Mi eterno rey.

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Chuck tenía que tomar una decisión bastante importante y radical con su hijo. Pero eso no detendría a Castiel, a quien no le interesaban su momento de introspección, y solo desea obtener el permiso para ver a Michael. El ángel continuaría insistiendo hasta lograr su cometido y a su padre le quedo claro luego de un rato.

- Llévalo. – Pidió a Gabriel. – Y tengan cuidado. Si algo pasa, me llamas inmediatamente. – Advirtió.

Gabe se sentía en un maldito déjà vu. Esto ya había pasado antes, con más pausa, pero trazando el mismo camino. Lucifer siempre fue el rebelde de la familia, con o sin marca, todos sabían que cometería una locura algún día. Pero Michael, aun en los recuerdos más lejanos del menor de los hermanos, siempre era el poseedor del dominio sobre sí mismo y sus subordinados. Ver al primogénito de esa manera, era como la señal perfecta del fin de los tiempos para cualquiera que lo conociera.

Sin embargo, se guardó sus ganas de mantenerse apartado del asuntó y fue a darle las buenas noticias a su hermanito menor. Quizás podría dejar que Castiel fuese solo, o entrara solo a la habitación en donde recluían al mayor de los arcángeles, pero no quería imaginar el peligro que significaba Michael si su padre creía necesaria una advertencia.

- Sígueme. – Sonrió al ángel.

Castiel no podía creer que realmente le permitieran algo así, aunque no hubiese perdido la fe hasta el último momento. Era su única oportunidad de ver a Michael en caso de que la decisión de Dios fuese la más terrible. Y, a pesar de ello, estaba seguro que era capaz de huir del cielo, aliarse al infierno y quedarse allí, lo más cerca posible del arcángel.

- Tiene que ser rápido, Cassie. Trata de no decir nada que lo enfade y mantente lo más lejos posible. – Informó Gabe cuando la puerta fue visible. – Me quedaré en la habitación por si acaso y si notas cualquier fisura en las cadenas, debes decirme.

- ¿Cadenas?

Gabriel hizo caso omiso a la pregunta del ángel, continuando el camino sin mirarle. Cas pesaba que el arcángel seria encerrado en algún tipo de prisión temporal, pero estaba claro que los calabozos no eran palillos de madera bajo su fuerza y probablemente, Chuck tuvo que elegir otras medidas de seguridad especiales.

La noticia le chocó, pero le prepararía para lo que debía enfrentar en segundos.

El castaño saco la llave del bolsillo trasero de su pantalón y suspiró antes de proceder a abrir la primera puerta. Un pasillo aún más largo se dispuso y fue recorrido en silencio. Entonces, otra llave brilló en dorado bajo la luz, y la segunda doble puerta se abrió.

Una de las salas de entrenamientos, mucho más reforzada de lo que Cas o cualquiera la recordaban, encendió sus luces ante la presencia de nuevos invitados. En medio del enorme recinto, de rodillas en el blanco suelo, yacía Michael.

Sus manos y pies tenían grilletes de gruesas cadenas asidas al suelo, con extraños símbolos grabados en el metal. Un bozal de brillante plata cubría la mitad de su rostro, y lo peor, sus alas estaban forzadas hacia atrás, amarradas con gruesas sogas. El rojo carmesí de los ojos de Michael recibió a los hermanos, pero pronto se apagó para dejar lugar a su celeste habitual.

Era difícil verle así, pero esto, era solo lo mínimo que había pedido para evitar una catástrofe.

Cas no perdió el tiempo y caminó directo hacia el primogénito.

- Estaré aquí. – Recordó Gabe a su espalda.

Michael escondió su rostro en el cabello despeinado, desorden que lo había mantenido de mal humor todo el tiempo que estuvo solo en ese lugar. Cas se arrodillo ante él, pero el mayor se negaba a verle.

- ¿Por qué te haces esto? – Interrogó el ángel.

Alcanzó la mano de Michael y la entrelazó con la suya. El tacto de Mike era caliente, como si la marca colocada un poco más arriba de su brazo, calentara su sangre en furia. Pero el gesto dio la fuerza al arcángel para elevar su mirar. Intentando ser inexpresivos, sus ojos no podían ocultar el cansancio.

El ángel le abrazó, aun sabiendo que su acción no podía ser correspondida. Podía sentir al otro temblar, manteniendo en raya la maldad que brotaba de sus venas. Tres clics después, el bozal fue apartado por Cas.

- ¿Qué haces aquí? – Fue lo primero que salió de la boca de Mike, rondando su cabeza hace un rato.

- Necesitaba verte. – Dijo simplemente.

Michael no estaba feliz con esa explicación, pero tampoco enfadado, más bien se encontraba en su humor habitual.

- Supongo que vienes a despedirte. – Dijo el mayor, apartando su mirada lejos del ángel.

- Dios no va a encerrarte. – Sentenció con una seguridad sin bases exactas.

- Lo haré yo mismo si hace falta.

- ¿Por qué te haces esto? – Repreguntó, con su mano sobre la mejilla ajena.

Gabriel estaba empezando a ponerse nervioso en su esquina, rogando que Castiel se callara y no empeorara las cosas.

- Es mi deber, Castiel. – Repitió por enésima vez.

- Podrían devolverle la marca a Lucifer o encontrar otra...

- Castiel. – Calló la ola de ideas. – Es mi deber esta vez, Lucifer merece una oportunidad.

- Tú no mereces esto. – La angustia y la impotencia se mezclaban de forma rara en su voz.

- Todo reinado llega a su fin. Alguien más tomara mi lugar. 

Sí, señor.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora