Extra 9

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Llegaron con nueve meses de diferencia entre anuncio y llanto, y con una diferencia chiquita entre ellos: la nena nació primero, con una risa que se le escapaba incluso cuando tenía hambre; el varón, después, con el sueño liviano y los ojos muy abiertos.
El día que volvieron a casa, la mesa ya estaba corrida, la rampa sin saltito y la tasa de Hilda en el borde. Yuna había dejado la manta finita doblada en el sillón; Ikki y Esmeralda trajeron a Rubí, que miró a la bebé y dijo:
—Se ríe.
—Se ríe —confirmó el capitán, serio, como si fuera un dato importante.
Hilda giró la silla hasta quedar frente a Saori, que tenía a la nena en brazos.
—Dámela —pidió, y la sostuvo con las dos manos—. Hola —le dijo—. Yo soy Hilda.
La nena le devolvió una risa con encías. Hilda la miró y se le humedecieron los ojos; no lo escondió.
—Bienvenida —dijo.
El varón, en brazos de Seiya, dormía a ratos y se despertaba por cualquier ruido. Cuando el "clac" del freno sonó, abrió los ojos y miró la silla.
—Este es el ruido de la casa —le explicó Seiya, bajito—. Te vas a acostumbrar.
A la noche, Saori y Seiya terminaron de secar los platos. Él le acomodó el cuello de la camisa; ella le sostuvo la mano un segundo y se la soltó con cuidado.
—Ahora somos cinco —dijo Saori.
—Somos —contestó Seiya.
Afuera, Hilda probó el freno con un "clac" limpio y se quedó mirando el patio con Yuna al lado, la mano en el apoyabrazos. La casa respiró acompañada, con dos llantos nuevos que, de a poco, aprendieron su turno.


HASTA PRONTO.
Juliee...

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