcó el inicio del día. Seiya volvió de la panadería con la bolsa tibia y, como todos los días, dejó el bollo de Hilda en su plato antes que el suyo. El niño entró corriendo y frenó dos pasos antes de la silla; Hilda giró con un movimiento corto de muñeca y le dio el bollo.
—Para el capitán —dijo.
—Gracias —contestó él, con la boca llena.
Saori le alcanzó el café a Seiya y, al hacerlo, le rozó los dedos un segundo más de lo necesario. Él la miró; ella desvió la vista, pero no con culpa: con esa concentración de quien está sosteniendo algo frágil.
Después del desayuno, Hilda pidió que le revisaran el freno izquierdo.
—Hace un ruidito —dijo, y miró a Seiya con media sonrisa que no terminó de explicar.
Seiya se arrodilló con la llave inglesa; Saori se sentó del otro lado para alcanzar las cosas. Mientras ajustaba el tornillo, vio de reojo cómo Eris corría la mesa apenas un centímetro para que la silla pasara mejor, y cómo Shun, sin que nadie se lo pidiera, dejaba la caja-barco del niño cerca de la galería, "por si hace falta". June pasó canturreando bajito, mal y con ganas, y al cruzarse con Saori le guiñó un ojo. Saori no se rió; le apretó el brazo, rápido, como quien dice "gracias" sin palabras.
Hilda probó los frenos en el pasillo. El "clac" estaba limpio.
—Ahora sí —dijo—. Puedo perseguir a June sin hacer ruido.
—Eso sí que da miedo —se rió June, y levantó las manos.
Seiya se quedó con la llave en la mano, mirándolos. No hacía falta ser detective para ver la coreografía: Eris había dejado la manta finita de Hilda doblada en el sillón de mimbre de la galería; Shun había acomodado el cuento de la noche para que fuera más corto; el niño, sin saberlo, ensayaba "hacemos otra" cada vez que una caja se rompía. Y Saori... Saori tenía esa manera de mirar la galería después de la cena, como si midiera la luz.
A la tarde, Saori acompañó a Hilda a la galería. La rampa no hizo ningún saltito; Seiya la había lijado el fin de semana. Hilda se acomodó la manta sobre las piernas y entornó los ojos al sol.
—Hoy estoy bien —dijo—. Me quedo acá.
Saori le alcanzó el agua y, al volver a la cocina, sacó la hoja del delantal, la leyó y la volvió a guardar. Seiya la vio desde la puerta y no dijo nada. Sintió el tirón conocido en el pecho —el de la noche del chichón— y lo dejó pasar. No era lo mismo. Esta vez no había apuro ni reproche; había una trama de cuidados que lo incluía.
A la noche, después de la cena, Shun leyó el cuento corto y el niño se durmió con la cabeza apoyada en la rodilla de Hilda. Hilda le acarició el pelo con movimientos cortos, medidos, y cuando Saori se acercó, le hizo un gesto mínimo con la cabeza: "todavía no". Saori asintió. Seiya, de pie junto a la mesa, los observó y entendió todo: iban a esperar a que el niño estuviera bien dormido, a que la casa bajara el volumen, a que la galería quedará libre.
No le molestó. Al contrario: por primera vez en mucho tiempo sintió que podía no controlar nada y, aun así, estar a salvo.
—Voy a dejar los platos —dijo, para darle a Saori el tiempo que necesitara.
—Yo te ayudo —contestó ella, y le sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.
Secaron en silencio, pasándose los platos como quien se pasa una posta. Cuando terminaron, Hilda apareció en el marco de la puerta con la silla; había ido a buscar su taza y se quedó un segundo mirándolos.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Todo bien —dijo Seiya.
Hilda giró la silla y se fue hacia la galería, con el "clac-clac" alejándose por el pasillo. Saori respiró hondo, se secó las manos y, sin decir nada, le acomodó a Seiya el cuello de la camisa. Él le tomó la mano y se la quedó un instante, sin apuro.
—Sé que estás tramando algo —dijo, en voz baja, sin acusar.
Saori se rió, bajito, con los ojos húmedos.
—¿Y? —preguntó.
—Y confío —contestó Seiya.
No hubo más. Afuera, la galería esperaba con la manta finita y el sillón de mimbre; adentro, la casa respiraba acompasada. Seiya no necesitaba saber el plan; le alcanzaba con saber que era de ella, que era para ellos, y que todos —a su manera torpe y cariñosa— eran cómplices.


HASTA PRONTO. 

Juliee...

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