Daniel había permanecido callado durante las tres horas que habían pasado encerrados en el baño de la habitación de hospital de Sofía, ella se había sentado en la bañera abrazando sus rodillas y le había indicado que se sentara frente a ella. Ya no tenía la mirada perdida de una niña pequeña, parecía haber madurado y sus ojos parecían los de una mujer de su edad. Con el cabello cayéndole en cascada sobre los hombros y cubriéndola como una manta, levantó el rostro y comenzó a hablar.
- El día que me secuestraron estaba jugando en el parque que estaba en la esquina, muy cerca de mis padres, siempre había gente ahí, todos me conocían así que me cuidaban y mis padres confiaban en eso. A los muy idiotas seguramente no les importaba yo. – La amargura en su voz era palpable, Daniel la dejó seguir hablando. – Cuando iba de regreso a casa perdí el equilibrio y me caí, me lastimé la rodilla y me puse a llorar. Entonces apareció este maravilloso chico mayor, alto y con una sonrisa encantadora. – Sus ojos brillaron con emoción. – Me ayudó a ponerme de pie, llevaba una camisa de lobos. Era muy bonita. Me llevó a sentarme en la acera, pero entonces apareció el hombre mayor y me tomó en sus brazos y tapó mi boca con su mano grasienta. – Daniel abrió los ojos sorprendido, después del brillo de felicidad en los ojos había aparecido un odio intenso. – Me metieron en una camioneta donde el hombre asqueroso me amarró las manos y los pies y me colocó un trapo en la boca. Estaba tan asustada, quería gritar, quería llorar, pero no podía… simplemente no podía.
Llegamos a la casa verde y entonces… entonces él me tomó y me llevó a una habitación oscura y comenzó a tocarme y a desnudarme y a decirme que me quedará quieta… - Daniel quería preguntar quién había sido… pero ella se veía tan concentrada en contar su historia que el miedo se apoderó de él… ¿Y si al preguntarle hacía que se detuviera? – Dolía, dolía tanto que mi voz desapareció y mis gritos no sonaban y mis lágrimas no caían y él era… era tan grande. Entonces se detuvo y mandó a… mandó al chico. – No iba a decir sus nombres, no lo haría porque ella lo amaba. – Me limpió, me cuidó y luego… luego me amó. Me dijo que eso era lo que me estaba haciendo, amarme. Marcándome como suya y asegurándose que todo el mundo entendiera que solo le pertenecería a él y a nadie más.
Desde ese día las cosas se volvieron una rutina, él bajaba y me daba de comer, me cuidaba, me ama casi que a diario… Pero también se volvió una realidad que el hombre grande me lastimaba, me golpeaba y tenía… esta… esta soga con la que le gustaba pegarme en la espalda por ser irrespetuosa, por pedir más comida, por negarme a lo que él quería.
Luego llegaron los demás. Era divertido cuando los llevaban y yo me encargaba de curarlos y tratarlos bien, de evitar que sangraran o de bañarlos cuando estaban demasiado sucios y lastimados como para bañarse ellos solos. Pero tarde o temprano se iban, se iban y no volvían. Cuando pregunté que les pasaba me golpearon con cadenas en la espalda. Fue también, cuando decidieron amarrarme al suelo de piedra. Ese lugar era un escape para muchos de los otros, ahí habían peluches, de lobos más que nada, y pinturas y cosas para dibujar.
Dibujaban a sus familias, los ilusos pensaban que iban a ir por ellos, no habían aprendido, como yo, que en realidad ahí nos estaban salvando, salvando de esos ingratos que no nos cuidan. De esos que dicen amarnos y que solo nos odian y fingen que les importamos. Eso son los padres, unos mentirosos. La enfermera me dijo que mis padres estaban muy contentos de que estuviera de vuelta, son puras mentiras, ellos estaban mejor sin mi… no tenían que actuar como si yo les importase… a los papás, los hijos, no les importamos.
Por eso él se encargó de los míos, no quería que yo fingiera que me importaban y que los quería… ¿sabes? Creo que el instinto de fingir que te importan viene al momento del embarazo… porque si lloré, cuando me los arrebató, pero me mostró que era lo mejor… tanto para él como para mí y para ellos, mejor que yo no tuviera que fingir.
En ese momento ambos se quedaron en silencio, sin verse a los ojos, Daniel se sentía vomitar y llorar al mismo tiempo y no pudo evitar pensar en la posibilidad de que su hermana menor estuviera en manos de ese par de enfermos. Aun que, ahora, sabía algo importante sobre ellos. Uno tenía que ser el alfa y el otro lo único que estaba haciendo era obedecer. Vivían en una casa verde. Y Manejaban algo parecido a una camioneta, de lo contrario no habrían podido llevarla tan escondida. Y el descubrimiento más perturbador del día… Había otros niños que habían sido atrapados.
- Dices que habían otros. – Ella levantó la mirada ante la voz del hombre que estaba frente a ella. - ¿Cuántos eran?
- ¿Cuántos? No lo sé… - Lo miró curiosa. – Pero ninguno de ellos volvió… los últimos que recuerdo eran cuatro niños y una niña menor que yo. – Daniel asintió con los ojos clavados en el espacio que los separaba.- ¿Recuerdas que me dijiste que podría irme a una casa lejos de aquí? – Daniel asintió. – Creo que estoy lista para irme.
Las Lágrimas comenzaron a salir de sus ojos y se abrazó más las piernas, volvía a ser la niña pequeña, sin dejar de ser la adulta que podía hablar de lo que había sucedido. Asintió unos momentos después y repetía una y otra vez que estaba lista. Daniel la miraba, quería acercarse y abrazarla y prometerle que nadie volvería a hacerle nada… pero, al mismo tiempo, su cerebro trabajaba a mil por hora tratando de crear un perfil adecuado que pudiera ayudar a su hermana.
- Esos hombres… - Ella lo miró curiosa, limpiándose las mejillas con el dorso de la mano. – tienen a mi hermana. Se la llevaron. Quiero que mi hermana regresé conmigo. Dime sus nombres.
Ella guardó silencio unos minutos, mirándolo directamente a los ojos, Daniel jamás se había sentido tan desesperado como en ese preciso instante y la mujer que tenía frente a sus ojos parecía haberse perdido en sus pensamientos y olvidado de que él estaba ahí… esperando una respuesta.
- No.
