El anciano se había retirado a descansar, pues tanta conversación y tantas emociones le habían hecho casi desfallecer. Sus hermanos clones lo acompañaron y Sady se quedó junto a la mestiza y el puro.
—Acompañadme —de nuevo volvía Antonio a escuchar esa voz dulce y cantarina y a seguir a la escindida como había hecho en sus sueños.
Salieron del edificio en el que habían estado y el puro enseguida echó de menos la suavidad de la alfombra sobre la que habían permanecido innumerables horas. Se sentía, a pesar de todo, mucho mejor. Empezaba a comprender lo que tanto tiempo, en la universidad, en el museo, en la Ciudad Vertical en general, había intuido. Todo estaba allí, todo aquel mal que los hombres hacían a los hombres.
Aunque también había un pequeño y oscuro poso que manchaba tanta clarividencia. Los recuerdos estaban a flor de piel y en su mente se agolpaban una y otra vez todos los desprecios de su padre, la muerte de su madre, Adolfo... En cualquier caso, seguía teniendo muchas preguntas.
—De todos modos... ¿cómo sabíais que vendríamos? —Interrumpió Monique la caminata diri-giéndose a Sady y adelantándose a Antonio.
—Nuestros espías... bueno, creo que más o menos habéis comprendido en qué consiste ese gran secreto que nuestro pueblo atesora. Al igual que vosotros, tenemos siempre algún infiltrado en la Ciudad Vertical, alguien que se encarga de saber qué acontece allí y transmitírnoslo.
De pronto se silenció como dando por terminada la explicación.
—¿Y? —preguntó Antonio, que no veía saciada su curiosidad.
—Pues es evidente. Nosotros no necesitamos colocar un infiltrado durante años en un puesto de responsabilidad, un sencillo ascensorista puede averiguar los pensamientos de cualquiera de los peces gordos del nivel 7. Así es como supimos lo que planeaban, y lo que planean los mestizos.
—¿Y qué planeaban? —Preguntó de nuevo el puro.
Sady se detuvo y escrutó con la mirada a Monique.
—Supuse que averiguarías que él no lo sabía —comentó con sequedad la mestiza.
—Nosotros no ahondamos en vuestros recuerdos, no queremos entrar en rincones que no nos conciernen —la voz cantarina había dado paso una dureza desconocida.
Monique miró a Antonio y dejó caer los párpa-dos mientras una lágrima surcaba su rostro otra vez.
—Hay algo... hay algo que no os hemos conta-do a Sonia y a ti.
—¡Ahora no hay tiempo! —Espetó Sady continuando el camino—. No te preocupes, dentro de poco será capaz de adivinarlo, de saber qué traman los mestizos. Pero ahora debéis entrar en la oscuridad de vuestras mentes.
—Monique, creo que cualquier cosa que puedas decirme no me hará más daño que todo el que he sufrido en estos últimos días. Cualquier plan que tuvieseis los mestizos he de suponer que sería agresivo contra la Ciudad Vertical, por lo que no debes temer que lo conozca. Ahora creo que sé quién eres, y sé que has cambiado como he cambiado yo. Este lugar... su olor, su luz... todo saldrá bien —concluyó optimista.
Monique cogió de la mano al puro y se dirigió a Sady.
—¿Qué debemos hacer para llegar a esos rincones donde se esconde la verdad?
Sady sonrió comprendiendo lo que ambos pensaban.
—En realidad ya hemos comenzado la preparación —dijo retomando su voz melodiosa y conti-nuando el camino a través de un bosque bajo que rodeaba la plaza de la fuente—. Como os ha dicho el anciano, son los sentidos los que abren las puertas de la mente, los que pueden dar luz a la oscuridad. Sé que ya habéis percibido muchas emociones desde que estáis aquí. El tacto de las sedas, el frío del mármol, el murmullo del torrente, el sabor de las hierbas, todo os ha preparado para que vuestros sentidos estén alerta. Pero su efecto pasará en poco tiempo, por eso debemos apresurarnos.
—¿Quieres decir que estamos drogados o algo parecido? —Quiso saber la mestiza.
—Sí, supongo que es algo similar, pero más natural. No hay más compuestos químicos que los que dispone la naturaleza.
—Pero en realidad, aparte de un ligero bienestar, yo no siento nada —Antonio permanecía confuso.
