Mi nueva moral.

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Como un niño asustado de cada sonido a su alrededor en una noche tormentosa y solitaria, Michael se mantuvo aferrado a Castiel, arropado en su cama y temblando. No lo estaba pasando bien y Cas maldijo que las cosas nunca fueran a mejor.

Mike apretaba los puños a ratos, envuelto en ira, luego se relajaba y dejaba caer lágrimas de confusión. Un momento apretaba los dientes y al segundo después, movía su mano mecánicamente, como si escribiera algo sin bolígrafo.

La Llave del Cielo suprimía con su pureza cualquier búsqueda de control de la Marca de Caín pero, si la dejaban gobernarle por completo, ella lo volvería tan moral y correcto como nadie nunca lo fue. La nueva marca, en su puro blanco, era lo correcto, lo aceptado, lo justo; era algo similar a Michael pero a niveles extremos.

Se sentía como en una montaña rusa demasiado empinada y rocambolesca. La pureza y la oscuridad jugaban con él, tirando cada uno de un lado de su mente. En un momento estaba arriba, pensando en encender en llamas el cielo entero y luego caía en picada hacia la culpa por el pensamiento anterior.

Sentía que se estaba volviendo loco.

Chuck prometió que sería así al principio y luego se disiparía poco a poco. Por muy complejo que fuese la situación, Cas la prefería por encima de la dominación de la ira constante de antes. Puede que Michael no tuviese control de sí mismo aun, pero ya no era un peligro para nadie.




Tamborileaba sus dedos suavemente contra su sien, creando una melodía de piano que solo estaba en su cabeza. Su mente estaba fija en el escritorio, mientras sus labios de movían en una charla muda con la nada.

- Michael.

Castiel le llamó desde la puerta de su oficina y perdió la coordinación de sus dedos.

- ¿Qué pasa?

En los últimos días, había mejorado en su autocontrol, pero no demasiado. Era capaz de tener una conversación coherente sin estallar, pero Castiel presentía que estas nuevas cadenas estaban comenzando a perturbar su toma de decisiones.

- Chuck rechazó tu pedido de dejar en libertad a los ángeles que quisieran irse. – Informó el ángel.

- ¿Por qué? – Exigió saber y el carmesí brillo por un segundo en sus ojos.

- Michael... - Castiel se acercó, hasta estar a un lado del arcángel, apoyándose en el escritorio. – Los necesitamos, luego podemos hablar de liberarles.

- Ellos no quieren estar aquí, y yo no quiero a un montón de rebeldes defendiendo mi cielo. – Replicó. - Me desagradan.

Y aquí es cuando ambas marcas conformaban una extraña mezcla. Michael creía que era lo más justo que ellos hicieran lo que quisieran con sus vidas y a la vez, odiaba la idea de verles la cara a esos seres impuros. Entonces, todo terminaba en un acuerdo de sus lados opuesto, acuerdo que no respetaba la verdadera lógica de la vida.

Se puso de pie, masajeando su sien con desesperación. Quería pensar claro, quería dejar de pensar también. Y teniendo dos lados de la moneda, ninguno parecía feliz nunca. Le molestaba el desorden, pero se sentía culpable de enojarse por ello, y volvía a enfadarse de frustración, para luego recaer en sentirse indigno de vivir.

Era un círculo tan suave pero que lo estaba matando, otra vez.

Castiel quitó las manos que rodeaban la cabeza del arcángel, y puso las suyas sobre sus mejillas. Michael estuvo bien al principio, aferrándose a la calidez del otro. Pero apartó sus manos un minuto después.

- No. – Apartó al ángel de su cuerpo.

Los puños de Michael se apretaron hasta herirse y sus dientes también. Respiraba entrecortado, como si le costara mantener el ritmo.

- ¿Estás bien, Michael?

- ¡Déjame en paz!

El gritó, más que asustarle, preocupó al ángel aún más. Obviando toda orden del mayor, se acercó toda la distancia que él puso de por medio.

- Estarás bien, estoy aquí. – Prometió, ganando la mirada del otro.

Sí, quizás Castiel podía controlar sin problemas la Marca de Caín, apagar el fuego de la furia y traerle de vuelta. Pero aún no tenía control sobre la Llave del Cielo.

- Esto está mal. – Sentenció Michael, desviando su rostro de cualquier intento de besarle del otro. – No debió pasar.

- ¿De qué hablas? – Cas buscó su mirada de nuevo, pero no la recuperaría.

- Es inmoral, deshonesto... - Susurró, junto a muchas más palabras que el ángel no comprendió. – No debí enamorarme de ti.

Entonces Cas comprendió el porqué del rechazo. A ojos de su ira, Castiel era un impuro; y a ojos de su nueva moral, Castiel era un error. 

Sí, señor.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora