Capitulo 110

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Tal como habían acordado sin decirlo, al llegar a la posada cada uno tomó su camino. Seiya subió directo a la habitación: necesitaba silencio, una cama y dejar de pensar, aunque fuera por un rato. Belefronte se ajustó la chaqueta y bajó con esa determinación cansada de quien necesita ruido para no oírse por dentro.

—Descansa —dijo, antes de cruzar la puerta—. Te veo en la mañana.

Seiya asintió desde el descanso. La luz amarilla del porche recortó la silueta de Belefronte un instante y luego se la tragó la calle.

Arriba, la habitación era sencilla: una cama de hierro, una mesa coja, un vaso de agua y una ventana que daba a un patio donde dormía un perro. Seiya le escribió a Saori —"Llegamos bien, mañana sigo viaje"— y se quedó mirando la pantalla hasta que el sueño lo venció. Afuera, los grillos mantenían su concierto.

Belefronte se perdió entre luces desiguales y música lejana. Entró a un bar de esquina, pidió algo simple, conversó con desconocidos, rió por compromiso, salió a respirar. Pasada la medianoche decidió volver. No llegó.

A las 02:17 el teléfono de *Miho* vibró. No era un mensaje de Seiya ni de Belefronte: era la guardia del hospital regional. Belefronte había ingresado con un traumatismo grave tras un asalto en una calle lateral; alcanzó a dar su nombre y a pedir que llamaran a "Miho". Ella figuraba como contacto de emergencia porque, semanas atrás, *Belefronte le había dejado un sobre con cartas y una tarjeta con su número "por si acaso"*. Miho se quedó mirando la pantalla, con la chaqueta a medio poner. Hacía un tiempo que había dejado de contestar ese tipo de llamadas a esa hora —las de bares, las de "vení, no seas aburrida"—; ahora tenía turnos temprano en una clínica de un pueblo vecino y había aprendido a decir que no.

Sin pensarlo demasiado, tomó las llaves. La ruta estaba oscura y vacía; la radio murmuraba una canción que antes la habría hecho subir el volumen y cantar a gritos. Esta vez la bajó. En el hospital confirmó lo que temía y pidió que le avisaran a Seiya al amanecer. Después condujo hasta la posada con el fajo de cartas apretado contra el bolso, como si soltarlo fuera romper una promesa que, por primera vez, quería cumplir.

El amanecer trajo un golpe seco en la puerta. Seiya abrió con el corazón desbocado. No era el dueño: eran dos agentes y detrás, el rostro descompuesto de Miho.

—Lo asaltaron esta madrugada —dijo uno de los agentes, con esa voz neutra que se usa para las peores noticias—. Lo sentimos.

Seiya bajó las escaleras de dos en dos, con la respiración atascada. En el umbral, Miho lo esperaba con los ojos enrojecidos y el fajo de cartas contra el pecho. Por un segundo, Seiya vio a la Miho de antes —la de las fiestas, la que siempre tenía una salida ingeniosa— y, enseguida, a la que estaba ahí ahora: pálida, sería, sosteniendo algo que no era suyo pero que iba a cuidar igual.

—Me llamó el hospital —explicó, en voz baja—. Belefronte dio mi número. Me pidió hace tiempo que, si pasaba algo, entregará estas cartas. Yo... yo venía viajando por la carretera para cubrir un turno temprano; estaba cerca.

Seiya asintió y tomó las cartas con cuidado. Una llevaba su nombre con la letra apurada de Belefronte. Por primera vez, no hubo chiste ni comentario filoso de Miho, solo una frase simple, casi torpe:

—Lamento no haber llegado antes.

—No —dijo Seiya—. Llegaste cuando había que llegar.

Miho no contestó. Miró el cartel descascarado de la posada, la madera quejumbrosa del pasillo, el perro del patio que ahora ladraba sin motivo. Afuera, el pueblo empezaba a desperezarse con una normalidad obscena. Adentro, la noche anterior ya era un antes que no iba a volver.

HASTA PRONTO.

Juliee...

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