Capítulo 35

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John se sentía mucho mejor que días atrás. Desde la desaparición de su hermana y su regreso al subnivel, había pasado de un alto grado de desconfianza sobre los planes de Fabricio Elano, a un convencimiento pleno de lo que debía hacer.

No les había resultado tan difícil alcanzar el nivel veinticinco. Tomaron el viejo vehículo flotante que habían abandonado él y Monique cerca de la entrada al nivel treinta en Atocha. Afortunadamente los agentes de Seguridad y Mantenimiento no habían dado con él y allí seguía, oculto entre un transporte terrestre abandonado e inservible y unos arbustos crecidos.

La torre de comunicación que habían decidido excavar estaba situada en medio del antiguo parque del Retiro, unos jardines abandonados hacía siglos y habitados por alimañas. Era uno de los espacios más abiertos de toda la antigua ciudad, un recuerdo de la naturaleza salvaje donde el hombre había ejercido su poder plantando las especies vegetales que le parecían más bellas, y alojando a animales de diversas especies. Pero nada quedaba de aquello, en aquel momento no era más que un espacio olvidado y asilvestrado, en el que crecían de forma desmesurada árboles vivientes y plantas que se alimentaban de los pequeños animales que, desprevenidos, buscaban insectos y malas hierbas que llevarse a la boca.

Allí habían construido los puros uno de los cimientos más robustos, un importante pilar que sos-tenía un buen pedazo de la Ciudad Vertical. Cerca del antiguo lago, abarcando más allá de los confines de una plaza interior de los jardines, crecía una gigantesca torre de gruesos muros que se elevaba más allá del subnivel hasta la planta trescientos. Tenía una planta circular de unos doscientos metros de diámetro, y los muros alcanzaban los treinta metros de grosor en piedra de laboratorio y metal aleado. Su interior, hasta el subnivel, era completamente macizo, lo que explicaba el interminable trabajo de los mestizos durante décadas. Pero para entonces había un túnel interior que desembocaba por encima del subnivel y permitía llegar a los mestizos hasta el nivel veinticinco.

Por encima del subnivel, la torre dejaba de ser tan solo un cimiento para convertirse en un importante canal de comunicación, aunque aquella zona de la Ciudad estaba ya bastante despoblada y apenas se utilizaba.


Fabricio Elano y John atravesaron el túnel en su transporte flotante con un cuidado máximo para no chocar con las paredes de la gruta excavada. Al cabo de unos minutos notaron que el túnel comenzaba a agrandarse hasta convertirse en un descomunal hueco dentro de la torre, cuyos muros apenas se atisbaban. Accionaron las luces y se apresuraron para llegar al nivel veinticinco. Allí les esperaban dos mestizos infiltrados con los pases de ingenieros y dos pequeñas motos levitantes. Para ellos habría sido ideal poder continuar su camino con el vehículo flotante, ya que podrían haber subido volando entre los edificios, esquivando pasarelas, puentes y pasillos. Pero sería llamar demasiado la atención, correr riesgos innecesarios.

Aún no había amanecido, pero daba igual, en aquellas plantas siempre era de noche. Solo la intensidad del sistema de alumbrado delataba el momento del día, más luz por el día, mayor suavidad por la noche. Aquel tiempo indefinido hacía de los ciudadanos que habitaban aquellos niveles personas totalmente dóciles, distraídas y con poco temperamento. Apenas sabían dónde ni cuándo estaban.

Los dos mestizos infiltrados ocuparon los asientos del vehículo flotante y se sumieron en las profundidades de la Ciudad Vertical.

John y Elano, en silencio, montaron los mono-plazas levitantes. Se trataba los vehículos más rápi-dos para moverse por la Ciudad. Tan solo eran un asiento sobre un motor eléctrico con un manillar para apoyar las manos y dos propulsores, uno delan-te y otro detrás, que mantenían el aparato en el aire, sobre el asfalto. Accionaron los propulsores y se encaminaron, por una de las pasarelas entre edifi-cios, hacia las afueras.

La ciudad verticalDonde viven las historias. Descúbrelo ahora