CAPÍTULO 14.

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MAIKA.

Aprieto el gatillo y mi corazón se salta un latido.

¡Bam!

...

Nada.

Presiono más veces el gatillo, pero nada sucede.

Zack se lanza hacia mí y quita el arma de mí, pero yo me la quedo mirando con odio y luego miro hacia el hombre de pie a mi lado. Él parece aliviado y se encoje de hombros. ¿Esto es una maldita broma, Dios? ¡Él tenía la puta arma sin una maldita bala! ¿Qué clase de hombre es? ¿Un idiota con un pésimo sentido del humor? ¿Cómo juega con la vida de una chica secuestrada que quiere acabar con su vida limpiamente antes de sufrir más a manos de un psicópata como su jefe? Shawn, lo llamó Zack. Lo miro y lo fulmino con la mirada.

— A ti también te asesinaré cuando salga de esto —Le digo con desprecio, mientras Zack me agarra con fuerza de la cintura y me lanza sobre su hombro.

Dios, el dolor de mi cuerpo llega como una ola y me hace gritar de dolor. Zack le da una palmada a mi trasero y este quema, por lo que ya está sensible y a punto de desmoronarse por sus anteriores golpes. Él pasa de largo sobre los niños y mi mirada choca con la de la niña, que me da una sonrisa alentadora y me saluda con su mano. Levanto mi mano como ella, la saludo y le doy una sonrisa improvisada. Ya he olvidado cómo es que se sonríe correctamente.

Zack me carga por todo el camino de vuelta a la casa y veo que todo se aleja como si eso fuera todo. Ya no me queda nada. Estuve a esto de escapar y todo por culpa de ese hombre que no me ayudó por ser cómplice de Zack. Veo que los hombres se suben al auto, con los niños y conducen a una distancia prudencial de nosotros. ¿A qué le temen? ¿Que Zack simplemente decida arremeter contra ellos y los acabe a golpes? No... Él hace eso solo conmigo. Llegamos a la casa y subimos las escaleras, veo que me alejo totalmente de mi libertad y estamos de nuevo en la habitación. Zack me lanza con fuerza al suelo y las heridas escuecen dolorosamente. Él parece otro.

— ¡¿Qué demonios está mal contigo?! ¿Eh?—Farfulla a centímetros de mi cara— ¡Iba a dejarte descansar por todo el maldito día! ¡Te dejé usar mi maldita ropa! ¿Y tú huyes? ¿Cometes la estupidez de correr cuando obviamente no hay salida? ¿Es que no lo entiendes?—Me grita— ¡La única manera en la que puedes salir de aquí, es dentro de una bolsa negra para cadáveres! —Dice en un grito lleno de furia y arrebata la llave de mi mano. Se da la vuelta para cerrar la puerta con llave desde adentro y la vuelve a colgar en su cuello.

Me enfrenta y yo me arrastro por el suelo hacia atrás cuando me mira con un enojo feroz en sus ojos. Su mirada recorre mi cuerpo y se detiene en mis piernas, donde raspones y una herida abierta ha llenado mi pierna de sangre. Él me desestima y camina hacia mí.

— Vamos a empezar por lo que debí haber hecho desde el principio —Me dice y ya no soy su Mariposa— Vas a hablar o vas a terminar atada y amordazada de nuevo, con derecho a tener solo pan y agua como comida —Me dice y se arrodilla frente a mí. Él toma mi mandíbula con fuerza y acerca mi cara a la suya, llena de rasguños. — ¿En qué le ayudas a Chuck?—Pregunta y aprieta mi cuello hasta que no puedo respirar. Tengo que responderle.

— Prostitución y trata de blancas —Digo, sin estar orgullosa de ello.

— ¿Qué es lo que haces para él?—Pregunta.

— Recluto a chicas jóvenes para la trata de blancas y a otras para los diferentes clubes, como bailarinas o prostitutas —Digo, y su agarre en mi cuello se afloja un poco.

