Capitulo 117

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El bebé empezó a decir "pa" y "ma" sin saber bien a quién se los decía. A veces señalaba a Shun y decía "pa"; otras, a Eris y decía "ma". Saori lo miraba con una sonrisa cansada y Seiya, desde la otra punta de la mesa, repetía "otra vez, dale", como si ensayar pudiera ordenar lo que entre ellos no tenía nombre.


La casa seguía funcionando por inercia. Turnos de dos horas, almohadones alrededor del corralito, biberones medidos con la muñeca, la puerta de Hilda entornada para que entrara aire. Hilda avanzaba lento: días buenos en la galería, días malos con la puerta cerrada. *Shun, June y Eris* eran el engranaje que evitaba que todo se cayera. Shun se quedaba las madrugadas con el bebé en brazos, canturreando bajito hasta que el llanto se volvía respiración acompasada. June cocinaba y, cuando el aire se espesaba, desafinaba a propósito una canción hasta que alguien, sin querer, se reía. Eris ordenaba, doblaba ropa y dejaba una taza de té en la mesa sin decir a quién iba dirigida.
Seiya y Saori hablaban lo justo: "ya comió", "faltan pañales", "hay agua caliente". Cuando se cruzaban en el pasillo, uno de los dos miraba hacia otro lado. El papel doblado con la dirección de Marin seguía apareciendo cada tanto entre las cosas de Saori —un saquito, una libreta, el cargador— y Seiya volvía a guardarlo donde estaba, sin preguntar. No era un secreto; era un recordatorio de todo lo que no se decían.
Saori volvió a ver a Marin dos veces más, siempre Miho. No lo contó en la casa; tampoco lo ocultó: simplemente no había conversación donde ponerlo. La primera vez llevaron un termo y se quedaron media hora en silencio, mirando la ventana sucia de la cocina de Marin. La segunda, Marin les abrió con la misma cara de pocos amigos y, al despedirse, les dejó en la mano un papelito con la dirección de un almacén "por si necesitan algo y no quieren preguntas". No era amabilidad; era una tregua que se repetía.
—¿Estás bien? —preguntó Miho en el coche, de vuelta, con la radio baja.
—Distinto —contestó Saori—. No mejor. No peor. Distinto.
En la posada, la grieta se hizo costumbre. Una tarde, el bebé —que ya se sentaba sin tambalearse— estiró las manos hacia la escalera y todos se tensaron al mismo tiempo. Shun llegó primero, le puso un almohadón delante y le dijo "por acá no". El bebé lo miró, dijo "pa" y se rió. Seiya, que venía con la bolsa del pan, se quedó en el marco de la puerta, sin entrar del todo.
—Hay pan —dijo.
Saori asintió. No fue una conversación, pero tampoco fue nada. Esa noche, cuando el bebé por fin se durmió, la casa quedó en ese silencio acompasado que habían aprendido a sostener. Saori se quedó en la galería mirando el patio; Seiya salió a caminar al amanecer y volvió con la cabeza un poco más clara. Hilda, desde su cuarto, escuchó la puerta y no preguntó.
El tiempo, que no se nombraba, siguió pasando. El bebé empezó a ponerse de pie agarrado de los muebles y a caerse con una dignidad cómica que hacía reír incluso a Eris. Una mañana dijo "mamá" mirando a Saori y, por la tarde, "papá" mientras señalaba a Seiya al mismo tiempo que ambos se miraron por un segundo más de lo necesario y, enseguida, cada uno volvió a lo suyo.


HASTA PRONTO.

Juliee...

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