Desde el día en que Sofía había despertado, el personal del hospital permitía que los Valderrama se sentaran en las sillas frente a la habitación de su hija, pero no dejaban que entraran ni hablaran con ella. Lo más que habían logrado era escucharla hablar sobre caricaturas con las enfermeras, o escuchar a los doctores hablar y discutir el avance del caso médico, claro, usaban palabras que no tenían sentido ni para el abogado ni para la escritora. También habían visto al doctor Daniel, que entraba en la habitación, cerraba las cortinas y pasaba una hora diaria con su hija. Luego salía, se acercaba a ellos y tenía la amabilidad de contestar todas las dudas que ellos tuvieran sobre el lenguaje medico utilizado, incluso cuando parecía incómodo y tenía los puños apretados como si resistiera las ganas de golpear algo.
Nunca los llamaban del hospital, su hija estaba estable, o eso decían las enfermeras cuando ellos preguntaban. Melissa, la enfermera a cargo del caso de su hija, solía contarles algunos de los avances que hacía la pequeña Sofía, y sonreía incluso con optimismo. Pero nunca nadie los llamaba. O por lo menos nadie lo había hecho hasta esa noche. La llamada había despertado a Isabel que se encontraba dormida en el comedor con una copa de vino enfrente.
Que fuera al hospital, primera hora de la mañana, y por favor llevara a su esposo, era necesario que ambos estuvieran ahí. El doctor Daniel los había llamado. Tenían que discutir el futuro de Sofía.
Como madre, Isabel nunca se había imaginado discutiendo el futuro de sus hijos con un extraño, lo haría con su amado esposo y sus hijos. Nadie más. Era cuestión de lo que sus bebés quisieran, necesitaran y planearan hacer, comparándolo con las posibilidades de que sus deseos se pudieran realizar. Ese futuro no había llegado nunca. Su hija había desaparecido muy joven, queriendo ser maestra. Y ahora, ahora que había regresado, ella tenía que hablar de su futuro con un desconocido. Y lo que era peor, el desconocido conocía a su hija mejor que ella.
Llamó a Ricardo y le contó lo que sucedía, la nueva esposa de este estaba en un viaje de trabajo, él estaba con su hija de siete años, una niña que se parecía a Sofía… menos en los ojos, los ojos de esa niña eran iguales a los de su madre. Pero él estaría ahí… Sofía seguía siendo su princesita.
Al entrar al hospital, Ricardo llevaba a la pequeña niña en brazos. Melissa fue quien los vio primero y con una sonrisa tranquilizadora, que seguramente había perfeccionado tras horas de verse en un espejo y miles de casos en los que tenía que dar malas noticias, los llevó a una sala especial, habían juguetes para que la pequeña Iris se entretuviera y sillas para que los adultos hablaran cómodamente. Finalmente el doctor había entrado.
- Lamento la tardanza, estaba hablando con Denise… - Oh claro, Isabel había visto en las noticias que la hermana del doctor estaba desaparecida, tenía ojeras y la voz apagada, no había sonrisa animada… ella conocía a la perfección como se sentía el doctor, por eso no mostró su apoyo, sabía que eso no servía de nada. – Lo que quería comunicarles es que el hospital está dispuesto a darle de alta a Sofía… - Isabel podría llevarse a su niña a casa… - Y me gustaría darles mi opinión médica al respecto. Sofía está, físicamente, mejorada, no sana, pero mejor. En cuanto a su salud mental… yo no le daría de alta todavía. Como bien saben tuvo un ataque anoche, hable con ella y logramos superarlo, pero aún no está bien.
- Usted ha dicho que ella ha estado mejorando.
- Si, y lo ha hecho, se lo prometo, pero no está lo suficientemente bien como para salir y enfrentarse al caos que encontrará fuera del hospital. – Daniel observo a los padres de Sofía intercambiar miradas preocupadas.
- ¿Qué aconseja usted, doctor? – Ricardo miró a Daniel, directo a los ojos, retándolo a que le contestase con algo que lo convenciera.
- Lo único que puedo decirles es que… sigo teniendo una habitación para Sofía en la casa de retiro, afuera del pueblo. Se las había comentado antes. – Ambos asintieron y Daniel siguió hablando. – El lugar - Colocó un folleto frente a ellos. – es bastante grande, tranquilo, con espacios abiertos, cuenta con servicio médico las 24 horas, al igual que la seguridad. Su hija tendrá más libertades que en el hospital, podrá caminar por los jardines, ir a terapia e interactuar con personas de su edad o mayores sin ponerse en riesgo o al frente de miles de cámaras que la acosaran. – Daniel se sentía vomitar solo de pensar en cómo vendía la idea de su centro de recuperación… pero a veces era necesario, necesario para que las personas como los Valderrama se sintieran a gusto dejando que sus hijos con traumas severos fueran llevados a ese lugar.
- ¿Podremos visitarla? – Había sido un susurro, tan suave que Daniel casi no lo escuchó, pero viendo las mejillas sonrosadas de Isabel, no pudo evitar sonreír con tranquilidad.
- Una vez cada quince días al principio… más seguido después. – Fue entonces cuando la pequeña niña que estaba detrás de los padres de Sofía se acercó a su padre y sonrió mostrándole el dibujo que había hecho. Un lobo negro. – Podría… yo… Señor Valderrama… ¿Cuántos años tiene su hija?
