CAP. 1

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  • Dedicado a Sergio y Fernanda
                                        

Sofía escuchaba los gritos que venían del piso de arriba, tenía miedo, mucho miedo. Hacía tanto tiempo que ya no sentía terror… hacía tanto tiempo que no sentía nada. Escuchaba con claridad los gritos y distinguía las voces de los dos hombres. La más grave y fuerte de Benjamín y la más juvenil de Miguel. Cerró los ojos y se tapó los oídos. Estaba acurrucada como una cobarde en una de las esquinas de su habitación. Sentía como las lágrimas caían por sus mejillas y como su respiración se entrecortaba y la hacía temblar levemente. En su cama estaba uno de los regalos que Miguel le había dado, lo tomó y lo apretó contra su pecho. Un peluche de un lobo negro.

Arriba los gritos seguían hasta que de pronto cesaron, y el silencio se hizo pesado, y era casi imposible escuchar algo que no fuera el vacío. Después vinieron los pasos, una puerta cerrándose con violencia. Sofía levantó la mirada con los ojos abiertos y asustados. Esperó unos segundos más… otros pasos comenzaron a resonar en la estancia vacía. Iban hacia ella. La puerta se abrióde golpe  y lo primero que vio fue los tan familiares zapatos negros. Sonrió y se quitó las manos de los oídos.

El hombre que estaba bajando las gradas le sonrió cansadamente. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos… esos ojos de color verde, azul, dorado, miel… una mezcla de colores que le recordaban su infancia. Era musculoso y su cabello corto, la barba le cubría las mejillas y la barbilla, parecía que no se hubiera rasurado en un par de días. Llevaba una camisa gris y una chaqueta de cuero. Ella se apretó más contra la pared.

-          Hey… estás despierta. – Le dijo sonriendo con esos dientes que tantas veces la habían marcado. – Supongo que los gritos te despertaron. – Sofía asintió y miró a sus pies, sucios, en su tobillo izquierdo una cadena evitaba que huyera. – Mejor aprovechamos que estés despierta. – Se quitó los zapatos y comenzó a desabrocharse los pantalones… Sofía cerró los ojos, volverían a hacerlo y seguramente, como las veces anteriores, dolería y la mordería y ella gritaría en silencio para que nadie la escuchara.

Tenía razón… había dolido, había quemado. Ahora tenía más marcas de mordidas que indicaban que era de él, que le pertenecía. La dejó allí tirada, desnuda, en la cama con el viento entrando. La luz apagada y la puerta cerrada con llave desde afuera. Miró por la ventana sin moverse y recordó como era todo antes, antes de que entendiera, antes de que olvidara el rostro de sus padres, antes de que la separaran de su bicicleta y de su vida.

Suspiró… se sentía sucia y cansada, tan cansada que no podía dormir. Fue entonces cuando la puerta volvió a abrirse. Quizá Miguel había vuelto. Se sentó y mostro con orgullo las mordidas… así como a él hombre más joven le gustaba. Pero no era él… no… era el hombre gordo y de mirada asquerosa, el de pijamas anchos y sonrisa completamente blanca. El de cabello largo y ojos azules como el cielo. La miró unos segundos.

-          Sofía… querida Sofía… - Su voz era más grave que la de Miguel y sonaba pegajosa y falsa. – Voy a hacerte un regalo.

Se acercó y tomó el tobillo de la chica, deposito un beso en su rodilla y con una llave abrió el candado que sostenía la cadena que rodeaba su tobillo. Depositó otro beso, esta vez en sus labios y la ayudó a ponerse de pie. Todo le dolía… cada centímetro de su cuerpo dolía como si mil agujas se le clavaran al mismo tiempo. Pero Benjamín la ayudaba a caminar por la habitación, la ayudaba a moverse y a subir las gradas. Finalmente la ayudó a subirse al auto y ella sonrió… eran raras las veces en las que Benjamín la llevaba a dar vueltas fuera de la casa… raras las veces que lograba salir de su sótano.

Viajaron por quien sabe cuánto tiempo, finalmente Sofía se quedo dormida y despertó cuando Benjamín se estaba inclinando sobre su cuerpo desnudo. Lo miró curiosa, el hombre abrió la puerta y la lanzó por ella, dejándola caer con violencia en el suelo y entonces cerró se fue… Sofía sintió el golpe en su cabeza y todo se puso completamente negro.

El Síndrome de Estocolmo.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora