David parecía un energúmeno. Me gritaba pidiendo explicaciones sobre las fotos. Le conté todo lo que pasó con Lucas. El ascensor, las cámaras y como nos había cubierto. Ese fue el motivo por el que le di el beso en la mejilla, recalqué bien lo de que fue en la mejilla. Su ánimo se tranquilizó pero yo estaba molesta por su falta de confianza en mí. Dolía.
- No puedes ponerte así por una foto y un artículo totalmente inventado – le dije cabreada - ¿De verdad me crees capaz de hacer algo así? Tú sabes cómo es la prensa y lo que puede llegar a inventar – “y sabes que te quiero”. Esto último no lo dije, solo lo pensé.
- Lo siento, cariño. He visto las fotos y no me he parado a pensar – contestó.
- Lo que de verdad me jode, David, es que no confíes en mi. Sin confianza no hay nada y me duele que me creas capaz de esto. Ayer mismo tú me pediste que confiara en ti a ciegas y lo hice porque creo en nosotros. ¿Puedes hacer lo mismo?
- Te quiero solo para mí – dijo. En esa frase me sobraban las tres últimas palabras. Me habría gustado que solo hubiese dicho las dos primeras pero eso también me lo guardé para mí.
- Yo quiero lo mismo, David. La que podría estar celosa soy yo. Aún te comparto con Mónica y no me quejo.
- Sabes que mi matrimonio está completamente roto – replicó seco.
- No insinuaba que no lo estuviera, David. Me duele la cabeza y mi madre no tardará en volver. No quiero discutir contigo – escuché su risa al otro lado de la línea y automáticamente sonreí yo también.
- Parecemos adolescentes, escondiéndonos para hablar – dijo risueño.
- ¿Hay algo más bonito que el amor adolescente? – en mi cara se dibujó una sonrisa estúpida. Una sonrisa de loca enamorada. Rezaba para que él tuviera la misma. Pensé en sus palabras y me di cuenta de que dijo escondiéndonos, ambos - ¿De quién te escondes tú? – pregunté.
- Sabes que la situación es complicada, cielo. Estoy en casa. Mónica está mal, su madre está enferma y necesita apoyo. No puedo dejarla tirada. Al fin y al cabo sigue siendo mi mujer – enmudecí. Sentí que me faltaba el aire. Sus palabras fueron un jarro de agua fría. Sí, aún era su mujer y siendo fría podía llegar a entenderlo no pude ser fría, yo también lo necesitaba. - ¿Estás bien? ¿Lo entiendes verdad? – preguntó ante mi silencio.
- Sí – dije con lágrimas en los ojos. Hice lo posible para que mi voz, y mi corazón, no se rompiera. No quería que notase que estaba llorando – Mañana hablamos. Cuida de Mónica.
- Gracias, Malú. Por entenderlo. Un beso – y colgó… sin más.
Dejé el teléfono en la mesita y cerré los ojos. Mi madre tenía razón. No debería haberme metido en esto pero, ahí estaba yo, metida de lleno.
Escuché la puerta abrirse y me limpié las lágrimas rápidamente. No me apetecía darle la razón a mi madre. Me hice la dormida y ella entró sigilosamente para tumbarse en la cama de al lado.
Me despertó un terrible dolor de cabeza a las cuatro de la mañana. Desperté a mi madre para que llamase a la enfermera. Ésta vino rápidamente acompañada de mi médico. Me examinaron y me subieron la dosis de la medicación. Si no se me pasaba el dolor me dejarían unos días más en el hospital. Recé todo lo que sabía para que eso no sucediera.
Sentí unos labios en la frente. Abrí los ojos y ahí estaba él, David. Tan guapo como de costumbre. Levanté el brazo para acariciarle la cara y el pelo. Me miraba con una ternura que jamás había visto en sus ojos, ni siquiera cuando miraba a Mónica.
- Buenos días, preciosa – dijo. Yo empujé su nuca para que nuestros labios se encontrasen. Un beso que casi no fue beso, un simple roce que erizó todo mi cuerpo.
- Ahora sí que son buenos días. – dije aún adormilada.
Se acomodó en la cama junto a mí con mucho cuidado de no lastimarme y me acarició el pelo. En ese momento no me importaba que hubiese estado con Mónica. Lo único que realmente importaba es que estaba conmigo, mirando mis ojos embobado.
- ¿Qué miras tanto? – pregunté curiosa.
- Que eres la mujer más guapa que he conocido jamás. Estás despeinada, sin maquillar, con un pijama de hospital y aún me resultas muy sexy. – Me sonrojé e intenté darle un puñetazo en el hombro pero el dolor de clavícula me lo impidió.
- ¡Ay!. Por tu culpa me he hecho daño.
- Yo no tengo la culpa de que seas una bruta – contestó jugando con los botones de la camiseta de mi pijama. Me estaba provocando
- No soy ninguna bruta – repliqué haciéndome la ofendida.
- ¿Te recuerdo todo lo que rompiste en “La Voz”? – ante ese comentario no podía defenderme, tenía razón. Casi destrozo el plató entero. Tiré de él para que me besase y así lo hizo. Con el mayor cuidado del mundo para no hacerme daño en el labio.
- ¿Y mi madre? – pregunté cuando me di cuenta de que no estaba. David tenía ese efecto en mí, con su presencia podría olvidar hasta mi propio nombre.
- Cuando yo he llegado me ha dicho que cuidara de ti hasta la hora de la comida que ella tenía cosas que hacer y que confiaba en mí.
- Mi madre y sus sutiles amenazas. - Comenté suspirando.
- ¿Amenazas? – preguntó alzando las cejas.
- Intuye que hay algo entre nosotros. Seguro que quiere saber si eres capaz de cuidar de mí. Con lo de que confía en ti ha querido decir que no sólo confía en ti para que me cuides las horas que está ella fuera sino para que lo hagas siempre. No la defraudes. – Dije con una sonrisa
- Nunca – dijo acercándose a mi boca.
Pasamos la mañana entre besos robados y caricias. Una lástima que no pudiese hacer más, por falta de ganas no era. David me cuidó como si de un enfermero se tratase. No defraudó a mi madre y, a decir verdad, a mí tampoco. Cada vez me enamoraba más y más de él. Con cada caricia, cada beso y cada roce, lo quería más.
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No sé cómo lo hago pero siempre me olvido de poner el twitter de la novela pero hoy no. He conseguido acordarme aunque sea editando :D aquí lo tenéis: @NovelaGuerraFri
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GUERRA FÍA
RomanceMi vida puede llegar a ser muy complicada. Vivo encima de un escenario sin tiempo para el amor pero ¿qué pasa cuando te enamoras de tu representante, un hombre que está casado, o cuando el destino te pone delante el que puede ser el amor de tu vida...