Miguel estaba enojado… no, enojado no era una palabra suficientemente fuerte, estaba furioso. Furioso con ganas asesinas de golpear a ese idiota de su padrastro y quizá dispararle un par de veces. Habían tenido esa discusión antes, miles de veces, millones incluso, siempre llegaban a la misma conclusión… aquellos que ya no sirvieran o que se volvieran aburridos morirían y aparecerían cerca de sus casas una semana después. Todos, menos Sofía, estaban destinados a morir… ¿por qué? Porque los niños crecían y ya no eran atractivos ni entretenidos, pero Sofía era diferente… Sofía era la primera y ella se encargaba de calmar a los demás lo suficiente para que Benjamín pudiera disfrutar más con los mocosos.
Pero no, Benjamín estaba frustrado porque Sofía había crecido… llevaba años frustrado, por eso habían comenzado a tomar más niños de diferentes ciudades y pueblos. Su padrastro había insistido en que mataran a Sofía pero ella era un trofeo y un recordatorio, Miguel no estaba dispuesto a deshacerse de ella. Era la única que podía darle placer después de todo. Ella era el sol que brillaba en esa casa de porquería donde todo era olor a sufrimiento.
Y entonces el día anterior por la mañana él se había levantado y había bajado a buscar a Sofía para comenzar el día como se debía y ella no estaba en su cama. Busco a Benjamín y tampoco lo encontró… Hasta que finalmente encendió la televisión y pudo ver a ese idiota de Peter Hunt hablando de que habían encontrado a Sofía, la misma Sofía que pertenecía a Miguel y a nadie más, abandonada en la calle, completamente herida y maltratada. Estaba en el hospital y la policía iba a dar un comunicado al respecto…
Su padrastro no había aparecido todo ese día… y Miguel se dedicó a darle de comer a los otros tres niños que estaban en esa casa y a ver la televisión esperando más noticias sobre su Sofía. Al día siguiente había comenzado sus rondas de darles alimento a los niños cuando escuchó la puerta abrirse. Bajo corriendo, saltándose casi todos los escalones y cayendo de pie en la sala. Frente a él se encontraba Benjamín, parado con una sonrisa y una pequeña niña de cabello oscuro y ojos brillantes y asustados a su lado.
- Te traje un regalo. – Miguel se sintió asqueado al escuchar hablar a aquel hombre. La niña se parecía tanto a la Sofía que habían llevado a esa casa hacia tanto tiempo. La misma mirada perdida, las mismas lágrimas que brotaban con rapidez, el rostro pálido y las manos apretadas cerca de su pecho. Tan hermosa como su Sofía y al mismo tiempo sin comparársele en lo absoluto.
- Eres un idiota… no te das cuenta de lo que has hecho, ¿verdad? - No reconoció su propia voz, estaba tan llena de odio y cólera. – Cometiste un error increíble… la dejaste huir…
- Nadie va a encontrarla, nunca. – Le dijo y miró a la niña quien asustada retrocedió unos pasos.
- Ya la encontraron, está en un maldito hospital y no ha parado de salir en el maldito noticiero, ese idiota de Peter Hunt está haciendo su carrera con la noticia de la joven que fue encontrada en una calle… - Benjamín levantó la mirada sorprendido y luego sonrió.
- En ese caso… espero que hayas usado protección la última vez que estuviste con ella… tu ADN estará en ella. – Miguel palideció considerablemente… su ADN… Benjamín sonrió triunfante.
- Yo la limpié antes de irme… no soy un idiota, Benjamín. – El hombre mayor le devolvió la mirada curioso. – Querías asesinarla, yo no me confió de ti. – Respiró profundo, quería calmarse pero le resultaba imposible. - Si ella habla vendrán a buscarte aquí y yo no voy a quedarme para que me atrapen.
- Ella no va a hablar, va a morir, no la podrán salvar. – Benjamín comenzó a pasar su mano por la espalda de la niña quien comenzó a dejar que más y más lágrimas corrieran por sus mejillas sonrojadas.
- Yo no voy a arriesgarme. – Miguel tomó la mano de la niña y la jaló hacía él. – Me largo.
- No puedes irte, Miguel. – El hombre trató de tomar a la niña de nuevo pero Miguel se interpuso en su camino. – Tu madre quería que te quedaras conmigo.
- Mi madre era una drogadicta que pensó que tener a un hombre enfermo en su casa era más importante que cuidar a su propio hijo… - El asco que salía en la voz de Miguel era palpable. – Y tú… tú eres un idiota que se llevo lo único que me mantenía atado a esta casa de… - No supo porque pero se quedo callado antes de decir la siguiente palabra… no admitiría que se debía a la presencia de la menor.
Miguel se llevó a la niña hasta su habitación y la dejo sentada en la cama mientras el sacaba dos mochilas y comenzaba a guardar todas sus pertenencias, desde ropa hasta posesiones valiosas como uno de los collares viejos de su madre, miró la cama donde la niña estaba acurrucada y a su lado el lobo negro que había subido esa mañana desde el sótano, justo después de darse cuenta que tanto Benjamín como Sofía habían desaparecido. Tomó el lobo con violencia y la pequeña niña se encogió con temor.
- Escucha, - Comenzó viendo a la pequeña a los ojos. – vamos a irnos de aquí, te devolveré a tu familia si prometes no decir nada, pero si lo haces y Benjamín se entera, y lo hará, créeme, tu estarás en problemas y yo no podré salvarte está vez… ¿Entiendes? – La niña asintió ferozmente y señalo el lobo con miedo. – Era de una niña que conocí… Hizo enojar a Benjamín, por eso nos estamos marchando… Ella ya no está aquí. – Y tal vez Miguel sabía que Sofía aún estaba viva pero la niña frente a él tragó con dificultad y asintió en silencio.
El hombre más joven dejó la casa con la niña pegada a su lado, escondiéndose del hombre mayor que la había sacado del parque. La subió a una vieja camioneta color verde y comenzó a alejarse por la carretera de polvo que iba hacía el pueblo. No estaba muy segura de lo que había escuchado en la casa; pero, le parecía que el hombre joven, durante el camino, había mencionado algo de una casa donde Sofía estaría, ella no sabía quién era Sofía y no le importaba, ella solo quería irse a casa.