—Sí lo sientes —respondió la escindida deteniéndose y mirándolo a los ojos—. Claro que lo sentís. Los dos. Esos recuerdos que os vienen a la cabeza, el bienestar, la clarividencia, todo es provocado por el entorno, por lo que vuestros sentidos son capaces de captar del exterior. Y también de vuestro interior. Pero por el momento solo habéis accedido a las capas más superficiales de vuestra oscuridad.
—¿Es peligroso?
—Créeme Monique. Es la experiencia más peligrosa a la que te habrás enfrentado y te enfrentarás jamás —la escindida ya hablaba de espaldas a ellos apresurándose entre los árboles—. Y también la más placentera. Pero no debéis preocuparos, si vuestra mente está limpia, como así lo creo, no sucederá nada. Hemos perfeccionado las técnicas. Averiguamos que la memoria a largo plazo y la memoria colectiva...
—¿Memoria colectiva? ¿Qué demonios es eso? —interrumpió el puro.
—En ese rincón olvidado de nuestro cerebro residen los instintos básicos del hombre, lo que sabemos antes de aprender nada, lo que nos hace alimentarnos, sudar, orinar, defecar, defender nuestra vida, amar, sonreír... pero también están todos los datos conocidos por la humanidad, una suerte de conocimientos que la historia ha hecho comunes. Nosotros somos clones y, por lo tanto, carecemos de los conocimientos comunes, pero en vosotros el olvido está lleno de información —se detuvo de nuevo y los observó profundamente—. Debéis ir en busca del tiempo perdido.
—¿Alguien ha hecho ese viaje anteriormente?
—Nosotros no podemos llegar tan lejos. Thomas lo intentó pero no lo consiguió. Su mente no estaba limpia, había demasiados pesares, demasiados castigos. Mal.
—¿Y cómo sabremos lo que debemos hacer?
—Vosotros no debéis hacer nada, solamente liberar vuestros sentidos. El cerebro se activará por medio del goce y llegaréis, sin daros cuenta, a esos lugares perdidos. Todo está ya dispuesto para satisfacer vuestros sentidos, pero debéis saber que los más importantes, los que realmente residen en el mismo lugar exacto que la memoria colectiva y los instintos, son el olfato y el gusto.
La mestiza descorrió una cortina de ramas repletas de hojas, descubriendo un pequeño claro en el que había una construcción de piedra y una cabaña de cañas como en la que había despertado Antonio. En la puerta de la construcción esperaba Sonia, visiblemente recuperada.
—Confiamos plenamente en vosotros, pero antes necesitamos que hagáis algo que nos aporte seguridad.
—¿Qué quieres decir Sady? —preguntó Monique.
Sonia se acercó a ellos sonriendo.
—Necesitan dos embriones, uno masculino y otro femenino.
—¿Embriones? —se sorprendió Antonio.
—Necesitan crear dos vidas a partir de vosotros —explicó Sonia.
—Es necesario. Así, aunque el fracaso se cierna sobre vosotros en la Ciudad Vertical, aunque la verdad no pueda ser descubierta o sea destruida, tendremos una nueva oportunidad.
—Pero ¿por qué dos personas, un hombre y una mujer?
—Debe ser así, Antonio, pronto descubrirás el porqué.
Antonio y Monique siguieron a Sonia al interior de la construcción que resultó ser el laboratorio donde llevaban a cabo las clonaciones. La pura les explicó los cuidados que había recibido, su sorpresa al descubrir todos los conocimientos que aquella gente tenía sobre materias olvidadas en la Ciudad Vertical. Finalmente les dijo que sabía que ellos dos debían completar una misión que no habían elegido pero que, sin embargo, era necesario llevar a cabo. Por su parte, no pensaba abandonar a los habitantes de la Ciudad Brillante y se quedaría con ellos para intentar conseguir destruir su esterilidad. Al fin y al cabo, si alguien podía conseguirlo, seguramente sería ella, la máxima experta en genética de toda la Ciudad Vertical.
Tomó muestras de los dos y les prometió que tendrían dos hijos maravillosos condenados a emparejarse entre ellos.
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La ciudad vertical
Science FictionLa Ciudad Vertical nos transporta a un futuro distópico y aterrador en el que la historia y la capacidad crítica de los ciudadanos han sido anuladas. Sin embargo, un grupo de disidentes se esfuerza por mantener la dignidad humana y luchar contra el...
