no seas mal educada ( 6 )- sin corregir

34.7K 1.6K 133
                                        

 Sentí cómo mis manos comenzaban a temblar de manera incontrolable, y mis piernas amenazaban con ceder bajo mi peso, como si el suelo mismo se abriera bajo mí para devorarme. Pero dentro de mí, una chispa inquebrantable de valentía empezó a arder con fuerza, retando al miedo que amenazaba con paralizarme. No permitiría que nadie, ni siquiera él, me aplastara ni me robara mi dignidad. Respiré hondo, intentando calmar ese temblor que me recorría de pies a cabeza, y levanté la mirada con el corazón latiendo con fuerza como un tambor atronador en mi pecho, cada latido un golpe sordo en mis oídos.

—Mira, maldito enfermo —mi voz salió con firmeza, pero con la garganta estrangulada por el nudo que la rabia y el miedo me apretaban—. Si crees que soy una de esas chicas débiles que se dejan manipular por idiotas como tú, estás muy equivocado —solté un grito desgarrador, una mezcla de desafío y dolor que rebotó en las paredes, como un eco feroz—. ¡ASQUEROSO!

Antes de que pudiera retroceder un solo paso, sentí sus manos cerrarse con una fuerza insoportable alrededor de mis muñecas. Me arrastró hacia atrás con una violencia inesperada, y en un instante me encontré pegada contra la pared fría y áspera. El frío de la superficie calaba en mi piel, contrastando brutalmente con el calor opresivo de su cuerpo que me aplastaba, robándome el aire.

Su aliento, pesado y cálido, se coló en mi oído mientras susurraba con un tono oscuro, amenazante, tan frío que me erizó la piel.

—Solo intenta enamorarte de alguien más —dijo, apretando sus dedos contra mi piel con una presión que dolía, como si quisiera dejar su marca indeleble— y descubrirás lo que pasa.

Su voz vibraba con un peligro latente, un control absoluto que me oprimía el pecho hasta casi no poder respirar. Sentí su aliento rozar mi cuello, y luego, con un gesto posesivo que me revolvió el estómago y me llenó de repulsión, dejó un beso frío y sin vida. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral y un nudo se formó en mi garganta, estrangulándome.

—A las buenas o a las malas —murmuró, con voz ronca y profunda— dejarás ese comportamiento tan vulgar.

El miedo me invadió como una ola helada, irrumpiendo en cada fibra de mi ser. Mi respiración se volvió entrecortada, el sudor frío brotó en mi frente y mis nervios se tensaron como cuerdas a punto de romperse. Mordí con fuerza mi labio inferior, sabiendo que las lágrimas querían salir a borbotones, y reuní toda la valentía que me quedaba. Giré lentamente el rostro y lo miré fijamente, mis ojos encendidos en una llama de desafío.

—Tú no podrás conmigo —dije con una sonrisa amarga, que sonó casi como una carcajada amarga—. Puedo amar a quien yo quiera, y te aseguro que ese no serás tú, maldito.

Con un esfuerzo que sentí que quemaba mis músculos, me zafé de su agarre y lo empujé con todas mis fuerzas, con el corazón a punto de estallar en el pecho.

—¡NUNCA SERÉ TUYA, NUNCA!

El empujón lo tomó por sorpresa. Sus ojos se oscurecieron, transformándose en una máscara de ira y desprecio que me paralizó por un instante. Alzó la voz, y su grito me sacudió como un terremoto.

—¿¡ERES SORDA, IDIOTA!? —rugió, el eco de su furia llenando la habitación—. Arrodíllate y suplica perdón si no quieres que te mate —su dedo recorrió lentamente sus propios labios, en un gesto tan cruel como un cuchillo—. ¿Crees que esto es un juego?

Sentí el pánico apoderarse de mí, como si un puño invisible me estrangulara el pecho, dificultando cada respiración. El terror me embargó, una sombra fría y opresiva.

—No puedes hacer eso —logré balbucear, con la voz rota y la mirada clavada en la suya—. Si me matas, todos sabrán que fuiste tú.

Se rió, un sonido siniestro, frío y cruel, una burla helada que me erizó la piel.

—Realmente eres inocente —dijo, mezclando desprecio y diversión.

Lo miré fijamente, luchando por no derrumbarme, por no dejar que las lágrimas humillantes rodaran por mis mejillas. Intenté no mostrar el temblor en mi cuerpo ni el terror que me devoraba.

—Quiero morir —susurré con un hilo de voz, con el alma rota—, pero no puedo estar contigo. Me das asco.

Su furia explotó como una tormenta. Tiró con furia todo lo que había sobre la mesa, y el estruendo resonó como un trueno ensordecedor. Se acercó a mí, oscuro y amenazante, una sombra que parecía absorber la luz y la esperanza.

—Vas a ser mía, solo mía —sentenció, con voz helada y firme—. Y si no lo eres, prefiero que estés muerta antes que en manos de otro —sacó el revólver de la cintura y lo apuntó directamente a mi cabeza.

El frío del metal contra mi sien fue como si me sumergieran en un mar de hielo. Mi corazón se disparó, golpeando salvajemente contra mis costillas. El aire se volvió denso y pesado, la habitación se estrechó, y sentí que la vida se escapaba de mí en cada respiración cortada. Mis manos temblaban sin control y las lágrimas brotaron, calientes y amargas, recorriendo mis mejillas.

Lo miré a los ojos, esos ojos oscuros y aterradores que me atrapaban en un abismo sin salida, y con voz apenas audible, rota por el miedo y la rabia contenida, le dije:

—Hazlo, si quieres.

El silencio fue insoportable, como un vacío que absorbía todo. La tensión cortaba el aire con una fuerza casi física. Y entonces, con un movimiento lento y calculado, Mathew desvió el revólver hacia un lado y disparó. El estallido retumbó en mis oídos, vibrando en mi pecho como un trueno. La orden que siguió fue fría y despiadada:

—Lárgate de mi vista o el segundo balazo será para tu cabeza.

Sin pensarlo dos veces, el pánico me impulsó a correr con todas mis fuerzas. Mi corazón martillaba tan fuerte que sentía que iba a romperme el pecho. Bajaba las escaleras a toda prisa, mis pies tambaleándose, la mente nublada por el terror y la adrenalina.

De repente, perdí el equilibrio. Sentí cómo mi cuerpo se deslizaba, y el impacto contra el suelo frío fue brutal. Un dolor punzante y ardiente recorrió mi espalda, quemando como fuego vivo. Mi vista se nubló, la luz blanca comenzó a envolverlo todo, como una neblina cegadora que me absorbía.

Pero en medio de ese vacío y dolor, mi mente luchaba por no rendirse. Un torbellino de emociones giraba sin parar: miedo, rabia, desesperación, y en el centro, una llama pequeña pero constante de esperanza y resistencia.

Con un esfuerzo sobrehumano, abrí los ojos. Vi el techo borroso de la mansión, escuchando pasos apresurados que se acercaban. Una voz masculina, cargada de urgencia y preocupación, rompió el silencio:

—¡Mery! —llamó, como un faro en la oscuridad.

No era él. Era alguien distinto, alguien que no deseaba mi destrucción.

Intenté hablar, pero solo salió un susurro débil y tembloroso:

—No... déjenme ir...

Sentí manos firmes, pero cuidadosas, ayudándome a incorporarme lentamente. Supe entonces que, aunque estaba atrapada, no estaba completamente sola.

En medio de aquella oscuridad y tormento, una pequeña chispa de esperanza comenzó a brillar en mi pecho.

No iba a rendirme.

No aún.

Vendida a un mafiosoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora