Sentí la presión en mi cuello antes de que mi cuerpo reaccionara. Sus dedos se cerraron con una fuerza escalofriante, como garras de acero que apretaban mi piel y me robaban el aire. La sensación de asfixia fue inmediata, el pánico se disparó en mi pecho y la rabia estalló como un volcán.
Con todas mis fuerzas lo empujé, deseando romper el agarre que me sofocaba, deseando liberarme de esa opresión que sentía no solo física, sino en cada fibra de mi ser.
—¡MIRA MALDITO ENFERMO! —grité, mi voz rota y cargada de odio—. ¡Si tocas un solo cabello de mi nana o de mi madre, te juro que te mato! ¡No dudaré ni un segundo!
El aire regresó a mis pulmones como un salvavidas, y sin perder tiempo corrí hacia la camioneta donde las tenían cautivas. Mi vestido blanco, que debería haber sido un símbolo de felicidad, me asfixiaba con su peso y frío. Las lágrimas brotaban de mis ojos, calientes y amargas, cada paso era un esfuerzo que me quemaba el alma.
Cuando llegué, el terror me paralizó por un segundo. Nana y mi madre estaban amarradas, con bolsas gruesas cubriéndoles la cabeza, sus figuras temblorosas y silenciosas. Sentí un nudo en el estómago, un dolor profundo, un golpe que me dejó sin aliento.
—¿Mamá? —mi voz se quebró, casi un susurro, con miedo y esperanza.
Pero antes de poder acercarme, unas manos duras y ásperas me empujaron hacia atrás, alejándome sin compasión.
—Señorita, por favor —dijo uno de los hombres con voz grave, una amenaza contenida en cada palabra—. No puede acercarse. Si lo hace, nos veremos obligados a actuar. No queremos hacerles daño, por favor, no lo haga.
Mi corazón se rompió en mil pedazos, mientras las lágrimas caían sin control. Levanté la vista, y allí estaba él, Mathew, con esa mirada fría y cruel que me hacía temblar hasta los huesos.
Sus labios se curvaron en una sonrisa venenosa, un veneno dulce que me atravesó el alma.
—Está bien —dije con la voz temblorosa, derrotada—. Seré tuya. Pero deja en paz a mi familia.
Se acercó a mí lentamente, como si jugara con mi desesperación, con sus ojos brillando de poder y arrogancia.
Sus dedos rozaron mis labios con una caricia que no era ternura, sino una amenaza letal.
—No te confundas, Mery —susurró, sus palabras afiladas como cuchillas—. Esto no es amor. Esto es un protocolo. Mi familia exige que cumplas tu papel. Nunca me has pertenecido realmente. No soy el hombre que te ama.
Esas palabras me golpearon con la fuerza de un huracán, me dejaron sin aliento, sin fuerzas.
—Eres solo una pieza en su juego —continuó, con voz helada—. Yo soy el verdugo encargado de asegurarme que obedezcas. El amor no existe aquí. Solo deberes, cadenas, y control.
El aliento cálido que rozó mi piel fue como fuego que quemaba mi esperanza.
—No perdamos más tiempo —dijo, soltándome con desprecio—. Te espero en la iglesia. Nunca podrás escapar de mí, Mery.
Dos horas después, la ceremonia fue un espectáculo cruel y vacío. Las palabras que pronunciaban eran ecos huecos que resonaban dentro de mí, mientras sentía mi alma romperse con cada "sí, acepto".
El vestido que llevaba no era más que un sudario blanco, apretándome el pecho, recordándome que mi vida ya no me pertenecía.
Mathew me besó con la frialdad de un invierno sin fin, y en ese instante supe que mi mundo se había convertido en una prisión sin salida.
Cinco horas más tarde, en la fiesta que organizó para celebrar, aproveché que él se perdió entre sus invitados para escapar, aunque fuera solo un momento.
Salí al jardín, buscando desesperadamente un poco de aire, un instante de paz. Me senté en una banca helada, abrazándome a mí misma para detener el temblor que recorría mi cuerpo.
—No sé si debería estar triste o enfadada —susurré, dejando que las lágrimas rodaran libres por mis mejillas—. Por primera vez vi a mamá, vi a nana... pero estoy casada con un hombre que no siente nada por mí.
