"Protegerlas siempre será mi misión"
-Tercera temporada de "protégeme", es necesario haber leído la primera y segunda parte.
Historia adaptada al universo de Cincuenta sombras con los personajes de Christian Grey y Anastasia Steele. Todos los crédit...
- ¿Y? - dijo Anastasia, sin prestar mucha atención a su absurda explicación.
- Que Christian y yo no tenemos nada. No podríamos tener nada. Principalmente, porque me van las mujeres - dijo haciendo una mueca. A Anastasia se le cayó el mundo al suelo. La había cagado. Definitivamente había metido la pata hasta el fondo. Pero hasta el fondo.
- ¿Es broma?
- ¿Qué si es broma? - Ros se puso a reír. - Te acabo de conocer y ligaría contigo antes que con Christian. Estás buena. - Anastasia hizo una mueca. Miró a Christian. Él no parecía reírse. Ni siquiera parecía contento. Estaba enojado, muy enojado. Ella intentó encontrar las palabras que nunca salieron de su boca. Él se adelantó.
- Te comportas como una niña de doce años. Con el tiempo que llevamos juntos ¿y sigues teniendo dudas sobre mí? ¿Aún eres capaz de desconfiar? Cuando te comportas así, Anastasia, no te reconozco. Una cosa es ser celosa, y otra, muy diferente, es ser estúpida. Y tú te comportas con estupidez. Y si seguimos así, será mejor que no haya boda, ni nada - le dio la espalda y se dirigió a su despacho. ¿Y Anastasia pensaba que el mundo se le había derrumbado cuando supo la sexualidad de Ross? Oh no. Ahora sí que se le caía. ¿Christian no quería casarse? Pues no habría boda. Sintió como las lágrimas resbalaban por su cara, hasta caer encima de su jersey, o su mano, o directamente en el suelo. El mismo suelo que la debería haber tragado en esos momentos.
— No te preocupes, no lo dice enserio — dijo Ross acercándose a Anastasia. Le acarició la mejilla. — Siento el bofetón, cuando alguien se pone histérico, no consigo controlarme yo tampoco.
— No pasa nada — sollozó Anastasia, agachando la cabeza y frotando ambos párpados inferiores con el pulgar de su mano derecha. Éste quedo mojado al instante.
— Eh, nena no llores, Christian no lo dice de verdad, apuesto lo que sea a que Christian tiene más ganas de casarse que tú — le sonrió y la abrazó.
— Si... ya — Anastasia no conocía mucho de aquella persona. Prácticamente, por no decir nada de nada. Pero parecía –era– agradable. Anastasia se zafó. — Me voy, he dejado a la niña en el coche, y no quiero que la otra persona más importante en mi vida se enoje conmigo también — Anastasia se dirigió a la salida, sintiendo miles de miradas clavadas en su espalda. Dio pequeñas y decididas zancadas, haciendo resonar sus tacones de aguja de charol negro en las blancas baldosas de la agencia de Snade. El agente de antes le abrió la puerta de salida. Ella se dirigió al coche. Las luces parpadearon al darle al mando de acceso. Abrió la puerta y se metió en el copiloto.
— ¿Como estás? — dijo mirando a Phoebe.
— Bien — sonrió la niña. — Mamá, ¿lloras?
— No mi vida, es que me entró algo en el ojo.
— ¿Quieres que te sople?
— No, ya conseguí quitármelo — le sonrió a su hija y le frotó la pierna. Anastasia encendió el motor e hizo una maniobra para salir del callejón. Pronto se encontró en plena carretera, agazapada por el tránsito del domingo a medio día en Los Ángeles. Algo se le pasó por la cabeza. Algo grande, pequeño a la vez. Algo loco, pero muy, muy no sé, no sabría describirlo. ¿Romántico? No, no seria la palabra exacta.
— Phoe — la llamó.
— ¿Qué? — respondió Phoebe alzando la vista y sujetando a un Ken con una mano y a una Barbie con otra.
— ¿Me acompañas a un sitio?
— ¿A dónde? — Anastasia se lo explicó por encima.
— Pero eso duele.
— No. — mintió su madre.
— Mamá estás lo-ca — Anastasia sonrió negando con la cabeza y fijando la vista en la carretera.
— A veces me parece mentira que solo tengas cuatro años y medio.
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