La casa siguió funcionando por inercia. Nadie dijo "desde ahora hacemos así", pero los días se ordenan solos: turnos de dos horas, almohadones alrededor del corralito, biberones medidos con la muñeca, la puerta de Hilda entornada para que entrara aire. El chichón del bebé se volvió una sombra amarillenta en la frente; el raspón, una costra que Saori revisaba cada mañana con el ceño fruncido.
Seiya y Saori hablaban lo justo. "Ya comió", "faltan pañales", "hay agua caliente". Palabras funcionales, dichas en voz baja, como si levantar el tono pudiera romper algo que ya estaba roto. Cuando se cruzaban en el pasillo, uno de los dos miraba hacia otro lado. El bebé, en cambio, no entendía de silencios: se reía a carcajadas cuando Shun le hacía morisquetas y lloraba con todo el cuerpo cuando tenía sueño.
Shun, June y Eris se convirtieron en el engranaje que evitaba que la casa se cayera. Shun tenía una paciencia infinita para los llantos nocturnos; June cocinaba y, cuando el aire se ponía espeso, cantaba bajito, mal y con ganas, hasta que alguien sonreía sin querer. Eris ordenaba, doblaba ropa, ponía los almohadones como si fueran murallas y, de tanto en tanto, dejaba una taza de té en la mesa sin decir a quién iba dirigida. Hilda seguía con sus ejercicios; los días buenos se sentaba en la galería a mirar el patio; los días malos pedía que la dejaran sola y cerraba la puerta con cuidado.
Una tarde, mientras el bebé dormía y la lluvia fina caía por la ventana, Seiya encontró de nuevo el papel doblado entre las cosas de Saori. No lo buscaba; apareció cuando cambió el saquito del bebé de la bolsa. La dirección de Marin seguía ahí, la frase subrayada —"No esperes amabilidad"— y la letra de Miho al margen: "Cuando estés lista". Lo dejó donde estaba y cerró la bolsa con más fuerza de la necesaria. No era un secreto; era un recordatorio de todo lo que no se había dicho.
Saori, por su parte, volvió a ver a Marin dos veces más, siempre Miho. No le contó a Seiya; tampoco se lo ocultó: simplemente no hablaban. La primera vez llevaron un termo y se quedaron media hora en silencio, mirando la ventana sucia de la cocina de Marin. La segunda, Marin les abrió con la misma cara de pocos amigos y, al despedirse, les dejó en la mano un papelito con una dirección de almacén "por si necesitan algo y no quieren preguntas". No era amabilidad; era una tregua que se repetía.
—Gracias —dijo Saori.
—No me lo agradezcas —contestó Marin, y cerró sin brusquedad.
En la posada, la grieta se hizo costumbre. Seiya empezó a salir a caminar al amanecer, cuando la casa todavía dormía; volvía con pan y con la cabeza un poco más clara. Saori se quedaba en la galería después de acostar al bebé y miraba el patio como si esperara que el tiempo hiciera su trabajo. A veces, sin querer, sus miradas se cruzaban y se sostenían un segundo más de lo necesario; enseguida, cada uno volvía a lo suyo.
Una noche, el bebé se despertó llorando y ninguno de los dos llegó primero: Shun ya estaba ahí, con el biberón tibio, canturreando bajito. Saori apareció en la puerta, despeinada; Seiya, detrás, con una manta en la mano. No hizo falta hablar. Shun les pasó al bebé, ellos lo acomodaron entre los dos y, por un instante, la casa volvió a respirar acompasada. Después, cada uno volvió a su lado de la grieta.
Nadie lo dijo, pero todos entendieron que aquello iba a durar. Que el silencio no era un bache, sino un camino largo. Afuera, la lluvia siguió cayendo; adentro, la rutina se sostuvo con alfileres, con almohadones, con turnos de dos horas y con el amor terco de los que se quedan, aunque no sepan cómo hablarse.
HASTA PRONTO.
Juliee...
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Mío
Storie d'amoreSeiya se encuentra comprometido. Sin embargo, tendrá que elegir entre su futura esposa celosa o su mejor amiga algo malvada. *Portada hecha por: @-minyeol
