La ruta se estiró como una cinta pálida bajo el sol de la tarde. A cada lado, campos resecos y algún árbol solitario; a lo lejos, postes de luz que marcaban el ritmo de los pasos. Seiya y Belefronte caminaron mucho tiempo en silencio, como si las palabras gastaran un aire que necesitaban para seguir.
Fue Belefronte quien rompió la quietud, con la voz más baja que de costumbre.
—Hay cosas que uno siente antes de que pasen —dijo, mirando al frente—. Como si el cuerpo avisara. No es miedo, exactamente. Es... una certeza sorda.
Seiya lo observó de reojo. Quiso responder con una broma, pero se le quedó atascada. En su cabeza se peleaban dos urgencias: volver con Saori, que estaba con el embarazo muy avanzado, y resolver de una vez lo de Hilda. Ninguna de las dos podía esperar demasiado.
—¿Tú crees en eso? —preguntó al final.
—Creo en lo que me hace mover los pies —contestó Belefronte, y se encogió de hombros—. Hoy me hacen moverlos hacia adelante.
Hablaron a tramos, en ráfagas. Seiya nombró a Saori y ese miedo sordo que lo acompañaba desde que las contracciones de Braxton Hicks se volvieron tema de conversación diaria. Belefronte, en cambio, repasó en voz baja los nombres que le dolían: Seika, Hilda, promesas que había dejado a medias y deudas viejas que nunca saldrían del todo.
—A Seika le debo una explicación larga —admitió Belefronte—. Y a Hilda... no sé si le debo una explicación o una disculpa.
Seiya apretó la mandíbula.
—A veces —dijo— una disculpa es la única explicación que importa.
El viento levantó polvo y les obligó a entrecerrar los ojos. Cruzaron un puente angosto sobre un arroyo casi seco. Al otro lado, el cielo empezó a volverse violeta. Las primeras luces de la posada parpadearon entre los árboles como luciérnagas cansadas.
Llegaron con la noche ya instalada. El cartel descolorido crujía con la brisa; la pintura descascarada dejaba ver la madera debajo. El dueño, un hombre de manos grandes y pocas palabras, los recibió con un gesto de cabeza y les entregó una llave oxidada.
—Habitación del fondo —indicó—. El agua caliente falla a ratos.
—Gracias —dijo Belefronte.
Subieron la escalera de madera quejumbrosa. El pasillo olía a desinfectante y a pan. Seiya dejó el morral en el suelo y se sentó en el borde de la cama; la espalda le pidió a gritos una tregua. Belefronte se acercó a la ventana, la abrió un par de centímetros y dejó entrar el aire fresco de la noche.
—Descansemos —dijo—. Mañana seguimos.
—Mañana —repitió Seiya, y por un instante le pareció que esa palabra pesaba más de lo normal.
Belefronte se volvió hacia él con una media sonrisa cansada.
—Esta noche salgo un rato —avisó—. Necesito despejarme. Tú descansa.
Seiya dudó. Quiso decirle que no, que no era momento para rondas nocturnas, que Saori lo esperaba y él no estaba para sustos. Pero también entendió que había cosas que Belefronte necesitaba hacer a su manera.
—Con cuidado —contestó—. Vuelves temprano.
—Temprano —prometió Belefronte, y se guardó la llave en el bolsillo.
Se quedó un momento más junto a la ventana, con la vista perdida en la oscuridad. Después, como quien habla para sí mismo, añadió:
—Si me pasa algo... Hay unas cartas. Se las dejé a Miho. Ella sabe qué hacer.
Seiya frunció el ceño.
—No digas esas cosas.
—No las digo para asustar —replicó Belefronte—. Las digo para quedarme tranquilo.
Apagaron la luz amarillenta del velador. Los grillos afuera armaron su concierto. Seiya cerró los ojos y pensó en el embarazo de Saori, en la conversación pendiente con Hilda, en la frase "Seika te extraña" que todavía le rebota en la cabeza. A su lado, Belefronte se puso la chaqueta y, sin hacer ruido, salió al pasillo.
La puerta se cerró con un clic suave. Seiya se incorporó, dudó medio segundo y volvió a recostarse. Afuera, la noche era espesa y tibia. Algo en el aire, sin embargo, no terminaba de asentarse.
HASTA PRONTO.
Juliee...
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Mío
RomanceSeiya se encuentra comprometido. Sin embargo, tendrá que elegir entre su futura esposa celosa o su mejor amiga algo malvada. *Portada hecha por: @-minyeol
