Han pasado dos horas. El camino se vuelve cada vez más oscuro, la negrura parece tragarse todo a nuestro alrededor. El silencio en la limusina pesa sobre mis oídos, como una losa que aplasta cualquier sonido. Cierro los ojos y dejo que las lágrimas broten sin pedir permiso. Quisiera llorar con libertad, pero me siento atrapada en un cuerpo ajeno, incapaz de moverme, de defenderme, de salvarme a mí misma. Mi pecho arde con un dolor silencioso, una mezcla de miedo e impotencia que me consume por dentro. ¿Y si todo fuera diferente? ¿Y si hubiera tomado otro camino?
La limusina se detiene con un chirrido que me hace sobresaltar. Dos hombres duros y sombríos abren la puerta y me agarran bruscamente de las muñecas. El frío de sus manos es un golpe más a mi desesperación.
—Señor Whau, por seguridad debemos vendarle los ojos a la señorita —ordena uno con voz seca y autoritaria.
—Ella no representa amenaza alguna. Podemos saltarnos ese protocolo, no quiero que se sienta incómoda —responde el mayordomo, tratando de mantener la calma.
—¡SEÑOR WHAU! ¡ES UNA ORDEN DEL SEÑOR ZHAO! —el grito retumba dentro de la limusina como un disparo.
Aprieto mis dientes hasta que siento que me duelen las mandíbulas, y empuño las manos con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos.
—Escuchen bien, señores —digo con la voz firme, temblando por dentro—. Estoy casada. No voy a permitir que nadie pase sobre mí ni que me toque. Y tú —miro al señor Whau—, que has estado observándome todo el viaje, eres un imbécil si crees que soy una amenaza. ¡Estoy harta de esta basura! Y dile a ese viejo asqueroso que lo detesto, que Zhao no es más que un miserable.
El silencio se rompe con un grito furioso:
—¿QUIÉN CREES QUE ERES PARA FALTARLE EL RESPETO AL GRAN SEÑOR ZHAO?
Saco un suspiro profundo, y siento que mi corazón late con fuerza en mi garganta. Apunto a ellos con la mirada, sin apartar los ojos. De repente, el mayordomo pasa una mano por mi brazo con suavidad y dice con voz firme:
—¡Bajen las armas! Ella no es una amenaza. Es la protegida del señor Zhao, solo una chica joven. Por favor, sigamos. Pero recuerden: no hablen con ella, no la miren directamente. Quizás sea la futura esposa del señor Mathew. Señorita, le pido que guarde silencio. Pronto llegaremos.
Asiento sin ganas, y vuelvo a mirar hacia adelante. El camino rural delante de mí parece un sendero al abismo. Si dependiera de ellos, me dejarían morir aquí, tirada y olvidada. Solo este anciano me protege, y eso me da un hilo de esperanza.
Una hora más tarde.
Respiro hondo. La oscuridad ya es absoluta, y mis ojos no distinguen nada, hasta que de pronto aparecen luces que me hacen entrever la entrada de una mansión enorme. Conforme la limusina avanza, miles de hombres armados emergen de las sombras, cada uno con mirada fría y perros que ladran agresivos, llenando el aire con el sonido inquietante de sus fauces y gruñidos.
La limusina desacelera hasta detenerse. Dos hombres abren la puerta y el mayordomo me da una tarjeta sin mediar palabra.
—Señorita, ellos la llevarán ante el señor Mathew Jungs. Evite problemas. Si sucede algo, muestre esta tarjeta.
Siento el papel frío en mi mano, y dejo que me guíen. Al entrar, el lujo me abruma: paredes cubiertas de arte caro, muebles de madera oscura pulida, cortinas pesadas que amortiguan el ruido. Un hombre con voz seca me da órdenes:
—Suba las escaleras, a la derecha. Ahí la espera el señor Jungs.
Resoplo con fastidio.
—Así que ahí está ese idiota —murmuro para mí.
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Vendida a un mafioso
De TodoEsta historia se trata de una chica que fue vendida antes de nacer. por un contrato de conveniencia que sus padres hicieron, para ese tiempo la familia pasaba por problemas financieros estando en peligro la vida de la mama de la esposa, y su...