— ¿Cuántos clubes tiene Chuck a tu nombre?—Pregunta.

— Sólo el de Miami, que es el único club legal que tiene —Digo, con el ceño fruncido.

— ¿Y los demás?—Pregunta.

— Testaferros —Pronuncio y él asiente.

— Por supuesto —Él ríe sin humor y me mira— ¿En qué otros lugares tiene estos clubes?

Recito la lista de memoria.

— Japón, México, Argentina, Chile, Colombia y Canadá —Enumero.

— ¿Qué negocios turbios además de esos realiza él en estos lugares?—Me pregunta.

— Lavado de dinero, tráfico de armas, drogas, y asesinatos... Vandalismo en estado puro, ya sabes —Digo, porque sé que él también está metido en lo mismo.

— ¿Tienes pruebas de lo que me estás diciendo?—Me pregunta en un susurro y yo niego con la cabeza.

— No —Le digo.

— Bueno —Dice y hace una pausa— ¿Por qué lo ayudas?—Suelta y esa era la pregunta que estaba empeñada en evitar.

— No es tu asunto —Le digo con voz fría y desprovista de emoción.

— Bien —Dice y se pone de pie. Va a su clóset. Saca un trozo de tela y una cuerda gruesa. — Eso era todo lo que necesitaba de ti —Me dice— Ahora, vamos a esperar a que te mejores un poco y así poder empezar con la tortura de nuevo —Él se acerca con la cuerda y me arrincona contra la ventana a lado de la cama. Él corre las cortinas y toma mis manos para amarrarme al hierro forjado de la ventana. — Con lo que hiciste hoy, perdiste todos tus privilegios —Suelta. ¿Qué privilegios? ¿Ser golpeada hasta la extenuación?

Él se dirige al baño y trae un botiquín de primeros auxilios. Él limpia la herida abierta en mi rodilla y que se extiende hasta mi muslo y con paños embebidos en agua limpia la sangre. Me coloca una venda limpia y se pone de pie. Él guarda todo y vuelve, solo para colocarme la tela en la boca como una mordaza.

— No comerás nada hoy —Dice y se va. Dejando la puerta con llave.

Diosss...

¿Cómo voy a sobrevivir al día sin comer? Bueno, tal vez es porque ya obtuvo la información que quería de mí y ahora empieza el verdadero tormento... Cuando pierdo mi vida lenta y dolorosamente hasta que ya no exista más. Cierro mis ojos y me desplomo a llorar silenciosamente de impotencia sobre mis ataduras. Estoy incómoda en esta posición.

Todo el cuerpo me duele y ahora el picor de la herida en mi rodilla es insoportable. El sufrimiento es lo que me mantiene despierta por las primeras tres horas después de que Zack se fue, pero luego empiezo a dormitar. Entonces, entre la conciencia y la inconsciencia, me doy cuenta que el tiempo pasa rápidamente, y yo sigo igual. Zack no ha venido y ha mantenido su promesa. Tengo un hambre terrible y casi tengo las ganas de comerme la mordaza a causa del hambre. Abro mis ojos y veo que hay una leve oscuridad en la habitación. Debe ser tarde, si no es de noche ya.

Intento estirar mis piernas, pero duele tanto, que desisto de inmediato. Dios. Más lágrimas se derraman por mis mejillas. No quiero sufrir más. Examino la habitación y maldigo al ver los trozos de vidrio tan lejos de mí. ¿Por qué todo me sale mal? Dios mío, ni pude escapar tampoco. De repente, mi corazón se salta un latido cuando oigo la llave girar en la cerradura. Me acerco más a la ventana, como si con eso pudiera alejarme del hombre que viene a hacerme daño y que apuesto está detrás de la puerta, debatiéndose con qué tipo de tortura va a finalmente hacerme sufrir.

La puerta se abre de repente y revela a alguien que realmente no me esperaba.

Ese hombre...

El Secuestro. (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora