capitulo 5 no podras correr- corigiendo

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Al escucharlo, sin pensarlo lo empujé con fuerza y salí corriendo. Bajé las escaleras con el corazón a mil, pero al llegar a la puerta de salida me encontré con cuatro hombres bloqueando el paso. Suspiro hondo, el pánico empezó a apoderarse de mí.

—Carajo, ¿ahora por dónde salgo de esta mierda? —murmuré, mirando alrededor frenéticamente.

Vi cómo unas chicas del servicio se dirigían hacia la parte trasera de la mansión. Una chispa de esperanza apareció en mí.

—Claro, tan ridícula como soy, seguro hay otra salida —me dije con un dejo de sarcasmo, y las seguí apresuradamente.

Salí por la parte trasera con rapidez, pero antes de que pudiera respirar tranquila, sentí un agarre firme y frío en mi brazo: era él.

—Eres realmente mala escapando —musitó con desprecio—. ¿Tienes cerebro o solo actúas por instinto? —me jaló con brusquedad, acercándome para susurrarme al oído—. Princesa, aquí hay cámaras por todas partes. ¿De verdad creíste que ibas a salir corriendo en mi mansión llena de los mejores asesinos? Niñita, eres estúpida.

Con furia me solté, mirando a todos lados, la desesperación me carcomía el alma.

—¡Déjame salir! —grité, sintiendo la garganta arder.

Corrí hacia una puerta lateral, esperando que fuera la salvación, pero estaba cerrada con llave. En un arrebato de miedo y rabia, la pateé con todas mis fuerzas.

—¡Quiero salir de aquí! ¿No entiendes? —exclamé, sin importarles quién era—. No me importa que seas un chino asqueroso.

Me giré, pero él estaba ahí, rápido y fuerte, tomó mi cuello con ambas manos y me presionó contra la puerta. Su mirada, más oscura y fría que antes, me paralizó el alma.

—Te enseñaré a cuidar esa hermosa boca —dijo con voz baja y amenazante.

Fruncí el ceño, sintiendo cómo me faltaba el aire.

—Te dije que cuidaras tus palabras. No quiero que me veas molesto, sería muy malo para ti —susurró con desprecio—. Y por cierto, no soy chino, mujer ignorante.

El agarre apretaba cada vez más, mis pulmones clamaban por aire. Entre jadeos, susurré:

—Suéltame, no puedo respirar.

Mis fuerzas flaquearon. Mis lágrimas brotaron sin control mientras luchaba por liberarme.

—Por favor... —rogaba con la voz rota.

Entonces, por fin, me soltó. Caí al suelo, pasando las manos temblorosas por mi cuello dolorido, mientras gritaba:

—¡Eres un animal!

Él se incorporó lentamente, con una calma aterradora.

—Será mejor que no me hables así —respondió acariciándose el cabello—. No quiero lastimarte, pero tienes que entender quién manda aquí. Tú no eres nada.

Golpeó su propia cabeza con frustración.

—Usa tu cerebro, niñita estúpida —me dijo, mirándome fijamente. Pude ver los moretones y marcas en mi cuello, tan visibles sobre mi piel blanca.

—Por tu culpa he dañado mi propia mercancía. Ahora me perteneces. Te quiero a ti, felicidades, ganaste —sacó de su bolsillo una fotografía de mis padres—. Mira, princesa, tus papás estarán felices de nuestra boda. Creo que me debes un gracias por mantenerlos con vida. Aunque tengo el poder de matarlos si te escapas o haces algo prohibido.

Cada palabra era un puñal clavado en mi pecho. Dolía, pero en medio de esa tormenta, una pequeña luz me confortaba: mis padres seguían vivos.

Bajé la mirada y noté que llevaba un revólver en la cintura. Quizás esa era mi oportunidad.

Vendida a un mafiosoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora