28

25.8K 2K 206
                                        

Xander

Podía sentir el pecho adolorido, como si algo lo oprimiera desde dentro con un peso insoportable. Un nudo hecho de impotencia, de rabia contenida y tristeza cruda.

—DyDy… mi amor —murmuré con suavidad, limpiando sus lágrimas con la yema de los dedos, tan despacio como si temiera romperlo aún más.

Ya habían pasado cuatro días desde aquella noche, desde que todo se vino abajo. Cuatro días desde que lo abracé mientras caía, desde que escuché de su propia boca que todo lo que creía saber sobre su origen era una mentira. Desde entonces, lo único que había hecho era llorar. Callado, envuelto en sí mismo, como si el mundo entero se hubiese apagado.

Lo abracé con fuerza, con desesperación contenida. Mi lobo dentro de mí aullaba, más protector que nunca. Cerré los ojos y me permití sentir. El dolor que atravesaba su cuerpo también era mío, lo sentía en mi alma. Jadeé apenas, su tristeza clavándose como espinas invisibles en mi pecho mientras apretaba su cintura con suavidad, como si temiera que desapareciera si lo dejaba de tocar.

Sus ojos seguían rojos, inflamados, cubiertos de un velo de lágrimas que no cesaban. Estaba ido, ausente, perdido en un mar tan profundo que apenas si podía respirar.

Roto.

Demasiado roto.

Y no pude evitar recordar otra época… hacía dos años. Su mirada entonces era la misma. Una herida abierta. Una súplica silenciosa de alguien que aún no sabía cómo pedir ayuda.

El recuerdo me golpeó como un eco antiguo, y mi pecho se apretó aún más. Quise llorar con él, quise arrancarle ese dolor a mordidas. Sentía todo lo que él sentía a través del lazo. Su tristeza, su angustia, su melancolía. Era como si su mundo se hubiese desmoronado, y el mío temblara con él.

Me moví con cuidado. Las mantas del nido que habíamos construido se removieron con nosotros. Todo nuestro pequeño mundo estaba ahí: cálido, blando, seguro. Nuestro refugio.

Me miró. Sus labios se entreabrieron levemente, aún mientras las lágrimas le resbalaban silenciosas por las mejillas. Un sollozo quebrado salió de su pecho.

—N-no puedo, Xander… Toda mi vida fue una mentira…

Volvió a esconder la cabeza en mi pecho, hundiéndose en mí como si pudiera fundirse en mis huesos.

Lo abracé con más fuerza, rodeándolo por completo. Y entonces lloró. Lloró con todo su cuerpo, sin contenerse, dejándose caer entre mis brazos. Acaricié sus mejillas encendidas por el llanto, besé su nariz con ternura y la rocé con la mía. Quería que supiera que estaba ahí. Que no se iba a caer solo.

Una lágrima mía se mezcló con las suyas.

Era tan claro ese sentimiento. Tan profundo. Nuestro lazo no solo era fuerte, era inquebrantable. Nos unía de una manera que no podía explicarse con palabras.

Mis labios temblaron. Escondí el rostro en su cabello, respirándolo, dejando que su aroma me anclara.

Me abrazó también, aunque sin dejarse caer por completo. Como si aún tuviera miedo de ser una carga, de ocupar demasiado espacio. Mi dulce Omega, incluso en su dolor, seguía pidiendo permiso para existir.

No supe cuánto tiempo pasó. Mi cuello se sentía adolorido por la postura, pero no me importaba. Acaricié su piel con delicadeza, dejé pequeños besos sobre su mejilla, sin importarme si sus lágrimas aún salaban su rostro. Era hermoso incluso así, vulnerable, roto… real.

—Te amo —susurré. Él sonrió entre lágrimas, una sonrisa débil, triste. Pero estaba ahí. Era un comienzo.

Correspondió al beso que le di después, lento, suave, como una promesa que se repetía sin palabras. Me miró con los ojos empañados, y yo le devolví la sonrisa mientras acariciaba su mejilla con el dorso de la mano.

—Te amo tanto —dijo con voz temblorosa, antes de esconderse otra vez en mi cuello.

Lo abracé aún más fuerte, llenándome los pulmones de su fragancia. Una mezcla de nido, de hogar… de nosotros.

Y por fin, sentí que se calmaba.

Permanecí así mucho tiempo, con la vista perdida en el techo, mientras su respiración rozaba mi cuello. Era un soplo cálido, rítmico, que me devolvía poco a poco la paz. Se había acurrucado por completo, buscando ese calor que el mundo le había negado por tanto tiempo.

Con movimientos lentos, llevé la mano a su cabello y empecé a acariciar sus rizos. Uno a uno. Podía quedarme horas ahí, simplemente sintiéndolo vivir.

Sus mejillas seguían enrojecidas, los labios también. Se movió un poco. Frunció la nariz y abrió los ojos con lentitud. Pude ver sus párpados temblar y el rastro persistente de las lágrimas que no terminaban de irse.

No dijo nada. Solo bajó la mirada. Le besé la frente y cerré los ojos por un momento, dándole espacio.

—Q-quisiera… —su voz fue apenas un murmullo, un suspiro que se rompía antes de llegar a ser palabra—. Quisiera buscar sobre mis padres…

Mi corazón se detuvo.

Su voz sonaba tan pequeña, tan frágil… como si tuviera miedo incluso de desearlo.

Mi labio inferior tembló. Creí que me rompería ahí mismo.

Pero lo tomé con cuidado del rostro y asentí, dejando un beso en su frente.

—Claro, yo te ayudaré… ¿sí, mi amor? —le dije. Sonrió con timidez, asintiendo suavemente.

Lo abracé otra vez. Sus ojitos se cerraron, rendidos, pero ya no huyendo. Esta vez, había un atisbo de esperanza.

—Buscaremos a tus padres… o me dejo de llamar Xander.

Y lo haría.
Por él.
Por nosotros.


¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Marcado[1]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora