Extra 4; Especial de navidad

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Dylan

Solté un quejido, odiando profundamente tener que usar zapatos.
—¿Por qué existes? ¿Por qué? ¡¿Por qué?! —balbuceé mientras miraba el par frente a mí—. ¿No ves que no puedo ponérmelos en mis piececitos? Ayúdame, diosito.

¿Y si no los uso? Después de todo, vamos a casa de mis suegritos. No creo que me hagan sufrir… ¿Puedo irme solo con calcetines? ¿Se me congelarán los pies?

Miré hacia la ventana, contemplando el paisaje blanco como un cuadro perfecto de invierno.

Entonces vi a Xander salir del baño. Solo llevaba puesta una toalla flojamente ceñida a sus caderas. Mi vista recorrió su espalda ancha, los pequeños lunares dispersos, las gotas que resbalaban por su piel. Mordí mi labio con fuerza.
—Xander… me vas a matar. Te lo juro.

Lo observé mientras se quitaba la toalla y la dejaba caer al suelo. Sentí cómo todos mis sentidos se encendían.

¡Novecientos once! ¡Ayuda! ¡Allá  te voy, San Pedro!

Abracé el zapato contra mi pecho, haciendo una mueca cuando noté cómo mi camisa se humedecía por la presión en mi pecho. Vi una pequeña gotita de leche asomarse y luego miré a Xander, que parecía tranquilo, en su propio mundo.

—¿Así que te gusta mucho la vista, bebé? —su voz ronca me sobresaltó, rompiendo la burbuja en la que estaba.

Tragué saliva.

—Tu aroma, mi amor… está tan lleno. Y no para de aumentar —musitó como si me leyera la mente.

Hijodesu—

Me miró de lleno con esos ojos ámbar tan intensos. Su sonrisa se volvió traviesa. Su cabello negro, largo y un poco húmedo, le caía sobre la frente. Solo llevaba puesto el bóxer. Y aún así, yo me estaba deshaciendo.

Se está volviendo salvaje.

Mis labios se fruncieron, mis mejillas se calentaron. Desvié la mirada, pero él se acercó, y tuve que alzarla de nuevo, lentamente.
Conté mentalmente: un cuadrito, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… ¿ocho? ¿Papi?

—¿Por qué tan callado, cariñito?

—Eres un jodido atrevido en tu celo. Estate, o te voy a morder.

Xander atrapó su labio entre los dientes, divertido.
—Qué tentativo suena eso…

Esa voz ronca, como un ronroneo, me hizo abrir la boca y golpear su pecho, sacándole una risa.

Tomó mi rostro con ternura y besó mi frente.

—Me calmo… pero bésame —susurró—. Bésame hasta que me duela la boca de tanto que me besaste.

Me estiré, rodeando su cuello con mis brazos, y lo besé. Sentí mi pancita chocar suavemente contra su abdomen. Él se separó con cuidado, mirándome con un brillo especial en los ojos.

—Te amo con todo mi ser —dijo con voz suave.

Sonreí, respirando su aroma, envuelto en ese calor que solo él me daba.
—Yo también te amo, Xinie.

Se arrodilló con cuidado, besó mi pancita y tomó el zapato que había caído al suelo. Con toda la delicadeza del mundo, metió mi pie, que estaba un poco hinchado y sensible.

—Mira qué bonito te ves.

—Estoy gordo —gruñí.

Él rió suavemente y acarició mi barriga de seis meses. No tardó en sentir una patadita.

—Gordo me lo pones, bebé —le di un golpecito en el pecho, avergonzado.

—Parece que Dean se acaba de despertar —murmuró y yo reí bajito.
—Tranquilo, cachorrito. No queremos que papi se moleste —le susurró, acariciando mi cabello—. ¿Necesitas que te ayude en algo más, mi amor?

Marcado[1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora