DESENSIBILIZAR

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«Toma aliento.

»Retenlo.

»Jackson uno... Jackson Wang... Jackson tres... Jackson cuatro... Jackson cinco...»

Mark soltó aliento con un leve suspiro y visualizó la bola de tensión que tenía dentro del pecho y que le subía por la garganta y le salía por la boca cual bocanada de humo. Los ejercicios de respiración que la doctora Regan le enseñaba solían tener algún efecto, pero aquel día le fallaban. Posiblemente como consecuencia de la escena que acababa de presenciar por televisión y de la horripilante conversación por privado.
A Mark le quedaban tan solo unos instantes para deshacer el daño. Ya oía las pisadas de su madre en la escalera.

—¿Mark? ¿Estás listo?

El chico se ocultó el rostro entre las manos. Estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, enfrente del televisor. El rostro de Jackson seguía inmóvil. Mark tomó el mando a distancia. La pantalla se oscureció en el mismo instante en el que entraba su madre.

—¿Estabas viendo la tele?— Su madre llevaba una bolsa de trabajo colgada del hombro y una caja de cartón blanco en una mano. Las colocó lentamente sobre el escritorio y se acercó a la ventana para entornarla y dejar pasar la luz. Entonces la abrió del todo.

—¡No lo hagas, mamá!— Mark alzó el brazo para protegerse de la súbita irrupción de la luz solar y del soplo de terso aire —¡Cierra la ventana!

—Esto huele a calcetín sucio.

—¡Al menos baja la persiana!— dijo Mark al mismo tiempo que se volvía de espalda —Por favor, mamá. Alguien podría verme.

Su madre respondió con un fuerte suspiro, pero hizo lo que le pedía. Al oír que la ventana se cerraba, Mark sintió que el mellado filo del pánico rebajaba su presión. Pero no se sentía relajado. En absoluto. Tendrían que reprogramar su ejercicio de desensibilización para otro día. Mark abrió la boca para decírselo, pero vaciló al ver la vestimenta de su madre: una bata de hospital arrugada y manchada después de un largo turno de noche. Había cambiado el horario de trabajo para poder estar allí aquel día. Mark se imaginó su enfado cuando supiera que había hecho un turno de noche para nada.

—¿Por qué no te has vestido, Mark?Su madre lo contemplaba con las manos en las caderas —¿Vas a salir así?

Mark la miró con cara de culpabilidad. Aquella mañana, al levantarse, había empezado a vestirse, pero se detuvo al ver la televisión. Todavía llevaba el pijama de algodón de la noche pasada y unas pantuflas afelpadas con cara de conejito.
—Es que estos calzados me hacen sentir bien— murmuró Mark.

Estupendo— Su madre reprimió un bostezo —Como quieras. Pero vamos ya. Estoy cansada. Acabemos con esto ¿Vas a venir?

Mark tragó saliva y buscó coraje para darle la noticia.
—¿Podemos hacerlo luego, mamá?— dijo con voz débil.

—No, no podemos hacerlo luego. ¡Tengo que dormir!
Mark se mordió el labio inferior. ¿Y si lo intentaba, después de todo? Tal vez pudiera hacer los ejercicios de respiración mientras bajaban por la escalera...
Su madre tomó de nuevo la caja de cartón blanco. Al mismo tiempo que le hablaba en un tono más suave, la abrió para enseñarle lo que había dentro: media docena de donuts recién glaseados.
—Me los he llevado de la sala de enfermeras. Podemos sentarnos en el porche y comérnoslos.

Mark respiró hondo y retuvo el aire mientras contaba hasta cinco.
Entonces asintió con resolución y dio un paso hacia la puerta del cuarto.
«Paso a paso —se recordaba a sí mismo— Un pie delante del otro.» Era capaz de hacerlo. No podía costarle mucho.
Logró llegar hasta el final de la escalera, pero entonces su confianza empezó a vacilar. Sus oídos registraron un rumor sordo en el exterior. ¿Era un coche que pasaba?

I'm your biggest fan [Markson]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora