Capítulo 30

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Damien


La luz del sol entraba por la ventana dando directamente en la cama. Me removí entre las sábanas notando que el peso que había tenido sobre mi pecho durante la noche ya no estaba. Extendí el brazo izquierdo palpando un conjunto de sábanas vacías.

Abrí los ojos.

Dasha ya no estaba. Aquel era uno de los únicos días en los que hacía buen tiempo, así que supuse que había salido fuera.

Me levanté desperezándome a la vez que lo sucedido en la noche acudía a mi mente.

Me había sorprendido. Había entrado repentinamente a mi cuarto y su pregunta de si podía quedarse me había dejado completamente desconcertado. Al principio parecía nerviosa, pero cuando volvió a pasar y a acercarse noté que tenía una intención fija en la mente.

Sus ojos y movimientos parecían centrados en un objetivo: el de hacerme sucumbir.

No supe el porque de aquella repentina intromisión y cuando estuve a punto de preguntársela tras todo lo ocurrido sus ojos ya se habían cerrado y su rostro se había relajado.

Salí de la habitación y me metí en el cuarto de baño con la intención de darme una ducha.

Mientras el agua caliente recorría mi cuerpo recordé como mis labios habían pasado sobre su piel probando lo que tanto había deseado, mis manos haciéndola gemir, sus movimientos involuntarios ante mis acciones...No pude evitar reaccionar ante los recuerdos.

La forma en la que se había enfrentado a mí y como me había cautivado hasta lograr lo que quería.

Su cuerpo. Cuando la había podido tener frente a mí, desnuda, el miedo de poder romperla o dañarla me había detenido, se veía tan delgada, tan frágil...Aún así, seguía siendo una puta obra de arte y no cabía duda de que las semanas antes del secuestro su figura y sus curvas naturales eran irresistibles.

Solo hacía falta tiempo para que volviera a ser la misma de antes, o eso pensaba.

Cuando me vestí me dirigí a la cocina con la intención de volver a verla para aclarar todo lo que había ocurrido, sin embargo me encontré a Aliona ocupada en la elaboración de una tarta de manzana.

Al preguntarle sobre Dasha me respondió que se encontraba en el jardín, así que sin dudarlo dos veces salí.

La localicé sobre la sombra de uno de los árboles. Tenía su espalda apoyada en el tronco, su pelo negro se movía golpeando su rostro debido al viento que comenzaba a levantarse, pero apenas se inmutaba, tenía la mirada perdida y parecía bastante sumida en sus pensamientos.

Me acerqué con paso lento, no se dio cuenta de mi presencia hasta que me coloqué a su lado.

De un sobresalto se puso rígida y se removió algo nerviosa ante mi aparición.

—Hola—dije metiéndome las manos en los bolsillos.

—Hola—respondió inquieta y adelantándose a lo que estaba apunto de decir me preguntó:

—¿Ya has conseguido contactar con mi padre?

—No, esta tarde tengo intención de volver a probar.

Ella asintió algo decepcionada y cuando desvió la mirada me decidí a hablar para evitar que dejara de prestarme atención.

—Dasha—giró su cabeza hacia mí—¿Qué fue lo de anoche?

Comenzó a jugar con sus dedos.

—Solo...—dijo dubitativa—Solo necesitaba compañía.

—Ya...—dije, aunque por la manera en lo que lo había dicho y su expresión parecía que había algo más que no me estaba contando, algo que parecía querer guardar.

La Rusalka RojaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora