Capitulo 111

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La mañana tenía una claridad hiriente. En la salita de la posada, el dueño les cedió una mesa y dos sillas que crujían. Sobre la madera, Miho depositó el fajo de cartas atado con una cinta azul, como si la cinta pudiera mantener en orden lo que venía.


—Me pidió que las entregara si algo pasaba —dijo Miho, con la voz todavía ronca—. Yo venía por la carretera para cubrir un turno temprano en la clínica; por eso estaba cerca. No voy a hacer un discurso. Solo... las voy a dar.


Seiya asintió. Por primera vez no hubo ironías. Miho, la misma que antes convertía cualquier noche en madrugada, sostuvo los sobres con un cuidado torpe, casi reverencial. Llevaba la credencial de la clínica colgando del llavero; la miró un segundo, como para recordarle quién era ahora, y empezó.


Escena 1. Las cartas. Miho repartió los sobres uno por uno, leyendo los nombres en voz baja. Cada carta era una llave distinta: una empujaba a pedir perdón; otra, a marcharse; otra, a quedarse aunque doliera. Cuando le tocó a Seiya, él reconoció la letra apurada de Belefronte y se guardó el sobre en el bolsillo de la chaqueta, sin abrirlo todavía. No era momento. No podía.


—Gracias —dijo, y le sostuvo la mirada a Miho un instante más de lo necesario—. En serio.
Ella asintió, tragó saliva y siguió. Afuera, el pueblo se desperezaba con normalidad; dentro, el tiempo se había partido. 

Escena 2. Seika. Seika leyó su carta con los labios apretados. Al terminar, dobló el papel con pulcritud, lo guardó y tomó aire.


—Voy a regresar a Japón —anunció, y sonó la decisión y a despedida—. Es lo que tengo que hacer.


Nadie intentó convencerla de lo contrario. A veces, cuidar también es dejar ir.


Escena 3. Hilda. El médico del hospital regional habló sin rodeos: Hilda había quedado paralítica. Ella recibió la noticia con una calma que asustó más que un grito. Pidió que la dejaran sola, se envolvió en una manta y levantó una pared invisible alrededor. Desde entonces, habló lo justo y miró por la ventana como si el mundo pudiera esperar afuera.

Escena 4. Semanas después. La burbuja se rompió una tarde cualquiera, entre tazas vacías y una lluvia fina. Hilda pidió que se sentaran. Tenía la voz rota, pero firme.


—Fui violada —dijo, y el aire se volvió de piedra—. Y tiempo atrás hice un acuerdo con Seiya.
No buscó consuelo ni pidió permiso para decirlo. Lo necesitaba fuera de ella. Seiya, pálido, asintió despacio. No era el momento de explicaciones largas; era el momento de estar.


—Lo siento —dijo—. Por no ver, por no llegar antes.


Hilda lo miró y, por primera vez en semanas, dejó que las lágrimas cayeran sin esconderlas.


Escena 5. El parto. Las contracciones marcaron el ritmo de una noche larga. Saori, con la frente perlada de sudor, apretó la mano de Seiya.


—Quédate conmigo —pidió.


—Aquí estoy —contestó él, y no se movió de su lado.


El llanto del bebé llenó la habitación de golpe, como si el mundo recordará cómo respirar. En el pasillo, cuando por fin dejaron descansar a Saori, Miho se acercó y le habló en voz baja, sin rodeos:
—Tengo la ubicación de Marín. Cuando estés lista, te acompaño.


Saori asintió apenas, agotada y entera, sin responder todavía. En otra sala, con la seriedad de quien cierra una puerta sin romperla, *Seiya e Hilda firmaron los papeles del divorcio*. No hubo reproches; hubo firmas, una mirada larga y un "gracias" que llegó tarde pero llegó.


HASTA PRONTO. 

Juliee...

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