Los días siguientes se volvieron una coreografía de silencios. En la casa improvisada —la posada que había dejado de ser posada— cada uno sabía qué hacer sin que nadie lo dijera: Shun preparaba los biberones y medía la temperatura con la muñeca; June cocinaba y, cuando el aire se ponía espeso, cantaba bajito para romperlo; Eris ordenaba, doblaba ropa, ponía almohadones alrededor del corralito como si fueran murallas. Seiya cargaba al bebé, lo dormía contra su pecho y contaba las respiraciones como quien cuenta pasos para no perderse.
Con Saori se hablaban lo justo. Ella pedía "la manta azul" o decía "ya comió". Él contestaba "sí" o "faltan pañales". El resto quedaba suspendido en el espacio que había dejado la discusión.
Hilda, en su habitación, seguía la rutina de ejercicios y los días malos; cuando los oía cruzarse en el pasillo, cerraba la puerta con cuidado, como si temiera que el ruido los rompiera más.
Una mañana, mientras el bebé dormía y la casa parecía en paz, Miho apareció con la mochila pequeña y la credencial de la clínica colgando del llavero. No hizo chistes. Dejó un termo sobre la mesa y miró a Saori.
— ¿Lista? —preguntó en voz baja
.
Saori asintió. No hubo explicaciones largas; tampoco hacían falta. Seiya estaba en la cocina, de espaldas, calentando agua. No vio el papel doblado que Miho había dejado la noche anterior —la dirección de Marin con la frase "No esperes amabilidad" subrayada— ni escuchó el "volvé pronto" que Saori murmuró al cruzar la puerta. Cuando se dio vuelta, ya no estaban.
El viaje fue corto y silencioso. Miho condujo con la radio baja —la misma que antes habría puesto a todo volumen— y Saori miró por la ventana las casas bajas y los portones con la pintura saltada. No sabía bien qué buscaba; solo sabía que necesitaba moverse para no quedarse quieta dentro de su propia cabeza.
La dirección las llevó hasta una puerta de chapa gris con un timbre que sonaba a lata. Miho apagó el motor y, por primera vez en todo el día, sonrió apenas, sin humor.
—Es acá —dijo.
Saori asintió. Se acomodó el abrigo, se pasó la mano por el pelo y respiró hondo. No había plan, ni discurso, ni promesa de que aquello fuera a servir para algo. Solo una puerta.
—Si no quieres entrar —susurró Miho—, nos vamos.
—No —contestó Saori—. Toca.
Miho tocó. El timbre sonó, metálico y breve. Del otro lado, una sombra se movió. Se oyó el arrastre de una silla, el clic de una cerradura. La puerta gris empezó a abrirse.
HASTA PRONTO.
Juliee...
ESTÁS LEYENDO
Mío
RomanceSeiya se encuentra comprometido. Sin embargo, tendrá que elegir entre su futura esposa celosa o su mejor amiga algo malvada. *Portada hecha por: @-minyeol
