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4 meses con tres semanas

Dylan

No podía evitar sentirme así.
Todo en mi interior vibraba de emoción.

Apreté la mano de Xander con fuerza, como si con ello pudiera contener toda esa euforia que me llenaba el pecho. En mi otra mano sostenía la ecografía de nuestro cachorro, y mordía mi labio inferior para no soltar una risita boba.
—Es pequeño aún —murmuré, sin despegar los ojos de la imagen. Xander me miró con una sonrisa tibia en los labios—. Aunque no lo parezca desde afuera… parezco una pelotita.

Él se inclinó y colocó su mano sobre mi vientre redondeado.
Mis labios se fruncieron en un puchero involuntario.

El embarazo avanzaba deprisa.
Cada día lo sentía más claro. Mi cachorro crecía, se movía… fuerte y decidido.
Después de todo, era hijo de un Alfa casi puro. Y de un Omega con rango fuerte.
Sabía que solo tendría siete meses para prepararme antes de tenerlo en brazos.
Ya iba casi a la mitad.

—Lo sé —respondió él con voz grave, su mirada recorriendo mi figura con devoción—. Me hace sentir que debo protegerlos aún más.
Fruncí el ceño, inflando mis mejillas.
—No me mires así —susurré, aunque en el fondo me derretía cuando lo hacía.

Xander besó mi mejilla con cariño.
—No me gusta sentirme sobreprotector —dije, colocando ambas manos sobre mi pancita—. Pero tampoco puedo evitarlo. Es tan bonito... tan nuestro.

Él apoyó su frente contra la mía, sus manos envolviéndome con una calidez reconfortante.
—No puedo evitarlo —repitió, su voz ronca y sincera—. Ustedes son mi vida. Si algo les pasara… no sé qué haría, mi amor.

Sus brazos me rodearon con firmeza, dejando pequeños besos entre mi cabello. Yo también lo abracé, con cuidado de no aplastar mi vientre. Me sentía amado. Protegido.

—Entiende que solo quiero cuidarlos —dijo al besarme la frente—. Los quiero a salvo, sabes cómo están las cosas allá afuera.

Solté un gruñidito bajo. Tenía razón.
—Tú ya nos cuidas, Xander. Y lo haces bien.

Acaricié la fotografía con ternura.
—¿Tu papá estará conmigo hoy también? Quiero enseñarle esto… quiero que vea las fotos del bebé.

Él sonrió, acariciando mi mejilla con sus dedos cálidos.
Sabía que le costaba dejarnos solos, que el miedo lo apretaba por dentro, aunque no lo dijera todo el tiempo. Aun así, lo respetaba. No me sentía encerrado, amaba tenerlo cerca… pero también sabía que tenía otras responsabilidades, y no quería ser una carga para él.

—Vendrá. Mañana, después del trabajo —respondió, y yo asentí feliz, poniéndome de puntitas para besar sus labios.

—Adiós, hijito —dijo su papá con una sonrisa amplia.
Yo reí bajo, abrazando mi estómago con ambas manos mientras Xander se sonrojaba.

Fruncí un poco los labios.
—Adiós, pa' —respondió él, acercándose a mí con pasos suaves. Tomó mi cintura con delicadeza y me besó los labios.
—Los amo —susurró.

Suspiré contra su boca.
—Nosotros también te amamos.

Mi corazón se aceleró cuando levantó mi pijama y dejó al descubierto mi vientre. Sentí sus labios cálidos presionarse con devoción sobre la piel estirada, sus grandes manos acariciando con ternura. Me ruboricé por completo.

Marcado[1]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora