Capítulo 5

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El acontecimiento era en un lugar abierto. En la parte trasera de un edificio abandonado pero importante para la ciudad, histórico.

George me despertó, no muy sutilmente, de mi sueño (aún no me recuperaba del desvelo de dos días antes). El cabrón abrió la puerta donde estaba recargada y como es de imaginar caí. En tierra y con fuerza.

Aún dolía mi parte izquierda del cuerpo por eso.

Y él ni siquiera parpadeó. Ni hablar de una disculpa. Solo sonrió de manera torcida.

Alisé mi ropa y caminé junto a él y su acompañante rumbo al patio trasero. Ya ahí, en el estacionamiento, había mucha gente y autos de una infinidad de gamas, colores, estilos y más.

Una niña pasó corriendo y chocó conmigo. Quise disculparme pero desapareció tan rápido como apareció, no sin antes sacarme la lengua en un gesto infantil.

La rubia sonrió ante ese gesto pero mi hermano ni se inmutó. Yo me encogí de hombros, ni de niña se me había permito hacer algo parecido. Desde siempre mi padre me enseñó a respetar a los mayores.

—Ahí esta papá —habló George y, al alzar la vista y seguir la dirección a donde mi hermano miraba, lo vi. Junto a otro hombre.

Ambos iban de traje; mi padre portaba uno negro, elegante, imponente, aunque en él todo se veía así. Su metro noventa, sus gestos duros, su cuerpo trabajado y la mirada dura y directa le daban ese aspecto sin ni siquiera requerir esfuerzo.

El otro hombre, sin embargo, claramente el novio, vestía un traje blanco y portaba, con orgullo, un par de estrellas en la solapa del traje. Se veía más grande, cansado pero feliz.

La última vez que había visto al Sargento Bloom estaba más delgado pero teniendo en cuenta su edad y el hecho de que ya no tenía que entrenarse, lo explicaba; media un par de centímetros menos que mi padre, su cabello en algún tiempo fue castaño pero ya predominaba el gris que resaltaba sus ojos del mismo color. Era elegante y gentil.

—Sargento Bloom —saludó George de manera correcta, militar; irguiéndose y llevando su mano a la cabeza.

El hombre rió.

—  ¡Qué bueno verte de nuevo George! —expresó extendiendo la mano derecha—. Pero ya no soy sargento y me gustaría que esté día no haya tantas formalidades. Dime Jaime.

—Jaime —repitió George igual de serio y frío apretando la mano del ex-sargento.

Jaime Bloom me miró.

— ¡Qué grande estas Juliette! —Exclamó— hace años que no te veo.

—Desde la muerte de mamá —dije sin inmutarme y vi como su sonrisa vaciló.

Nadie hablaba de Deisy Sherwood y su repentina muerte. Ni del hecho de que su hija no pudo hacer nada para ayudarla. Mucho menos frente al Teniente Cooper Sherwood.

—Hace cuatro años —sugirió a cambio, como si yo no hubiera hablado y yo solo asentí. Él también respetaba las peticiones u ordenes de mi padre. Y ya ni siquiera tenía que hacerlo, ya no se verian en campo. Jaime Bloom acababa de perder todo mi respeto.

— ¿Qué hacen aquí? —Preguntó George mirando su reloj y lanzadome  una mirada amenazadora—. La ceremonia es en veinte minutos.

—Jaime espera a sus hijos —explicó mi padre con indiferencia y palmeó la espalda del hombre con fuerza—. Has sido muy blando con ellos y mira lo que resultó; se rehúsan a asistir a la boda de sus padres.

Jaime gruñó y nos miró a George y a mí.

—Y tú has sido muy duro con los tuyos —comentó y mi padre volvió a reír, ahora de una manera más forzosa. Nosotros hicimos lo mismo.

Al Límite [En Edición]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora