CAPÍTULO 26. EL APAGÓN

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Me desperté a las tres de la tarde, casi totalmente desnuda en mi cama. Me giré y vi que estaba sola, como casi siempre. Hice un esfuerzo tremendo por levantarme, tenía una resaca impresionante. Me puse una bata de seda y bajé a por mi dosis de cafeína diaria. Mis zapatos de la noche anterior estaban en la entrada, sonreí, me los había quitado de una patada al entrar a casa. Al final había rechazado la oferta de Seth, no me sentía cómoda metiendo un hombre que no fuese David en mi casa, y mucho menos, en mi cama. Me sentía estúpida por ello pero es lo que había. Hasta que David no saliera de mi cabeza y de mi corazón no sabía si sería capaz de llegar a algo con un chico.

Salí al patio taza en mano y me senté en el césped rodeada de mis amores, mis perritas y mi gato. Pasé horas jugando con ellos escuchando música. A las seis fui a ducharme para prepararme para la salida con Seth, habíamos quedado en que pasaría a recogerme a las siete. Perdí demasiado tiempo frente al armario pensando que ponerme, tanto que el timbre sonó cuando aún estaba liada en la toalla.

-       Vooooy – grité mientras bajaba las escaleras. Tropecé en el último escalón pero la barandilla me salvó de una caída ridícula.

-       ¿Qué coño haces ahí? – pregunté al abrir la puerta. Seth estaba a unos tres metros de la puerta.

-       No recordaba si se abría para fuera o para adentro – dijo con una sonrisa que iluminaba todo – Entiende que no me fie mucho de ti cuando abres una puerta. Me gusta mi nariz recta. Sin roturas.

-       Gilipollas – siguió riéndose de mí y cerré de un portazo, dejándolo en la calle. Sus carcajadas se escuchaban aún.

Me hice la ofendida un rato mientras él tocaba el timbre. Al quinto toque decidí abrirle la puerta.

-       ¿Siempre recibes a tus visitas en toalla? – preguntó recorriéndome con la mirada. Me sonrojé.

-       Mm depende de quién sea la visita – contesté con una sonrisa malévola.

-       Entonces, ¿soy una visita especial?

-       Eres un gilipollas – dije haciéndole señas para que entrara – pasa al salón y acomódate, no tardo.

-       A mí no me importa que salgamos así eh – me di la vuelta en la mitad de la escalera y le hice un corte de mangas – bueno, como tú quieras.

Subí las escaleras a toda prisa y me volví a plantar delante de mi armario. ¿Para qué sirve tener un armario repleto de ropa si nunca sabes que ponerte? Eché una ojeada rápida a todo hasta que me decidí por una falda de tubo negra y una camisa de gasa morada semi trasparente que dejaba que se viera mi sujetador negro. Terminé el conjunto con unos impresionantes tacones del mismo color que la camisa. Ya sólo me faltaba maquillarme.

En el baño me apliqué una base de maquillaje y me delineé los ojos.

-       Malú, no tengo todo el día eh, date un poco de vida – gritó Seth desde el salón.

-       Cállate y no me desconcentres ahora. Estoy haciendo una operación delicada. – la risa de Seth llegó a mis oídos. Me lo pude imaginar con los ojos en blanco.

Volví a mi habitación una vez maquillada para coger mi bolso. En ese instante sentí como alguien abría la puerta de casa. Mierda, se me había olvidado que mi madre vendría a por las perras para llevarlas a pasear.

-       ¡Malú, ya estoy aquí! – gritó.

-       ¿Sigues sin saber cómo funciona el timbre, mamá? – le dije bajando las escaleras.

GUERRA FÍADonde viven las historias. Descúbrelo ahora