Extra 7

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No hubo salón. La boda fue en la galería, después de la cena, con la rampa sin el saltito del final y la mesa corrida para que la silla de Hilda pasaran sin pedir permiso. Eris dejó la taza de Hilda al borde; June acomodó servilletas prolijamente dobladas; Shun preparó un cuento "por si los chicos se aburren".
Yuna llegó con fruta y con un ramito de flores del patio.
—Para vos —le dijo a Saori, y se lo puso en la mano.
—Gracias —contestó Saori, y se lo acomodó en el pelo.
Ikki y Esmeralda trajeron a Rubí, que venía seria, con una cinta en el pelo. El capitán estaba nervioso y lo disimulaba revisando la caja-barco que esa tarde había aguantado.
Hilda frenó con un "clac" limpio frente al sillón de mimbre, donde Eris había dejado la manta finita doblada.
— ¿Listos? —preguntó.
—Listos —dijo Seiya.
No hubo juez ni cura: hubo palabras. Saori tenía la alianza en el puño; Seiya, la suya en el bolsillo. Se pararon frente a la galería, con Hilda a un costado y los chicos al otro.
—Te elijo —dijo Saori, en voz baja—. Con la casa torcida y nuestra, con los platos sacados de a dos, con los días buenos y los malos.
—Te elijo —contestó Seiya—. Con tu manera de acomodarse el cuello de la camisa y con la mía de alcanzarte el café.
Se pusieron las alianzas. Se tocaron la frente, respiraron al mismo tiempo y se rieron bajito.
—Ya era hora —dijo Hilda, con la sonrisa torcida.
—Ya era hora —repitió Yuna, y le apretó la mano a su madre.
Rubí les dio a cada uno un caramelo de la panadería.
—Para el camino —dijo, muy seria.
—Gracias —contestó Seiya, y le guiñó un ojo.
El capitán dejó la caja-barco al lado de la silla de Hilda, "por si hace falta". June desafinó a propósito una canción y todos se rieron sin querer.


HASTA PRONTO. 

Juliee...

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