Sus pies sobre la cama, su espalda en la alfombra y observaba el techo con aburrimiento, intentado encontrar imperfecciones en la superficie que no hallaría. Tenía un millón de preguntas e hipótesis dando vueltas en su cabeza, pero ninguna información del exterior.
Esa mañana, en cuanto despertó, buscó asomarse por su acostumbrada rendija en la puerta, pero se dio cuenta de que estaba cerrada. Su única salida de esa habitación fue prohibida. Supo entonces que algo había cambiado de verdad. Solo le quedaba esperar al arcángel, mientras intentaba forzar su audición humana lo más posible, sin mucho éxito en espiar el pasillo.
Pero después de mucho, la puerta se abrió, y el arcángel frunció el ceño al verlo tirado de esa forma en el suelo. Castiel se enderezó, pero eligiendo seguir sentado en el suelo.
- Levántate. – Ordenó el mayor, sentándose en una silla que Cas no había notado que estuviese antes allí.
El ángel se puso de pie dubitativo. No porque deseara desobedecer de nuevo, sino por la mirada del otro, que no parecía traer buenas noticias.
- ¿Sabes dónde está tu gracia?
El menor negó manteniéndose callado. Su expresiva nueva personalidad le estaba trayendo demasiados problemas con el arcángel y su despreció solo le recordaba cuan enfadado estaba.
- La encontraremos. – Aseguró. – Y serás juzgado como se debe.
- ¿Qué?
Eso significaba que volvería a ser un ángel, pero perdería esta pequeña ventaja que Michael creó para él. Es más, perdería lo poco que obtenía del arcángel y, por alguna razón, eso era lo que más le preocupaba ahora.
- Decidiremos si serás encerrado en los calabozos o reseteado para volver a tus deberes. – Suspiró. – O puede que elijamos la sentencia de muerte.
Castiel dio un par de pasos adelante, tan lentos como si sus piernas estuviesen entumecidas. Los ojos se llenaban de lágrimas y nada de lo que el mayor decía cobraba sentido en su mente.
- Lo siento mucho. – Fue lo único que se le ocurrió. – No quise decir esas cosas, yo habló de más a veces. Si pudieras solo considerar... -
- Castiel. – Silenció el otro. – Es lo correcto, lo justo.
- Me comportare mejor, solo déjame quedarme aquí.
Michael se levantó de su lugar, eliminando lo más posible el espacio entre los dos. Azul contra azul. Su mano acunó el rostro del menor, apartando con su pulgar la lagrima que osó escapar.
- ¿Por qué querrías una vida así? Morirás tan pronto y eres tan frágil. – Buscaba comprenderlo, pero eran seres completamente diferentes ahora.
- No tengo mucho más. – Excusó. – Y aunque lograra volver a la tierra, siento que volvería a hacer daño a todos.
- ¿Qué tienes aquí? No eres más que un prisionero con algunos beneficios.
El arcángel se alejó y Castiel sintió el frio de su distancia.
- No quiero volver a sentir hambre o frio, ni desamparó. Me gusta ser humano cuando estoy aquí, por muy débil y sentimental que sea. – Admitió, sintiendo su corazón golpear con fuerza.
- Pronto te aburrirás de las nuevas sensaciones. – Michael observaba por la ventana hacia la nada, como sumergido en su propio mundo. – Es solo la novedad por lo que disfrutas de todos los nuevos sabores, por lo que pasas horas en la ducha... por lo que tienes... relaciones conmigo.
- Me gusta estar contigo. – Dijo repentinamente, pero eso no sorprendió al otro.
- Lo sé. Estás enamorado de mí y lo he notado antes que tú.
Castiel estaba al descubierto aquí. No tenía idea de sentimientos, por lo que fue imposible para él darse cuenta. Le gustaba la forma en que Michael le miraba, odiaba que se alejara. Quería más de él aunque se sintiera satisfecho y no concebía su vida fuera de este lugar sin el arcángel.
- Sin embargo... - Michael interrumpió la sorpresa del más joven. – dejaras de sentir cualquier cosa en cuanto tu gracia sea devuelta, y podremos volver a la normalidad.
- No quiero mi gracia de vuelta. – Dientes apretados y ojos llorosos.
- No sabes lo que quieres en ese estado de constante emoción. Es lo que tiene ser humano. – Sentenció el otro.
Era una decisión tomada, y las decisiones que Michael tomaba era una seguridad. No iba a cambiar de parecer por mucho que rogara. Se sentía frustrado de nuevo, incapaz de lograr algo real. Podía existir la posibilidad de que escapara; imaginó a Sam y Dean felices de verle, pero él no lo estaría. Sabía que los hermanos estaban mejor sin él, cualquiera lo estaría. Gabriel nunca realmente se preocupó por él, y aun intentaba descifrar que le habían ofrecido los Winchester para convencerlo de arriesgarse para buscarlo.
Entonces, con su gracia de vuelta, Michael podría obligarle a marchar junto a sus hermanos. Un día recordaría, eso estaba seguro, y no podía concebir la idea de manchar sus manos de sangre de gente a la que llamó aliados.
Ser prisionero eternamente se veía tentador. Pero Michael no tenía contacto alguno con los calabozos; lejos de él, su corazón se sentía vació.
Quería quedarse así, a costa de perder su gracia para siempre, de no poder autodenominarse ángel jamás.
- Tengo un trato que ofrecerte... - Dijo Castiel.
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Sí, señor.
FanfictionMichael quiere castigar al culpable de su desgracia, pero termina descubriendo cuanto Castiel desea eso. Michastiel Michael x Castiel Advertencia: Sadomasoquismo.
