Estaba lloviendo, escuchaba como las gotas chocaban contra la pequeña ventana de la habitación, su única comunicación con el mundo externo. Habían pasado tres días en los que no había comido y el agua que había tomado era la de la lluvia que había entrado por la ranura de la ventana, estaba cansada, no tenía energía para nada, quería dormir.
Miro hacía el techo del lugar, tenía frío… Se acurrucó en el viejo colchón destruido que era lo único que le daba calor, Miguel se había llevado su ropa y las sábanas que antes le había dado. Supuso que no podía enojarse realmente, el hombre no la había matado, solo la había dejado inconsciente.
- No. – Se dijo en voz baja. – No voy a agradecerle nada a ese idiota, lo que está haciendo está mal. Miguel es malo. – Aún podía escuchar la voz de su hermano explicándole lo que el Síndrome de Estocolmo era y como la víctima lo adquiría… Ella no iba a tenerlo. – Miguel es malo.
Respiró profundo un par de veces, tratando de calmarse, estaba tan cansada y tenía tanta hambre. Miró a su alrededor y entonces algo llamó su atención… ¿Cómo podía haber sido tan idiota? Ahí, descansando tranquilamente en una silla lejana estaba su bolso, el que había estado cargando la noche que la habían secuestrado y estaba segura de que encontraría algo que la pudiera ayudar. Se pasó una mano por la cabeza, su cabello ahora demasiado corto se sentía asqueroso, grasoso y tostado por la sangre seca que se había adherido a él. Dejó que una suave risa escapara de sus labios, una risa que se transformó en carcajada y luego en lágrimas y sollozos. En ese bolso tenía que haber algo que la pudiera ayudar, pero estaba tan lejos y ella estaba tan débil… no podía moverse ni para ir al baño, jamás caminaría lo suficiente para alcanzar la pequeña bolsita.
- ¿Finalmente te volviste loca? – Esa asquerosa voz.
- ¿Te gustaría eso? ¿Volverme loca? Justo como Sofía. – Le sonrió, estaba cansada e igual iba a morir de inanición y deshidratación.
- Eres una tonta, Sofía no estaba loca. No vuelvas a decir eso. – Se había acercado a ella a largas zancadas y le jalaba el poco cabello que le quedaba. – Vuelve a hacerlo y juro que voy a matarte. ¿Quieres que te mate?
- Es una mejor opción a tener que estar escuchándote y viéndote todo el tiempo. – Le escupió en el rostro y supo, en ese preciso instante, que iba a sobrevivir, iba a sobrevivir para ver a ese degenerado pudrirse en la cárcel.
Le dio un golpe en el estómago y la dejó tirada, una última patada en el hombro, el sonido del hueso al quebrarse y luego se fue, dejándola abandonada con su dolor, estando sola y en lo oscuro dejó que las lágrimas salieran de sus ojos y llamó a su hermano, deseando poderlo ver una vez más.
A la mañana siguiente la despertó un olor familiar, un olor tan maravilloso que casi saltó del viejo colchón, tocino. Frente a ella un plato con tocino y salchichas la esperaba, estaba caliente y del otro lado una taza con jugo de naranja, sonrió y comenzó a comer. Recordaba que en algún lugar había leído que si comía demasiado deprisa después de un estado como en el que se había encontrado vomitaría todo. Se obligó a comer despacio. Disfrutando cada bocado de deliciosa carne.
Esa tarde sucedió lo mismo, Miguel bajó las escaleras con una bandeja, está vez le llevaba una ensalada de frutas y leche. Camille no preguntó porque la estaba alimentando tan repentinamente, no iba a quejarse de una mejora como aquella. Pero entonces vio la mirada maliciosa que adornaba el rostro del hombre y sintió como el temor iba creciendo en ella.
- Voy a ponerte bonita, tu hermano te está esperando, ¿cierto?- No contestó, se sentía temblar. – Quiero que estés sana físicamente para que cuando encuentren tu cuerpo sepan que fui yo quien te mató, lenta y dolorosamente. Voy a disfrutarlo.