El anillo en mi dedo brillaba cruelmente bajo la luz mortecina de la luna, un símbolo de mi encierro y derrota.
Mi vida se había convertido en un juego de apariencias, en un destino sellado por otros, sin amor, sin esperanza.
Pero en el fondo de mi pecho, una llama diminuta seguía ardiendo.
Una promesa silenciosa y rebelde: algún día, de alguna forma, escaparé.
a camioneta estaba estacionada frente a la mansión, bajo la penumbra de la noche que se cerraba como un manto pesado y oscuro. Nana y mi madre estaban allí, inmóviles, con sus cabezas cubiertas por esas bolsas gruesas que impedían que vieran, que respiraran con libertad. Sentí cómo mi pecho se comprimía, un dolor brutal y punzante, como si me arrancaran el alma con las manos.
—¡Mamá! —llamé, tratando de acercarme, pero las manos firmes de los hombres me empujaron hacia atrás, violentamente, como si fuera un obstáculo más que debía apartarse.
—Señorita, por favor —dijo uno, con voz áspera, llena de amenaza contenida—. No se acerque más, o no nos hacemos responsables de lo que pueda pasar.
Los ojos se me llenaron de lágrimas que ardían como fuego, y entonces sentí la presencia de él.
Mathew apareció entre las sombras, con esa sonrisa helada que parecía arrancada de una pesadilla. Su mirada era calculadora, fría, y en ella no había ni un ápice de amor.
—Muy bien, Mery —dijo con voz baja, casi un susurro que parecía resonar en toda la noche—. Será mejor que entiendas tu lugar.
Se acercó lentamente, con una seguridad brutal, como un depredador que exhibe su presa.
—Escucha bien —continuó, pasando un dedo por mis labios, un gesto que no era de ternura, sino de posesión y amenaza—. Esto no es amor. Jamás te he amado. Ni siquiera te amo.
Sentí que mi cuerpo temblaba, no por miedo, sino por la rabia contenida.
—Eres solo un protocolo —dijo, clavando sus ojos en los míos—. Un requisito ancestral que mi familia exige. Un ritual que debemos cumplir para preservar el poder y la sangre.
Un silencio pesado cayó sobre nosotros, roto solo por la brisa nocturna que agitaba las hojas de los árboles.
—Mañana serás oficialmente mía —añadió, con una sonrisa cruel—. Pero nunca serás mi esposa en el corazón.
En ese momento, la puerta principal se abrió y apareció una figura imponente y autoritaria. El abuelo de Mathew, un hombre anciano, pero de presencia indiscutible, se acercó al grupo con pasos firmes y mirada penetrante.
—Has hecho bien, Mathew —dijo con voz grave y resonante—. Esta unión es necesaria para la familia. No debe haber lugar para sentimentalismos.
Mathew inclinó ligeramente la cabeza en señal de respeto.
—Así es, abuelo —respondió—. Ella es solo parte del protocolo. No hay amor, ni habrá. Pero la tradición debe cumplirse, sin excepciones.
El anciano suspiró, pero sus ojos mostraban orgullo.
—Has demostrado que eres el heredero que nuestra familia necesita. Que no te detendrás ante nada por mantener el legado.
Me sentí diminuta, una marioneta atrapada en un juego cruel, mientras ellos intercambiaban palabras que me condenaban.
Intenté reunir fuerzas para hablar, pero mi voz estaba atrapada en la garganta.
—Deja a mi familia en paz —logré decir finalmente, con la voz rota pero firme.
Mathew me miró con una mezcla de fastidio y diversión.
—No perdamos más tiempo —dijo, alejándose con paso firme—. Te espero mañana en la iglesia. Recuerda, Mery, nunca podrás escapar.
El abuelo volvió a mirar hacia mí, con esa expresión solemne, como un juez dictando sentencia.
La noche se cerró a nuestro alrededor, y yo sentí que mi mundo se desmoronaba, que estaba atrapada en una jaula de oro y cadenas invisibles.
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Vendida a un mafioso
AléatoireEsta historia se trata de una chica que fue vendida antes de nacer. por un contrato de conveniencia que sus padres hicieron, para ese tiempo la familia pasaba por problemas financieros estando en peligro la vida de la mama de la esposa, y su...
