Capitulo 123

2 0 0
                                        

La cena fue sencilla: arroz, verduras salteadas, el pan que Seiya trajo a la mañana. Shun leyó el cuento corto que había dejado preparado; el niño se durmió con la cabeza apoyada en la rodilla de Hilda, que le acarició el pelo con movimientos cortos, medidos. Hilda giró apenas la silla para quedar de cara a la galería y, sin decir nada, les hizo a Saori y a Seiya un gesto mínimo con la cabeza: "ya".

Saori sintió el corazón en la garganta. Se secó las manos en el delantal, sacó la hoja doblada del bolsillo —"lugar: galería; momento: después de la cena; plan B: si el niño se despierta"—, la miró y la volvió a guardar. No la necesitaba. Caminó hasta el cajón, desenvolvió el pañuelo, tomó la alianza sencilla de plata y se la guardó en el puño. Cuando pasó al lado de Hilda, le acomodó la manta finita sobre las piernas.

— ¿Te quedás? —susurró.

—Me quedo —contestó Hilda, y llevó la silla con un movimiento corto de muñeca hasta el borde de la galería, donde la luz amarilla de la cocina se mezclaba con la del patio. El "clac-clac" fue suave; el freno hizo "clac" y quedó.

Seiya estaba secando el último plato. Saori se acercó y, sin pensarlo, le acomodó el cuello de la camisa. Él le sostuvo la mano un instante y se la soltó con cuidado, porque el niño dormía y porque todavía estaban aprendiendo a tocarse sin romper nada.

— ¿Salimos un rato? —dijo Saori, en voz baja.

Seiya asintió. Dejaron la cocina en orden, cruzaron el pasillo —la mesa corrida para que Hilda pase con su silla sin pedir permiso— y salieron a la galería. La rampa no hizo ningún salto; la madera estaba lijada. El sillón de mimbre tenía la manta doblada; Eris la había dejado ahí temprano, "por si refresca". June, desde la puerta, canturreó bajito una canción desafinada y se fue a la cocina con Shun, dándoles espacio.

Se sentaron. Saori con la espalda recta, las manos cerradas alrededor de la alianza. Seiya con los codos en las rodillas, mirando el patio como si contara para calmarse.

—Tardé años en decir lo que tenía que decir —empezó Saori, y la voz le salió más firme de lo que esperaba—. Te pedí perdón por irme sin decirte a dónde, por no contarte lo de Marin, por hablarte como si el chichón de nuestro hijo fuera solo culpa tuya. No fue solo tuyo. Fue mío también.

Seiya asintió. No la interrumpió.

—No vengo a prometerte que no nos vamos a volver a equivocar —siguió ella—. Vengo a pedirte que nos equivoquemos juntos, con palabras y con tiempo. Que lo que tengamos sea esto: la casa torcida y nuestra, la silla de Hilda entrando y saliendo, el niño frenando dos pasos antes, los platos secados de a dos.

Abrió la mano. La alianza brilló, sencilla, bajo la luz amarilla.

—Seiya —dijo, y le tembló apenas el nombre—. ¿Aceptarías ser mío? No te pido que borremos nada. Te pido que seas mío y yo tuya, con lo que somos ahora.

Seiya la miró como si la viera por primera vez y, a la vez, como si la hubiera visto siempre. Le tomó la mano con la alianza dentro y se la llevó al pecho, a la altura del corazón.

—Sí —contestó—. Quiero ser tuyo.

Saori se rió, bajito, con los ojos húmedos, y le puso la alianza en el dedo. Le quedó bien. Él le acomodó un mechón detrás de la oreja con esa torpeza que era solo suya y, por un segundo, apoyó la frente contra la de ella. Respiraron al mismo tiempo.

—Te amo —dijo Seiya.

—Y yo a vos —dijo Saori.

El "clac" del freno de Hilda sonó a propósito. Cuando la miraron, tenía la taza en la mano y una sonrisa torcida.

—Ya era hora —dijo.

—Ya era hora —repitió Saori, y se le escapó otra risa.

Hilda giró la silla para volver adentro; la rampa no hizo ruido. Desde la cocina, June cantó un poco más fuerte, desafinando a propósito; Shun apareció con el niño en brazos —se había despertado— y lo dejó en el suelo, donde corrió y frenó dos pasos antes de la silla de Hilda, como había aprendido.

—Hacemos otra —dijo el niño, señalando la caja-barco a medio armar.

—Hacemos otra —contestó Seiya, y lo levantó en brazos.

Saori los miró y sintió que la palabra "vida" se le acomodaba en el pecho sin dolor. No era un final con lazos perfectos; era un comienzo que venía de lejos: la grieta que se volvió costumbre, los cuidados que se volvieron casa, el "sí" que no arregló todo de golpe pero ordenó el aire.

...

Gracias por llegar hasta acá —de verdad.

Después de tanto tiempo sosteniendo la historia, capítulo a capítulo, con sus pausas, sus grietas y sus remontadas, terminar la trama principal se siente como cerrar una puerta que siempre estuvo un poco torcida, y que por fin quedó como "nuestra". Gracias por bancar los silencios largos entre Seiya y Saori, por no apurar el "sí", por dejar que Hilda marcará el ritmo de la casa con su "clac-clac" y por aceptar que el amor, acá, se aprende más en los platos sacados de a dos que en las grandes declaraciones.

Gracias por cuidar a Shun, June y Eris como el engranaje que mantuvo todo en pie; por no olvidar que Hilda está en silla de ruedas y que eso no es un detalle de utilería sino la forma en que la casa respira; por permitir que el niño frenará dos pasos antes de la silla y que cada caja rota fuera una excusa para decir "hacemos otra". Gracias por dejar que Saori preparara su propuesta en secreto, que Seiya sospechara y eligiera confiar, y que el "¿Aceptarías ser mío?" llegará sin música épica: con una alianza sencilla, la galería, la manta finita y la tasa de Hilda al alcance de la mano.

Si esta historia te acompañó durante años, ojalá te haya devuelto algo parecido a lo que ellos encontraron: que no hace falta borrar nada para volver a elegirse; que la vida junta puede ser torcida y, aún así, funcionar; que los cuidados cotidianos —el bollo para Hilda, la rampa sin saltito, el cuello de la camisa acomodado— también son promesas.

Por mi parte, me quedo con la imagen final: la casa respirando acompañada, el niño corriendo y frenando a tiempo, Hilda sonriendo con la comisura, y Seiya y Saori apoyando la frente, respirando al mismo tiempo. Ya era hora.

HASTA PRONTO.

Juliee...

MíoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora