La Ciudad estaba engalanada. Gigantescos paneles de vidrio habían sido instalados en todas las fachadas de los edificios alrededor de la plaza del museo. Miles de personas se preparaban para cumplir con la obligación del día, su deber como ciudadanos. Los pasillos y pasarelas del nivel ocho habían sido escrupulosamente esquilmados por los servicios de limpieza. Desde primera hora puestos ambulantes de comida química se instalaban en todas las esquinas, ofreciendo distintos tipos de manjares prefabricados. Todo estaba preparado para recibir a Edouard Lapierre, para mostrarle la Ciudad tal cual era, una maravilla del hombre, una creación perfecta donde todo funcionaba correctamente, un lugar maravilloso en el que nacer, crecer, y morir. Sobre todo morir.
Mas el tiempo no se alió con la propaganda. En aquel nivel la luz del sol solía estar bastante presente y si hacía viento se podía notar una ligera brisa. Pero aquel día una densa bruma acechaba la Ciudad y amenazaba con cubrirlo todo. La humedad se sentía en la piel y se respiraba, pues el aire no era tan limpio como otras veces. El amarillento resplandor del alumbrado, encendido hasta primeras horas de la mañana, esas en los que los vendedores aprovechan para, ante la ausencia de bullicio, instalar sus puestos, apenas refulgía sobre los edifi-cios al toparse con una densa cortina de vapor. Las nubes habían descendido de los cielos para dar la bienvenida a Lapierre.
Monique y Antonio, sin embargo, no sentían el júbilo de las familias que se acicalaban antes del gran evento social de sus vidas. Habían accedido al apartamento de Antonio sin problemas, gracias a los pases que les habían facilitado los escindidos y a que los ojos del puro aún pasaban sin problema alguno los controles oculares. Pero allí no había nadie, ni rastro del clon. La primera parte del plan había fallado y ahora debían tomar nuevas decisio-nes.
—Bien, aquí no está, ¿qué hacemos?
—No desesperes Antonio, lo encontraremos. Si no está aquí habrá ido con total seguridad al museo, ¿adónde si no?
—Entonces debemos dividirnos.
—¿Qué dices? No pienso dejarte solo.
—Debemos hacerlo, Monique. No podemos dejar que Elano llegue al Origen y vierta el veneno, sería el final de todos los mestizos del subnivel.
Monique pareció dubitativa.
—¿Y cómo llegarás al museo?
—Esto es lo que haremos: tú coge el vehículo e intenta llegar lo antes posible al Origen para detener a Elano. Yo me pondré uno de estos trajes —abrió el armario y sacó una vestimenta de una pieza como la que había seleccionado el clon— y me dirigiré al museo con total tranquilidad.
—Pero espérame antes de hacer nada; esos clones está perfectamente preparados y no podrás dejarlo fuera de combate tú solo.
—Está bien, solo lo tendré localizado, pero igualmente poco podrás hacer, ¿o piensas que una mestiza tan guapa como tú no llamaría la atención de más de quinientos mil ciudadanos?
Ambos sonrieron y Antonio besó suavemente a Monique. La mestiza abandonó el apartamento y subió al vehículo flotante que le habían conseguido los infiltrados. Solo el utilizar ese vehículo ya era realmente sospechoso, pero al menos se habían preocupado de conseguir un aparato exactamente igual al que utilizaban los miembros de las Grandes Familias, por lo que en un día como ese sería normal ver aquellos vehículos circulando por la Ciudad Vertical.
Antonio decidió gozar por unos instantes de su viejo hogar, pero enseguida echó de menos aquella cabaña de hojas y ramas, la tierra blanda y templada y el rumor del agua deslizándose por la roca. Allí, en medio del panal que era la Ciudad Vertical, solo el constante e impertérrito halo sonoro de todos los objetos eléctricos hacía imposible cualquier tranquilidad. El silencio, se acababa de dar cuenta, no existía en aquella urbe con su constante e imperturbable vida metálica.
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La ciudad vertical
Science FictionLa Ciudad Vertical nos transporta a un futuro distópico y aterrador en el que la historia y la capacidad crítica de los ciudadanos han sido anuladas. Sin embargo, un grupo de disidentes se esfuerza por mantener la dignidad humana y luchar contra el...
