Capítulo 29

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Ricardo Campo regresó de nuevo a su habitación tras la homilía del día. Adoró la solitaria figura de dios cuya sombra tembló sobre la pared blanca durante un buen rato, y después decidió acostarse sumido en sus oscuros pensamientos.

Durante siglos, su padre antes que él, y antes todavía su abuelo y otros más antiguos miembros de su familia, habían mantenido un buen número de feligreses. Siempre le habían contado sus antecesores que hubo un tiempo, poco después de los Tribunales, en que los seguidores de la religión eran muy numerosos. Muchos de ellos se negaron a vivir bajo las leyes de los hombres y lograron un retiro acomodado a las afueras de la Ciudad Vertical, construida para un número de habitantes de los que ya carecía Madrid. Allí, primero consentidos por las Grandes Familias y después olvidados, crearon una comunidad espiritual de personas que pretendían mantenerse al margen de las batallas terrenales entre puros y mestizos. Convirtieron un antiguo salón de un hotel en la iglesia y, entre todos los feligreses, construyeron un altar y consiguieron un buen número de objetos para la liturgia, amén de simular vidrieras en las paredes que, con el paso del tiempo fueron despareciendo.

Lejos han quedado ya aquellos tiempos, pensaba el pastor intentando conciliar el sueño, pero pronto llegaría el momento de la redención, pronto llegaría el momento en que dios recuperase el mundo de los hombres, aunque para eso él y sus feligreses tuviesen que llevar a cabo su misión, la misión de dios, con sus propias manos.


A Edouard Lapierre le habían alojado en unas lujosas estancias del edificio presidencial. Los médicos le habían obligado a descansar aunque él se sentía físicamente preparado para toda la visita programada. En cambio, espiritualmente se hallaba cerca del derribo. Por un lado estaba el accidente del vehículo, probablemente un atentado a cargo de los mestizos, a lo que había que sumarle la pérdida de las vidas del piloto y el séquito presidencial. Pero lo que más hondamente turbaba sus pensamientos, era el director de Seguridad y Mantenimiento. Se le presentaba como un hombre despiadado, sin escrúpulo alguno, y le parecía que dirigía excesivamente al ministro de Administraciones Públicas y, por ende, a la familia Valdés, la segunda de la Ciudad Vertical de Madrid. El pobre Estebaranz era un viejo que poco podía aportar, tan solo una marioneta en manos de Ginés Rico.

Al principio el empeño en tratar el tema de los mestizos con que el director de Seguridad había iniciado las conversaciones, se le antojó tan solo un acto de cortesía encaminado a investigar las razones que les había llevado a los mestizos a atentar contra su persona y planear otro atentado a gran escala en Madrid durante su visita; sin embargo, enseguida fue capaz de comprender el odio que destilaba aquel hombre hacia los que no eran como él.

Lapierre siempre había sido de la opinión de que los mestizos no podían ser tan inhumanos como siempre se habían empeñado en verlos. Incluso hubo algunas de sus políticas dedicadas a frenar los excesos de los Departamentos de Seguridad en los interrogatorios, y de los Departamentos de Investigación en los experimentos. Pero los últimos sucesos no le ayudaban en nada en su tarea, y sabía, por su experiencia en París, que debía mostrarse siempre despiadado con respecto a los mestizos delante de otros puros.

Pero Ginés parecía abordar toda la política de la Ciudad alrededor del exterminio de los no puros, y pretendía una acción conjunta en Madrid y París para acabar con ellos. Poco o nada trataron los asuntos que él había preparado antes del viaje: alimentación, materias primas, recogida acuífera, metalurgia, genética agraria, botánica experimental... todas las conversaciones se habían definido en torno a la eliminación mestiza.

Edouard Lapierre intentaba escribir un informe sobre las últimas reuniones acontecidas esa misma mañana, sentado en un escritorio metálico pero extrañamente suave, formado por algún material des-conocido para él. Poco había podido ver de Madrid, pero le parecía que aquella Ciudad Vertical era en realidad muy avanzada.

La ciudad verticalDonde viven las historias. Descúbrelo ahora