Inentendible.

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Por ahora, la situación era controlable. Chuck filtraba las órdenes de Michael, intentando que no lo supiera o aminorando su enojo, y Castiel...

Castiel seguía en su encierro, aprendiéndose de memoria cada rincón de la habitación. Michael no se paseaba demasiado por allí, pero cada vez que lo hacía, era todo mandatos y reclamos. Sus cambios iban en un ascenso lento hacia el descontrol absoluto, pero la paulatina situación solo lo hacía más difícil. El ángel prefería sus palabras directas de desprecio, como el que profesaba hacia el en un antiguo tiempo, pero solo recibía miradas. Las miradas de Mike dolían más que cualquier palabra, porque una vez habían sido dulces... Estaban vacías ahora.

Usualmente, sus estallidos eran provocados por nimiedades, por cosas que antes solo le molestaban un poco. Una mancha en el suelo, una arruga en su edredón, una marca en su ventana, le enloquecían. Por ello, Castiel se acostumbró en poco tiempo al orden absoluto, sin fallas. Eso mantenía al arcángel en calma, y se comportaba distante, pero nunca agresivo.

Y lejos de todo odio, sabía que Michael prefería la distancia para no dañarle, para no enojarse y acabar desquitándose con él. Es lo que Chuck le había pedido que hiciese y, quizás, también se lo había rogado al arcángel.

Ese día, Mike regresó a la habitación, después de un largo día de papeleo. Documentos era todo lo que hacía, porque no se sentía cómodo fuera de su oficina, era mejor estar aislado como una bomba a punto de estallar. Se quitó el traje, con la mirada agotado. Contenerse era luchar eternamente consigo mismo.

Cas no se movió de su asiento a un lado de la ventana. Pero no pudo evitar preocuparse. La propia figura del arcángel denotaba cansancio y solo quería abrazarlo. Michael también quería eso.

- Ven acá. – Dijo el mayor, adentrándose en la cama y dejando espacio al ángel.

Castiel obedeció, y enseguida fue recibido por los brazos del arcángel. Se abrazaron con necesidad, como si pudieran fundirse en uno solo.

Este tampoco era el Michael que Cas conocida. El monstruo en desarrollo que se enfada por todo, no era él. Tampoco lo era este débil y agotado ser entre sus brazos, luchando contra sí.

La pasiva gracia de Castiel aquietaba la furiosa y manchada gracia de Michael. El arcángel se durmió enseguida, por mucho que intentara no hacerlo. Cas acarició su cabello, y le dejó descansar de su guerra interna por un momento.

En medio de su sueño, cuando este llegó a volverse realmente profundo, Michael le liberó de su abrazo, recostándose de espaldas completamente. El ángel le observó un rato más, agradeciendo su tranquilo respirar, aun usando el brazo del mayor como almohada. Pero entonces, por curiosidad miro a su derecha.

Fue la primera vez que vio la marca, rojiza como una cicatriz infectada. Esa cosa estaba transformando a su arcángel en un desconocido y deseaba desaparecerla con solo tocarla. Pero su roce no causo nada en la herida, aunque sí hizo que Michael se moviera, y le atrajera de vuelta hacia él.




Cuando el mayor despertó, le informó que podía volver a su trabajo, e incluso más. Naomi ya tenía una misión para él, algo un tanto urgente. Seria en la tierra, haciendo su cosa favorita, curar humanos. Al parecer alguien había desatado una pandemia, que oscurecía el alma hasta que algo malo pasaba. Era apenas un comienzo, un par de personas, por lo que Castiel sería enviado solo.

- Excelente. – Sonrió sin querer al informe de la misión. – Aunque, creí que no tenía permitido salir.

- Michael ordenó que se te concediera esta misión. – Informó Naomi, distraída en otras cosas.

No quería pensarlo, pero era demasiado obvio hasta para un niño. No iba a quedarse callado, porque no iba a permitir que nadie le alejara de Mike. Caminó a paso seguro hasta la oficina del arcángel, sabiendo que seguiría oculto allí, y entró sin tocas

- ¿Qué significa esto? – Tiró sobre el escritorio la misión.

- Cambias de opinión muy seguido, ¿No? ¿Acaso no querías una misión?

- Es en la tierra. – Remarcó. – Quieres que me vaya, que tenga la oportunidad de marcharme.

Michael elevó una ceja, fingiendo inocencia.

- Alguien tiene que hacerlo. No te creas especial. – Dijo, mientras hacía crujir sus nudillos para controlarse.

Castiel dio la vuelta al escritorio, enfrentando directamente al mayor.

- ¡No voy a dejarte! ¡No importa a donde me envíes o quien me lo pida!

No lo vio venir, ni siquiera fue consciente del segundo en que Mike se puso de pie, pero un puño se estampo en su rostro. Reaccionó a lo que había pasado cuando vio la sangre escapar de su boca hacia el suelo, mientras el dolor escalaba hasta lo más profundo de su ser. No podía entenderlo.

- Ahora haz la estúpida misión y deja de quejarte. – Ordenó Michael, saliendo de la oficina.





La tierra seguía tal como la recordaba, pero parecía más fría sin su gabardina, aunque su cuerpo no lo sufriera. Dejo escapar un suspiro, apreciando el aroma a roció. Cruzó la mojada acera hacia el hospital psiquiátrico en donde se encontraba su segundo objetivo, aun con el sabor metálico en su boca.

- ¿Cas?

Se giró hacia la voz, reconociéndola a kilómetros.

- Sam, Dean. – Sonrió.

- ¿Qué... qué haces aquí? Gabriel dijo que no podías salir del cielo.

- Bueno... es una larga historia. – Se sonrojo de pensar en volver a contar su vivencia.

- ¿Qué te paso en la cara? – Interrogó Sam esta vez.

Para mala suerte del ángel, habían notado su mejilla algo morada y el corte en su labio, los cuales se resistían a desaparecer con rapidez. Michael golpeaba fuerte, incluso conteniéndose. 

Sí, señor.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora