Esa noche, después de que las luces de la casa se apagaron, me senté en el borde de la cama, con la mirada fija en la ventana entreabierta. El aire nocturno era húmedo, espeso, pero se sentía como libertad. En el silencio, podía escuchar mi corazón latir con violencia. No podía dormir. No después de todo.
Nana entró en mi cuarto en silencio, con los ojos enrojecidos de tanto llorar.
—No podemos seguir así —le dije, sin siquiera mirarla—. Mañana será mi funeral, no mi boda.
Ella se acercó, sentándose a mi lado con un suspiro.
—Yo también lo sé, mi niña... —murmuró—. No voy a dejar que te atrapen otra vez. Nos vamos esta noche. Solo necesito que seas fuerte. Muy fuerte.
Nos miramos y entendimos sin palabras que era ahora o nunca. Me cambié de ropa en silencio, con manos temblorosas. Nana metió algo de dinero en su bolso y un cuchillo pequeño, temblando al guardarlo, por si acaso. No teníamos nada más. Solo un par de documentos falsos que un viejo amigo suyo nos había dado hacía meses, "por si llegaba el momento".
Ese momento había llegado.
Salimos por la puerta trasera, entre sombras, evitando los pasillos donde sabíamos que estarían los hombres de Mathew. Cruzamos el jardín en silencio, entre arbustos y sombras, hasta la calle de atrás. Mis piernas temblaban, pero seguía caminando. A cada paso, mi esperanza crecía.
—Rápido, el taxi nos espera a dos cuadras —susurró Nana.
Corrimos. Sentía el pecho arder de emoción. "Estamos a punto de lograrlo", pensé. "Voy a recuperar mi vida".
Pero justo cuando giramos en la esquina...
Luces.
Un motor encendido.
Y luego, una voz familiar que heló mi sangre.
—¿De verdad pensaste que podrías escapar de mí, Mery?
La camioneta negra se detuvo en seco frente a nosotras. Tres hombres salieron, todos vestidos de negro. Uno de ellos sujetó a Nana del brazo con fuerza, haciendo que gritara.
—¡No! ¡Déjenla! ¡Déjenla en paz! —grité desesperada, intentando tirarme sobre ellos.
Pero otro me sujetó por la cintura, impidiéndome moverme. Pataleé, mordí, grité, pero no importó. Me arrastraron como si no pesara nada.
—¡Nana! —alcancé a gritar con la voz quebrada— ¡¡Perdón!! ¡¡Lo siento!!
—¡Mery! ¡No! ¡No te la lleven! —chilló ella mientras la empujaban hacia otro lado.
Me metieron a empujones dentro de la camioneta. Cerraron la puerta de golpe, y las ventanas oscuras me separaron de la poca libertad que había probado.
El camino de regreso se sintió eterno. El silencio en el auto era sepulcral, solo interrumpido por mis sollozos ahogados y el zumbido del motor. Las luces de la ciudad pasaban como cuchillas, cortándome cada vez que me recordaban que no había salida.
Cuando llegamos a la casa, Mathew ya estaba esperándome en la puerta, de pie, como si lo hubiera sabido todo desde el principio.
—¿Dónde está Nana? —pregunté apenas bajé, con la voz hecha polvo.
Él sonrió con una calma escalofriante.
—A salvo... por ahora. Dependerá de ti que siga así.
No dije nada. Lo miré con tanto odio que me ardieron los ojos. Me dio una bofetada con su mirada, no con la mano. Esa superioridad suya, ese saber que podía romperme cada vez que quisiera, era peor que un golpe.
—Espero que ya hayas entendido, Mery —murmuró—. Nadie escapa de mí. Nadie.
Y me tomó del brazo con fuerza, arrastrándome de nuevo al interior de la casa que ahora parecía una prisión más fría que la muerte.
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Vendida a un mafioso
RandomEsta historia se trata de una chica que fue vendida antes de nacer. por un contrato de conveniencia que sus padres hicieron, para ese tiempo la familia pasaba por problemas financieros estando en peligro la vida de la mama de la esposa, y su...
