Libro 2. Segundas Oportunidades.
Se enamoraron sin querer. Sabían que sería difícil. Sabían que sus familias nunca lo aceptarían.
Ella, 19 años. Él, 27. No es un abismo, ¿Qué son ocho años? Pero eran etapas diferentes y si le sumamos un océano d...
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Siete años después.
Iker miraba el reloj una y otra vez, eran casi las ocho y aún no terminaba con los pendientes que tenía. Moría por llegar a casa, con su familia.
En asociación con Mario, habían montado una constructora especializada en obras ecológicamente sustentables. En los últimos años habían tenido muchísimo trabajo, pues no había muchas empresas en la industria como la suya, lo que era una bendición, pero al mismo tiempo, un dolor de cabeza. Los proyectos requerían de su presencia y ellos, morían por estar en casa. Ya estaban tomando cartas en el asunto y contratando más personal, pues no estaban dispuestos a sacrificar valioso tiempo junto a su familia.
—Mario, ¿podrías terminar de supervisar la obra? Le prometí a Eli que hoy llegaría antes que se fuera a la cama—indica, sonriendo con ternura ante el recuerdo su pequeña princesa.
Por la mañana lo había emboscado y le sacó la promesa de que esa noche estaría para leerle su cuento favorito antes de dormir. Era tan hermosa y mandona como su madre, pero la amaba con locura. Estefanía y ella, eran su vida, su sueño hecho realidad.
—Sí, no te preocupes, ve sin cuidado. Dile que no se le olvide que Daniel la espera mañana a comer, le pidió a Ale que preparará la pasta que tanto les gusta—cuenta con diversión.
—Créeme, allí estará sin falta, nos tiene asoleados con eso—indica, rodando los ojos. Sus pequeños se llevaban de maravilla, lo que no era raro, teniendo en cuenta la frecuencia con la que se veían.
—Bien, nos vemos mañana entonces. Descansa y saluda a Teff por mí—se despide.
La obra en la que trabajaban no estaba tan lejos, por lo que llegó a su casa en menos de veinte minutos. Estaba agotado, pero nunca lo suficiente para sus chicas.
Al escuchar la cochera abrirse, pequeños pasos apresurados se dejaron oír en lo alto de la escalera, mientras Estefanía terminaba la cena.
—Eli, que te hemos dicho de correr en las escaleras—dice, acechando desde la puerta de la cocina, cuando su pequeña niña, de ya cinco años, llega a su lado. Era tan hermosa; en lo único que se parecía a ella, era en el color de sus ojos, porque del resto, era igualita a Iker. Había llegado justo cuando cumplían un año de casados. Les tomó por sorpresa, pero en definitiva lo mejor que les había sucedido.
—Es que papi llegó, mamá, tengo que saludarlo primero—declara, haciéndola negar, mientras sonreía. Era una niña muy testaruda, parlanchina y por demás, inteligente. Iker y ella quedaron enamorados al instante y cada día un poco más, era su preciosa muñequita.
Iker, que escuchaba la conversación entre ambas, rio, llamando la atención de ellas.