Leone (X)

146 28 40
                                        

Al regresar él cargaba un tronco de aproximadamente un metro de largo, era grueso y muy pesado, pero Abbacchio lo llevaba sobre su hombro derecho como si nada; mientras que Bruno cargaba una cantidad considerable de ramas más pequeñas con ambos brazos. 

—¡Leone! —Trish lo llamó, captando su atención— Conseguí mucho de lo que me pediste, también traje cosas que no conocía, por si te sirven —la niña le sonrió—.

—Bien hecho, pequeña rata —rodó el tronco por su brazo y lo bajó hasta el suelo—. Déjame ver esas cosas.

Le quitó la bolsa de las manos a la menor en cuanto estuvo a su alcance, la abrió y buscó en el interior. Habían hongos muy coloridos, probablemente venenosos, pero aún así servirían; nunca estaba de más tener armas envenenadas.

—El fuego los esperaba —habló Giorno, junto a Mista, quien mantenía encendida la pequeña fuente de calor—. Nuestras cosas para pasar la noche también están listas.

—Buen trabajo, mocoso —sonrió de lado, mirándolo—, estás aprendiendo rápido.

—Enseñas bien… —admitió el rubio en voz baja. Leone sonrió internamente, sentía un éxtasis al ver tan sumiso a la rata soñadora— Ahora prepáranos la cena.

...y tenía que arruinarlo.

—Como ordene, majestad… —gruñó—

Maldito enano soberbio. No le haría mal ser más como Trish, si, era malcriada, pero ella sí parece intentar agradarle.

Se distrajo platicando en su mente, mientras sus manos preparaban un estofado de setas y tubérculos, junto a uno que otra verdura. Revolvía la mezcla al mismo tiempo que Mista se le acercó.

—Oye, viejo… —le habló despacio, Abbacchio lo miró en respuesta— He estado teniendo problemas… ya sabes —divagó—, para evacuar…

—Oh ¿cuánto tiempo llevas sin cagar? —levantó la voz a propósito—

—¡Shhh! —lo hizo callar— ¡No lo digas tan fuerte, estamos con la realeza! —volteo para mirar a Giorno y Trish a su derecha— No quiero que sepan que llevo dias sin cagar, por favor, Abbacchio…

—Bien… —metió su diestra en uno de sus bolsos en su cintura y sacó un frasco grande, casi del tamaño de la mano que la sostenía— Dale tres tragos a esto y tu problema se irá.

—¡Dios, gracias, viejo! —tomó la botella, la descorchó y bebió tres tragos; Leone los contó— Sabes, abuelo —continuó hablando tras devolverle la botella—, cuando los encontré me diste tanto miedo como los guardias que me habían atrapado, pero peor ¡Desnucaste a uno de ellos sólo con los brazos! —Leone desvió la mirada, recordando a los hijos de perra que pudieron lastimar a Bruno— El punto es que… Mierda, das miedo, pero eres bueno, realmente bueno.

—¿Debería darte las gracias por notarlo?

—N-no… Pero quería que lo supieras, no sé, tal vez ¿disculparme por pensar así?

Leone volteó hasta la pequeña olla de cobre donde preparaba la comida, la revolvió e ignoró a Mista; en efecto, Leone se sintió culpable por haberle dado a tomar algo que lo hará cagarse hasta los tobillos toda la noche.

En menos de una hora el sol se había ido y el campamento improvisando estaba listo, todos comían lo que sea que él preparó; no sabía si llamarlo sopa o estofado; pero estaba bueno, sabía bien y todos lo hicieron notar.

La comida fue servida en los mismos tarros de madera en los que bebían todos sus líquidos. Todos rodeaban la pequeña hoguera que los calentaba, Leone tenía a Trish a su izquierda, mientras que Mista estaba a su derecha, Giorno estaba a la izquierda de Trish y, a su derecha, Bruno, quien justamente estaba frente a él. Abbacchio podía ver brillar sus ojos azules incluso a través del calor abrasador del fuego entre ellos.

Four SeasonsDonde viven las historias. Descúbrelo ahora