7. Noticias amargas.

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Damian.

Los días pasan y en e bar todo va sobre ruedas. Cada noche, la aglomeración de hombres en el horario en el que bailaba la Gitana Misteriosa era tal que hasta pensé en agradandar el frente del escenario.

Todos los hombres que pasaban por aquí, bebían hasta quedar inconscientes;  pero misteriosamente el efecto del alcohol terminaba a las 23:30 cuando las cortinas del escenario se abrían y una mujer de hermoso cuerpo y sensual andar aparecía. Mi madre estaba de lo más encantada con Samara; cada domingo del corriente mes, ella insistía en llamarla para que almorzáramos todos juntos como solíamos hacer cuando yo era un niño y mi padre aun vivía. 

Samara se adaptaba muy bien a cualquier ámbito. Si bien hay algunas cosas que no se le fueron enseñadas en su cultura, como escribir por ejemplo; (cosa que estábamos solucionando con dos horas diarias de clases). Samara era una mujer brillante y multiusos, se daba maña para hacer todo tipo de trabajo y no le molestaba para nada quedarse hasta tarde colaborando en el bar, con el único requisito de guardar su identidad.

Al principio su pedido me sorprendió, creí que en mi local estaba albergando a una criminal u asesina; pero recordé que en este pueblo todos los hombres locales y viajeros asisten y no es de buena reputación para ella. El único que sabia quien era realmente era mi amigo Sean; el y Samara habían hecho buenas migas, siempre se los veía hablar muy a gusto de todo tipo de cosas. Ella lo encandilaba con la magia  misticismo de su pueblo, y el la atraía con historias de sus viajes al rededor del mundo.

Pero también debía dejarle en claro que ella era mi empleada estrella y no estaba disponible para amoríos que nos dejarían sin espectáculo. 

A diario se acercaban los hombres a la barra para hablar conmigo para pedirme una noche con la Gitana Misteriosa que volvía loco a todo el bar; las cifras que ofrecían los viajeros eran exorbitantes, pero no podía exponer a ese tipo de humillación a la joven tan bella que ahora lavaba las copas junto a mi madre.

Las miraba a ambas mujeres, reían y hablaban mientras acomodaban la vajilla del bar. Mi madre era de esas mujeres que se llevaban mal con el 70% del mundo, era una viuda de temprana edad que jamas volvió a hacer pareja, crió un hijo sola y se hizo cargo del negocio familia. Cuando una persona le caía en gracia, es porque esta persona era especial en algún sentido, y así sucede con Samara. Ambas se llevaban de maravilla, solo tenia que verlas reír para sentir esa felicidad que emanaban ambas mujeres, bellas y fuertes las dos.

Samara es bella y fuerte.

 — ¿Que pasa hijo?—Me preguntó mi madre llamando mi atención, estaba tan absorto mirándolas que no me di cuenta cuando ella estaba dejando su atención en mi, Samara me miró y rió.

 — El siempre esta así. —Dijo Samara guardando las copas en la repisa superior—Damian esta enamorado. 

 — Que de pavadas...—Dije cortando el tema y haciendo que ambas rieran aun más. — Cuéntanos algo tuyo Samara. Algo de tu pueblo.

Mi comentario la tomó por sorpresa y dejó el trapo con el que secaba a un lado; su mirada se puso más alegre como si recordar su tierra le hiciera feliz. Mi madre se sentó en un banco y la miro atentamente.

 — En mi pueblo las cosas son muy distintas. Las mujeres tenemos un rol muy bajo y casi inexistente, solo debían ser madre, cocineras, bailarinas y tarotistas.—Dijo ella con una sonrisa.

 — ¿Saben leer las cartas? — Preguntó mi madre emocionada como si fuese una niña, a mi también me parecía algo fascinante.

 — Todas las mujeres gitanas tienen una baraja de tarot, algunas desarrollan ese don y otras no.—Explico pacientemente — Yo por ejemplo sé leer las cartas y hasta las palmas de las manos.

JacharíDonde viven las historias. Descúbrelo ahora