Celda

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La mansión seguía siendo un caos de los profesionales conforme las horas se consumían y no encontraban pistas sobre el paradero de Punzie, ni información sobre el culpable. El pesimismo arañaba las puertas de todas las habitaciones, causando caras largas y exhaustas por la falta de sueño. Heather, Toothless y Tormenta despertaron en medio de la noche. Fue un alivio verlos conscientes. Sobre todo porque, como si las desgracias no hubieran sido suficientes, Sandman no respondía al tratamiento del mismo modo, como si estuviese confinado en un sueño eterno del cual no podía despertar. Los médicos aconsejaron, aun en contra de la voluntad y miedo de Norte, que se pasara el cuerpo del hombrecillo a un hospital privado. Su prolongado "sueño" no era común, y a todos comenzaba a inundarles un pensamiento pesimista pero acertado: estaba en coma.

No fue sino hasta el amanecer del segundo día en que medianamente, todo estaba en claro:

Patapez, Brutacio, Brutilda, Patán y Eret dieron cuantos detalles le fueron pedidos. Repitieron la misma loca historia una y otra vez, aun y cuando los policías comenzaban a desestimar la cordura de todos ellos. Según el loco relato, un material negro de repente inundó el área bajo la escotilla, abriendo las jaulas y liberando a los sicarios, que temerosos no hicieron nada por escapar. Quién los noqueó y dejó atados fue nada menos que Dagur, y otro hombre que entre la oscuridad de la noche, apenas podía ser identificado.

" Fue él" había denunciado Patapez, casi tembloroso.

"No empieces con tus leyendas urbanas. Él no existe" lo había callado Patán.

"Estoy seguro de que fue el Coco."

Heather, que había permanecido en silencio, no fue capaz de decir nada hasta entrada la madrugada. Y su testimonio no fue muy revelador. En pocas palabras, había mencionado que en su búsqueda de las mascotas de Hiccup y Astrid, alguien la había atacado por detrás, dejándola inconsciente. Nadie cuestionó su relato, aun cuando el líder de los Haddocks puso mala cara al escuchar el desinterés con el que relataba la historia.

Aun no había pistas de Punzie, y Mérida no podía pegar un ojo. No dejaba de caminar de un lado a otro, maldiciendo a su suerte que todos los jefes de las familias la tuvieran en la mira. Porque sí, todos ellos habían mandado a pausar todas sus actividades luego del incidente. Sus padres, Norte y los Overland, Valka y Bocón y los padres de Rapunzel no habían hecho más que pasarse las horas encerrados en la biblioteca.

Todo era extraño. Todo estaba mal. Y ella no tenía a quién aferrarse. O al menos, eso creía. Luego de recordar una y otra vez las escenas, se dio cuenta de que faltaba su inseparable mascota. Su mente ya no podía soportar las incesantes preguntas que se formaban en su mente, así que decidió buscar al pequeño animal con apuro.

Suerte fue la que tuvo cuando Elsa, Jack  y Anna ( quién se había sumado en medio del caos) se sumaron a su búsqueda.

-¿Estas segura de que no se lo llevó?- preguntó Jack, mirando por quinta vez debajo de los muebles.

-Segura.- afirmó ella, metros más alejada, revisando dentro de un jarrón.

-Quizás salió al patio a despejarse.- razonó Anna.- A jugar.- se corrigió.

-...No creo que esté de ánimos.- habló Elsa, mientras subía las escaleras. Agradecía a la Luna por haberse podido cambiar los molestos tacos y vestido por una ropa más informal, así como el resto había hecho luego de pasada la locura.

-Tenemos que encontrarlo. Pobrecito.- apresuró Mérida. No quería admitir que en realidad, lo quería más que nada para aferrarse a un fragmento de su querida amiga.

-Lo haremos.- la calmó Jack, posando una mano en su hombro. Mérida lo miró, sonriéndole más tranquila. Elsa los observó detenidamente, parando su andar.

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