Capítulo 18

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Anastasia agarró el vestido, cubierto por una bolsa y dejó encima del mostrador los trescientos diez dólares con noventa y cinco centavos.

—Ven, mi vida. —Anastasia ató a Phoebe en la silla de atrás del mini Cooper y ella volvió a adelante.

—Mamá, ¿iremos a la feria ahora?

—Si mi amor, papá nos llevará al descampado donde están las atracciones y las paradas. —sonrió Anastasia. Ella no tardó mucho en llegar a casa. Aparcó el coche en el garaje. Christian ya había sacado su 4x4. Si había algo que a Chris le fascinara, eran los coches. Tenía cuatro o cinco. Ni ella misma lo recordaba.

—¿Vamos? —sonrió él, apoyado en la puerta del todoterreno. Anastasia asintió. Una vez dentro del coche, Christian le pisó fuerte. No le gustaban los sitios con aglomeración de gente. Pero Anastasia sabía convencerlo. Y es lo que le tocaba como buen padre y... novio. Dolía decir eso. Tenía ganas de cambiar esa palabra por 'marido'. Hacía cuatro años que esperaba que Anastasia volviera a confiar plenamente en él. Que le diera un 'sí' del todo segura. Y tenía ganas, muchas ganas. '¿Es tu mujer?'; 'Sí, hace dos años que estamos felizmente casados.' '¡Pero qué esposa tan guapa!'; 'No hace falta que me lo digas, me di cuenta desde el primer día en que la conocí.'  Christian sonrió.

—¿En que piensas, tan feliz? —dijo Anastasia intentando aguantar la risa, por la cara que ponía a veces Christian, cuando se alejaba de el mundo real.

—En que tengo muchas, pero muchas ganas de que ya llegue el día de la boda.

—No sabes cuanto espero yo lo mismo. —dijo ella, acariciando la mano que Christian tenía encima del cambio de marchas. Y una vez más, como siempre solían hacer, condujeron juntos. No importaba el punto de llegada. Solo lo hacían. Como siempre, para siempre.

[...]

Phoebe ya estaba cansada. Se había montado en el tren de la bruja. En las sillas que daban vueltas. Se había encontrado con Valerie, una de sus amigas del jardín de niños. Había insistido a Christian de que le consiguiera un oso de peluche de la máquina. Y hasta había convencido a Anastasia de que se subiera con ella en unas cuantas atracciones. Anastasia había terminado bastante mareada.

—¿Vamos ya a casa? —dijo Christian, mirando el reloj. Eran las once y media de la noche y llevaban dando vueltas por ahí desde las siete. —¿Mmm?

—Sí... —dijo Phoebe apoyando su cabecita en el hombro de su padre. —quiero dormir... —suspiró ella.

—Ahora cenas y te llevo a la cama.

—Pero yo quiero que me lleve mamá.

—¿No quieres que te lleve papá? —dijo Anastasia, agarrándola del brazo de Christian.

—Es que a mí no me quiere. —dijo Christian fingiendo estar triste.

—Sí qué te quiero. —dijo Phoebe cruzándose de brazos. —pero es que rascas. Y no puedo darte ningún beso.

—¿Rasco? —preguntó Christian frunciendo el ceño.

—Sí. —Phoebe pasó una mano por su mejilla.

—Pero, princesa, si me he afeitado ésta mañana. —miró a Ana. —¿Mi amor? ¿Rasco? —ella no dijo nada. Se encogió de hombros. —Oh, gracias por tu apoyo. —dijo Christian, irónico. Entonces se inclinó, susurrándole al oído; —entonces, vete olvidando de nuestras noches, podría irritar tus perfectos muslos en la parte interna. —Anastasia se ruborizó.

—Papá no rasca. —habló entonces Anastasia. —no lleva esa barba horrible que a veces se deja. —Christian la miró mal. Anastasia agachó los ojos, despreocupada. —no te preocupes, a ti te queda bien. Pero la barba aquella de tres días, sigue siendo horrible.

—¿Gracias? —dijo Christian. Y ambos se pusieron a reír.

—¡Papá! —exclamó Phoebe. —Quiero ese— dijo, al pasar por el lado de parada de "dispara con balines".

—¿Otro? Pero si ya te conseguí el osito rosa... —suspiró Christian. —vamos a ver.

—Dale mi amor, ¿no se te dan bien las armas? —dijo Ana. —oh, espera. —se adelantó. —no, no, ahora quiero probar yo. —
Anastasia le alcanzó al taquillero un billete de cinco dólares, y éste le dio un platillo con cinco balines, de los de mentira, claro. Ella abrió el cargamento del rifle de juego y colocó el primer balín. Miró al taquillero.

—Dos canicas, y hay premio pequeño. Tres y se llevan uno de los grandes. —señaló la estantería de los premios grandes. Justamente ahí estaba el que Phoebe quería. Anastasia apuntó una de las fileras de las canicas y disparó. Ni una.

—Te quedan cuatro... —la molestó Christian, divertido.

—Cállate. —le dijo Anastasia, y lo miró mal. —esta sí. —volvió a disparar. Esta vez, la canica se balanceó. Pero no le dio en pleno. Así que nada. Christian dejó a Phoebe en el suelo, justo al lado de su madre. Ella observaba desde su altura. Christian rodeó a Anastasia por detrás y la colocó en buena posición. Juntó su mano con la de ella. Y apoyó su cara, junto a la de Anastasia. Apretó el gatillo, con el de do de Anastasia por debajo. La canica amarilla cayó, estampándose contra la pared de la presión. Christian abrió el cargamento y metió los dos últimos balines. ¡Pam! ¡Pam! Otras dos canicas cayeron. El taquillero aplaudió.

—Elijan premio. —dijo sonriente.

—¡Ese! —lo llamó Phoebe. —¡ese! —señaló lo que al parecer era el peluche de Hello Kitty.

—Toma pequeña. —le dijo el hombre, dándoselo. Christian volvió a cargar a Phoebe en sus brazos.

—Gracias. —dijo, dejando el rifle encima del mostrador.

—A ustedes.

Anastasia se lo había pasado bien. Sentir el cuerpo de Christian, a todo él, pegado al suyo, la hacia sentir bien. Se sentía segura. Protegida. Había podido esnifar su esencia a hombre, una deliciosa, que hacia que se debilitara. Había sentido como sus músculos la rodeaban, juntando sus brazos, con los más finos y blancos de ella. Y la cara de él, junto a la suya. Con esa perfecta boca en forma de corazón. Esos ojos, pequeños, de un color miel intensos, emotivos, que tanto le habían expresado lo que hacia el amor.

—¿Y tú? —le dijo Christian.

—¿Yo qué?

—Ahora eres tú la que parece estar flotando. Tienes una expresión en la cara de 'tonta feliz'. —él rió. —¿En qué piensas tú ahora, mi vida? —Anastasia sonrió y le dio un besito, pequeño, corto, perfecto.

—En ti.

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